Serrano, mártir de Vox

En su partido lo han puesto en evidencia, lo han desautorizado públicamente por decir lo que siempre ha dicho, y el hombre, hay que entenderlo, ha petado. ¿Quién lo entiende?

Foto: Francisco Serrano. (EFE)
Francisco Serrano. (EFE)

Fue la avanzadilla de un triunfo inesperado, atronador, y ahora se ha convertido en el primer apestado oficial del partido. Todo en seis meses, de referente a majareta. Así que es normal que Francisco Serrano, el líder de Vox en Andalucía, se haya dado de baja, vencido y desarmado. En el parte que ha entregado en el Parlamento andaluz, para que le den de baja unos meses, hasta después del verano, ha puesto algo relacionado con el linchamiento porque no podía poner que está desconcertado, como cuando no sabes por qué de pronto todo empieza a salirte mal. Perdido. O desconsolado.

En su partido lo han puesto en evidencia, lo han desautorizado públicamente, por decir lo que siempre ha dicho, y el hombre, hay que entenderlo, ha petado. ¿Quién lo entiende? Lo que antes se recibía como hombradas, discursos de un tipo valiente, que no se calla, ahora se ve como disparates inoportunos de los que nadie quiere hacerse cargo. “Serrano no nos representa”, le han dicho a la cara, que es lo peor que podían decirle al primer candidato con éxito que ha tenido Vox en España, el que rompió el hielo de los parlamentos cuando irrumpió en Andalucía con el doble de escaños de los que esperaban los más optimistas. Al que consiguió la llave para acabar con cuatro décadas de socialismo. Serrano, mártir de Vox. Y ya veremos si, en adelante, se convierte también en síntoma de una crisis mayor en ese partido.

Todo va a depender de cómo evolucione el discurso de Vox en los próximos meses y años hasta el próximo ciclo electoral, porque solo entonces sabremos si la desautorización de Francisco Serrano se ciñe a una cuestión personal, que haya caído en desgracia dentro del partido, o, por el contrario, supone el inicio de una mayor moderación en los discursos del partido de Santiago Abascal. Una de las dos cosas debe estar pasando con Serrano porque, desde luego, lo que no es normal es que lo dejen tirado como una colilla por repetir las barbaridades que le hicieron famoso y que le auparon hasta el puesto de candidato a la presidencia de la Junta de Andalucía por Vox.

Serrano siempre ha sido faltón de lengua fácil (“para ser comunista, hoy en día, hay que ser extremadamente sinvergüenza o extremadamente imbécil”), vocinglero facha (“en este país ya no caben más gilipollas, y lo peor es que todos ellos votan”) y machista procaz (“a esta desgraciada no creo que nunca la violen ni en grupo, ni en cuadrilla, ni con alevosía o nocturnidad”). En cada una de las ocasiones que ha soltado esas ‘perlas’, en su grupo lo han celebrado; algunas de ellas incluso le sirvieron para lanzarlo al estrellato, sobre todo aquellas que dedicaba a “las vividoras feministas radicales transgénicas”. ¿Por qué se aplaudían esos mensajes y se reniega de los actuales cuando escribe que “la relación más segura entre un hombre y una mujer será únicamente a través de la prostitución”? No tiene sentido, no.

En lo único que se ha equivocado Serrano ha sido en su intento cobarde de descargar todas las culpas en un colaborador, que era, al parecer, el que le escribía algunos mensajes. Si cuando estalló la polémica, el sábado 22 de junio, el propio Serrano se defendió aclarando que eran “comentarios vertidos a título personal” dentro de su “derecho a poder criticar, aun cuando no comulgue con la dictadura de lo políticamente correcto”, tendría que haberse mantenido en sus trece, hasta el final.

Es ridículo que se disculpe diciendo que “en absoluto son expresiones mías porque no responden a mi estilo de escribir, de pensar, ni de hablar”, como si en todos los mensajes anteriores lo hubieran confundido con Góngora. Lo que tiene que analizar Serrano en estos meses que va a estar de baja como parlamentario andaluz es si todo lo ocurrido obedece a una ‘cacería’ contra él dentro de su partido o si ha sido la primera víctima de un intento de moderación de Vox que, como queda dicho, también podría ser, una vez que ha llegado a las instituciones y se ha aliado con la que llamaba “derechita cobarde”.

Si es esto segundo lo que ocurre, el problema de Vox puede ser mayor porque un partido de extrema derecha o es cafre o no es extrema derecha. La irrupción de Vox en el panorama político español es equivalente a la que en su día experimentó Podemos, atrayendo a un electorado que, aunque no fuera de extrema izquierda, sí confiaba en ellos para darle una patada al plato y romper con todo.

Bien es cierto que en Vox pueden existir antiguos votantes conservadores (incluso conservadores que apoyaban a Felipe González) pero también ‘salen del armario’ muchos nostálgicos del franquismo, machistas recalcitrantes, homófobos desahogados y racistas henchidos. No son todos, por eso se ofenden tantos cuando se abordan estas cuestiones, pero es evidente que Vox ha tenido un discurso calculado de extrema derecha y antisistema para atraer a los disconformes, a los asqueados, a los cafres y a los fachas de toda la vida. Serrano era el referente de algunos de esos cafres que se sintieron atraídos por Vox. Lo que le pase servirá de termómetro.

Matacán
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