Crimen de Almonte: cómo fabricar a un asesino
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Javier Caraballo

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Crimen de Almonte: cómo fabricar a un asesino

El ADN no puede imponerse nunca a la lógica, a la evidencia misma, y eso es lo que ha sucedido en el caso de Almonte

placeholder Foto: El único acusado por el doble crimen de Almonte, declarado no culpable. (EFE)
El único acusado por el doble crimen de Almonte, declarado no culpable. (EFE)

A Francisco Javier Medina lo detuvieron el 24 de junio de 2014 para convertirlo en un asesino, en el autor de un crimen que no había cometido. Lo detuvieron catorce meses después del salvaje asesinato de Miguel Ángel Domínguez y de su hija, María, de ocho años. Cuando descubrieron los cadáveres de ambos, dos días después de cometerse el asesinato, todos los investigadores tuvieron claro que se trataba de un crimen pasional, por la brutalidad del asesinato, 151 puñaladas, porque la puerta de la vivienda no fue forzada y porque el asesino o los asesinos no se habían llevado nada de la casa, ni dinero ni joyas ni nada.

¿Qué pudo ocurrir? Se abrieron una decena de líneas de investigación pero todas ellas se abandonaron cuando, en el segundo análisis genético de algunas de las prendas halladas en el lugar del crimen, se encontraron restos de ADN de Francisco Javier Medina, pareja desde hacía años de Marianela, la exmujer de Miguel Ángel Domínguez y madre de María, los dos asesinados. Los avances científicos en la investigación criminal están generando, han generado ya, un enorme monstruo, descontrolado, que, como ha sucedido en este caso de Almonte, es capaz incluso de suplantar a la lógica más elemental.

Foto: F.J.M., el único acusado del doble crimen de Almonte. (EFE)

El principio básico que se ha impuesto, y que merece una revisión urgente, es tan simple como absurdo: “el hallazgo de ADN es la prueba irrefutable de un asesinato”. Los científicos más prestigiosos, como el español José Antonio Lorente, han alertado de los errores fatales a los que puede conducir ese criterio, porque la ciencia puede encontrar muestras de ADN en los lugares mas recónditos, pero lo que no ha conseguido aún es determinar ni cómo ni cuándo se depositó en ese lugar. Con lo cual, el hallazgo de ADN en la escena de un crimen debe tomarse como un relevante indicio, pero no como una prueba concluyente.

Más aún, lo que no puede suceder es que el hallazgo de ADN se considere concluyente aún cuando solo se tiene esa prueba y todos los demás indicios y testimonios indican todo lo contrario. El ADN no puede imponerse nunca a la lógica, a la evidencia misma, y eso es lo que ha sucedido en el caso de Almonte. El ADN de Francisco Javier Medina pudo llegar a las toallas limpias en las que se encontró –en ninguna manchada de sangre– por transferencia secundaria a través de Marianela, que era la que lavaba y colocaba las toallas en la casa de su exmarido y de su hija, pero se optó por la única posibilidad incriminatoria, la transferencia directa del acusado.

Desde el mismo día que la Guardia Civil decidió detener a Francisco Javier Medina, todos los que le conocían sabían que no era el asesino. Lo sabían sus amigos y familiares pero, sobre todo, lo sabían sus compañeros de trabajo y su novia de entonces, Marianela, porque el día que se cometieron los asesinatos estuvo trabajando con ellos en el supermercado Mercadona hasta las diez de la noche, que fue la hora a la que se cometió el crimen. Marianela fue lo primero que dijo cuando la Guardia Civil le comunicó que el asesino era Francisco Javier, Fran, su pareja. “Eso es imposible”, repetía una y otra vez, pero los investigadores de la UCO de la Guardia Civil ya tenían una conclusión previa, sobre la que machacaban con una expresión singular: “Hemos encontrado ADN fresco”.

¿Fresco? ¿Acaso existe el ‘ADN fresco’, como una gota de sangre o un vaso leche? En fin, no es así, es una barbaridad científica, pero la cuestión es que a partir de una afirmación así lo que hicieron los investigadores de la UCO que investigaron el crimen de Almonte fue elaborar un cuadro de pruebas incriminatorias, por absurdas e ilógicas que pudieran resultar. Eran los agujeros negros de este proceso, tan grotescos como inexplicables y vergonzosos en profesionales de la talla de los que han pasado por este juicio, empezando por los investigadores, abogados y peritos, psicólogos o criminólogos, que han elaborados teorías 'ad hoc' para culpar a un inocente, y pasando obviamente por jueces y fiscales que en algún momento se han pronunciado sobre este caso y se han dejado llevar por esa misma corriente de una tesis absurda.

Foto: F. J. M., el único acusado de la muerte de una niña de ocho años y de su padre en una vivienda de Almonte (Huelva) en abril de 2013. (EFE) Opinión

¿Que aparece en la escena del crimen una huella de zapato del asesino pero es tres tallas más grande que las del acusado? Pues se elabora una tesis, respaldada por su correspondiente informe pericial, para hacerle ver a todo el mundo que el acusado se puso ese día unos zapatos tres números más grande, y que andaba de puntillas mientras acuchillaba a sus víctimas, para despistar a la Policía. Ni siquiera hace falta que aparezcan los zapatos, o cualquier otra prenda de las que teóricamente se valió el acusado para cometer el asesinato, porque se trata de encajar a martillazos las piezas de un puzle.

Y eso es lo que se ha hecho en esta investigación con el añadido, sin pudor alguno, del mejor argumento que existe en estos tiempos para allanar conciencias: la violencia de género como móvil del crimen. Con el mismo desahogo con el que se retuercen las huellas de los zapatos, se recrea la imagen de un maltratador, celoso compulsivo y violento, que jamás había existido: "no se hable más, el acusado era un machista indomable, por eso asesinó al exmarido de su pareja y a su hija".

Ni siquiera hace falta que aparezcan los zapatos, o cualquier otra prenda de las que teóricamente usó, porque se trata de encajar a martillazos un puzle

Curro Javier Medina, padre del joven que ha sido acusado y absuelto del crimen de Almonte, tiene los ojos profundamente azules. Es una rareza interesante en un tipo como él, un almonteño rudo, que aprendió a rastrear el olor de una cierva en Doñana antes que el abecedario, porque la gente de estos pueblos andaluces tienen unos rasgos genéticos muy distintos. Durante los días del juicio por el doble crimen de Almonte lo veía pasar, apesadumbrado, al ver allí a su hijo esposado, y me fijaba en sus ojos azules. En Huelva lo explican con algunas leyendas y dicen que en el primer milenio, sobre el año 844, hubo una invasión vikinga en Al Andalus y, desde entonces, se conservan rasgos nórdicos en Almonte.

El último día del juicio, al pasar al su lado, cuando ya solo le quedaba la espera del veredicto, oí por casualidad la conversación que mantenía con un tipo que se había acercado para darle ánimos: “Me arrancaría los ojos de cuajo si supiera que con eso mi hijo podría volver libre esta noche a mi casa”. Me atravesó el alma. ¿Cuánto llevaba sufrido ese hombre? El viernes, a las ocho de la tarde, abrazó a su hijo en libertad, por primera vez en tres años y tres meses, después de un inexplicable y absurdo calvario de sinrazón judicial, tras una burda y grosera investigación policial que ha destrozado familias enteras, la del inocente que fue culpado para despachar la frustrada investigación del caso y la de la familia de las víctimas, a las que se ha convencido falsamente de que el asesino es una persona que ahora ha quedado en libertad. Nadie podrá convencerlos de lo contrario hasta que no aparezca el verdadero culpable. El reguero de odio infinito que se ha expandido por Almonte tendrá consecuencias que ahora es mejor ni siquiera imaginar.

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