Alsasua, el pánico cotidiano de ETA

Los etarras y el mundo radical 'abertzale' cambiaron las formas para que el fondo siguiera igual, por eso el pánico de unos guardias civiles en Alsasua es un pánico cotidiano

Foto: Un grupo de personas se concentra coincidiendo con la comparecencia de los dos jóvenes detenidos por la agresión del pasado sábado a dos agentes de la Guardia Civil. (EFE)
Un grupo de personas se concentra coincidiendo con la comparecencia de los dos jóvenes detenidos por la agresión del pasado sábado a dos agentes de la Guardia Civil. (EFE)

La banda terrorista ETA retiró a los asesinos de las calles pero dejó a los matones; guardó en un zulo el lenguaje del nueve parabellum, pero dejó en los bares el idioma del acoso, del odio, del miedo. Los etarras y el mundo radical 'abertzale' cambiaron las formas para que el fondo siguiera igual, por eso el pánico de unos guardias civiles en Alsasua es un pánico cotidiano. Cuando se ha puesto al teléfono la novia de uno de los dos guardias civiles, su acento cordobés recordaba al de tantas viudas de ETA que en los años de plomo de la banda asesina sentían la misma repulsión, el mismo aislamiento cuando salían a la calle.

Muchos son los andaluces que, por diferentes circunstancias, han acabado como guardias civiles en el País Vasco, y el relato de todos ellos, desde entonces hasta ahora, ha variado muy poco, porque todos son víctimas de una convivencia imposible por el miedo que se respira. Si les ocurre a los propios ciudadanos vascos que se han enfrentado a ETA, que no están dispuestos a amedrentarse, que se niegan a que los echen de su tierra; si les ocurre a ellos, que tienen apellidos vascos, a qué aislamiento no someterán los radicales a aquellos que, como estos guardias civiles de Alsasua, tienen que mirar a los lados cada vez que abren la boca por el miedo a que su propio acento les delate.

Dicen en el entorno 'abertzale', en EH Bildu, para justificar que una vez más se niegan a condenar la violencia etarra o proetarra, que lo ocurrido no ha sido más que “una pelea de madrugada” a la que se le está dando un tratamiento exagerado “de cuestión de Estado”. Y añaden que se mantiene intacta su “apuesta por la paz y la normalización”. Pero no es verdad, porque no se puede construir ninguna paz sin cambiar un ambiente como el de Alsasua. “La vida de los guardias civiles en el País Vasco y Navarra es miserable. Te sientes vendido, desprotegido en cuarteles muy antiguos e inseguros, y vives durante años ocultando lo que eres y a lo que te dedicas. Solo piensas en cumplir los 36 meses del derecho preferente para poder volver a casa", dijeron en 2008 los compañeros de uno de los últimos guardias civiles que asesinó ETA, Juan Manuel Piñuel Villalón, nacido en Málaga. Es verdad que ya no hay asesinatos, una afortunada realidad que no puede minusvalorarse ni mucho menos ignorarse en cualquier análisis, pero no es menos cierto que la estrategia de odio, de acoso y de miradas no ha desaparecido.

Es verdad que ya no hay asesinatos, pero la estrategia de odio, de acoso y de miradas no ha desaparecido

La normalización del País Vasco… Qué enorme complejidad encierran esas palabras. Hace un mes, en plena campaña de las elecciones vascas, escribí aquí mismo que el concepto de normalidad en el País Vasco era ‘difícil de entender’ —por decirlo de alguna forma— para alguien que no perteneciera a aquel ambiente, que no tuviera esas raíces. “A un andaluz siempre le podrá extrañar el sentido de normalidad que se respira en el País Vasco. No sabrá si esa sensación de normalidad que tanto le cuesta entender es sincera o impostada, si es hipócrita o es obligada, si es impuesta o es elegida”, escribí entonces.

Muchos años antes, un vasco como Antonio Elorza regresó al pueblo de su familia y escribió un artículo demoledor sobre esta realidad que se llamaba ‘Azkoitia, Azkoitia’. El artículo, publicado en 2006, era contundente y revelador, pero más contundentes y reveladoras fueron las consecuencias. En el artículo decía, por ejemplo, que “el movimiento político nacionalista, sea radical o moderado, lleva a asumir la organización del odio que propugnara Sabino Arana, tanto en su programa político como en sus escritos de apariencia literaria. (…) La significación política del caso se deriva de la pretensión de acorralar a la víctima, empujándola a lo que es el centro de la pretensión 'abertzale': expulsar al otro”. Y cuando hablaba de paz, de normalización, se mostraba partidario, pero con matices: “Es la hipocresía cómplice tantas veces mostrada por el PNV: los etarras tienen derecho a ‘la reinserción’. ¿Y quien lo niega? Ahora bien, una reinserción sin arrepentimiento ni respeto a las víctimas, siquiera en el orden humano, es de náusea". Eso fue lo que escribió; lo que ocurrió después es que sus 22 primos de Azkoitia encabezaron una carta de condena declarándolo persona 'non grata' en el pueblo.

El cáncer que supone para una sociedad la existencia de una banda terrorista como ETA no se extirpa con una tregua en la que ni siquiera se entregan las armas

El incidente de Alsasua no tiene importancia por lo sucedido sino por la persistencia del suceso. Lo relevante, lo que tendría que encender las luces rojas de todas las fuerzas políticas vascas, es el mantenimiento del odio y la constatación de que el cáncer que supone para una sociedad la existencia de una banda terrorista como ETA no se extirpa solo con una tregua, como la actual, en la que ni siquiera se entregan las armas. Ese es el error del PNV y de todos aquellos que creen que ya se puede hablar de normalización porque no existe riesgo de asesinatos.

La normalización del País Vasco, que es el objetivo deseable ahora, es un proceso que arranca con el final de los asesinatos. Es decir, en perspectiva, la normalización solo acaba de comenzar. Y el primer paso relevante de ese proceso se habrá dado cuando se haya acorralado esa pretensión 'abertzale', como decía Elorza, de expulsar al otro. Son los radicales los que tienen que sentirse en minoría, son los radicales los que tienen que verse rodeados de manos blancas, son los radicales los que deben estar incómodos, acorralados, aislados socialmente. Hasta entonces, por mucho que se disimule normalidad, todo el mundo sabrá que detrás de cada pintada amenazante, detrás de cada mirada de odio, se esconden un silencio y una palabra reprimida. El pánico cotidiano de ETA sigue ahí.

Matacán
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