Gabriel y los pescaítos de la ira

Patricia, cuando llamaste ayer a la radio, yo bajé los brazos. Estaba, como todos en España, conmocionado por el horrible desenlace de la desaparición de tu hijo

Foto: Ángel Cruz y Patricia Ramírez, los padres de Gabriel Cruz, en la capilla ardiente instalada en la Diputación de Almería este lunes. (EFE)
Ángel Cruz y Patricia Ramírez, los padres de Gabriel Cruz, en la capilla ardiente instalada en la Diputación de Almería este lunes. (EFE)

Patricia, estoy rendido ante tu ejemplo. Por eso escribo este artículo y en mi cabeza lo imagino con forma de pececito, para enviártelo como señal de admiración a ti y de respeto eterno a la memoria de tu hijo Gabriel, que el domingo pasado apareció muerto después de tantos días desaparecido y de búsquedas infructuosas porque ya lo habían matado. Patricia, ya sé que es nada, pero quiero explicar el valor que tiene para mí que haya cogido este papel y haya dibujado letras imaginadas con forma de pececito, que es el símbolo que le habías pedido a toda España que pintara mientras existían esperanzas de encontrar con vida a tu hijo Gabriel. Yo detesto los nuevos ritos mortuorios que se han consensuado en este mundo globalizado que vivimos y que siempre reproducen el mismo itinerario de escenas repetidas; todos somos la víctima, todos somos las velas que se colocan en las aceras, todos somos las flores que se esparcen, todos somos las cadenas de adhesiones que se crean en las redes sociales, todos somos las camisetas serigrafiadas con sus caras, todos somos los peluches o los pececitos que se compran o que se dibujan.

Debe ser una incapacidad personal, una limitación más, pero cuando las cosas de desbordan, hasta el cariño se diluye, desaparece. El afecto, y mucho más el afecto que viene del dolor ajeno, siempre lo he relacionado con la intimidad, con el silencio, con la solidaridad callada, con la compasión por lo que nadie quisiera estar pasando, ese horror de verse de pronto sin un hijo. Las manifestaciones globales de dolor, de velas y de eslóganes, incluso cuando cada una de ellas encierre una verdad, acaban anegadas de inercia y de cursilería. El sentimiento de cada uno no se puede fotocopiar.

Los padres de Gabriel, el día en que se halló la camiseta que colocó Ana Julia Quezada. (EFE)
Los padres de Gabriel, el día en que se halló la camiseta que colocó Ana Julia Quezada. (EFE)

Patricia, cuando llamaste ayer a la radio, yo bajé los brazos. Estaba, como todos en España, conmocionado por el horrible desenlace de la desaparición de tu hijo y al mismo tiempo asqueado por las reacciones que se iban sucediendo en las redes sociales. La afamada escritora que encontraba un vínculo feminista entre un asesinato y la dedicación de los padres a las tareas domésticas se mezclaba con los racistas de siempre y con aquellos a los que hasta la pena de muerte les parece un castigo pequeño porque piensan que habría que volver a las lapidaciones y a las ejecuciones en la plaza pública.

Por supuesto, sin juicio alguno ni defensa en los tribunales. La naturaleza del hombre se mantiene invariable en su esencia, como el ánimo de venganza de la Ley del Talión por la que tantos siguen suspirando, "ojo por ojo y diente por diente", como si en 3.000 años no hubiera existido otro avance. La historia no existe, no hay evolución para los más bajos instintos, y este es uno de ellos. Siempre ha sido así pero es ahora, con la multiplicación de las redes sociales, cuando todo eso se hace asfixiante, atronador, desquiciante. Fue entonces, en uno de esos momentos de hastío, cuando oí tu voz menuda en la radio: “No quiero que todo termine con la rabia que esta mujer ha sembrado. Me gustaría que terminara en ese mar de gente que se ha movido: ‘Todos por Gabriel’. Veo muchas frases de rabia y fotos hablando de esta mujer. En honor al ‘pescaíto', pido a la gente que nadie hable más de esta mujer, que no aparezca en ningún sitio y que nadie lo difunda. Ese no era él y no soy yo. Aunque no haya habido final feliz, el ‘pescaíto’ se nos va nadando hacia el cielo”.

No quiero que todo termine con la rabia que esta mujer ha sembrado

Patricia, no existe nada igual. Nunca antes hemos asistido a un ejercicio de humanidad como el tuyo en unas circunstancias tan dramáticas, tan espeluznantes, tan desesperantes. Pero esa no es la lección; la lección es mayor. Cuando apareció tu hijo muerto, cuando se conoció todo lo ocurrido, pensé que los ‘pescaítos’ de colores que la gente fue pintando y colocando en sus ventanas se habían transformado en los ‘pescaítos de la ira’, terroríficos y vengativos, que mostraban la cara verdadera de lo que somos en la ciénaga en la que se convirtieron las redes sociales. ¿Cómo se podía salir de esa espiral de odio que se propagaba cada vez con más fuerza? La reconciliación con nosotros mismos, tras la barbarie que se ha expandido por las redes sociales, está en ese puñado de palabras sencillas. De la sinrazón de muchos, se sale con la esperanza de una sola mujer, de un solo hombre sensato. De los despropósitos de tantos, se escapa con la ilusión de la única persona de la que se hubiera justificado y entendido una reacción irascible. Este mundo no es, no puede ser, de la escritora absurda que justifica su feminismo en un asesinato, ni de los que incendian de racismo las miradas de la gente, ni de los inquisidores que buscan lapidaciones.

Las redes sociales nos han metido en un mundo virtual en el que la realidad a menudo se confunde con lo que vamos leyendo, pero todo eso no es más que el fruto de la propagación de unos pocos a los que tú, Patricia, supiste desarmar con la voz temblorosa que, de fondo, parecía que silbaba la canción que te recordaba a Gabriel en los días de búsqueda y de concentraciones, los ‘Girasoles’ de Rozalén que tanto le gustaba a tu hijo: “El mundo está lleno de mujeres y hombres buenos, así que canto a los valientes que llevan por bandera la verdad. A quienes son capaces de sentirse y ponerse en la piel de los demás, a los que no participan de las injusticias y no miran a otro lado y a quienes no nos juzguen y estén dispuestos a compartir”. No he conocido nunca un epitafio de amor más dulce de una madre a su hijo arrebatado que sirva de ejemplo a toda la sociedad. Ante las imágenes distorsionadas, tus palabras: “Ese no era él y no soy yo”.

Matacán

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