Los Galindos, el asesinato de papá

En el armario del marqués de Grañina se escondía no un cadáver, sino cinco. Los cinco pobres trabajadores del cortijo de Los Galindos que fueron asesinados para cubrir una estafa

Foto: Portada de 'El Caso' sobre el crimen de Los Galindos.
Portada de 'El Caso' sobre el crimen de Los Galindos.

De la Andalucía de cortijo y loden, de señoritos jaraneros como aquel don Guido de Machado, se conocían secretos de armario de cintura para abajo, la miseria moral de quienes se confesaban en misa de domingo y olvidaban los pecados de entre semana, cuando le levantaban las faldas a la sirvienta y les hacían hijos que luego repudiaba la familia. O secretos de bolsillo, ruinas ocultas, camufladas, de tiesos que aparentaban tener el dinero que despilfarraron. De aquella Andalucía, en los armarios de aquellos señoritos, lo que nunca se había ocultado había sido un cadáver, que es lo que acaba de pasar.

En el armario del marqués de Grañina se escondía, no un cadáver, sino cinco, los cinco pobres trabajadores del cortijo de Los Galindos que fueron asesinados para cubrir una estafa familiar de muchos millones de pesetas de aquel año de 1975, el verano de calor asfixiante en el que Franco agonizaba. Los asesinaron, escupieron mentiras sobre sus tumbas, y el horrible crimen prescribió hace años sin encontrar a los culpables. Ahora un hijo del marqués se confiesa, su padre guardaba en el armario el secreto más sangriento. Con las aportaciones que se realizan en el libro que ha publicado Juan Mateo Fernández de Córdova y Delgado, el tercero de los hijos del marqués (‘El crimen de Los Galindos, toda la verdad’ Editorial Almuzara), la reconstrucción que puede realizarse del quíntuple asesinato nos aproxima mucho a lo ocurrido.

Ahora un hijo del marqués se confiesa: su padre guardaba en el armario el secreto más sangriento

Don Gonzalo Fernández de Córdova, marqués de Grañina y de Valparaíso, era, en el último tercio del franquismo, uno de esos aristócratas venidos a menos que necesitaba, urgentemente, que un casamiento pudiera sanearle la hacienda y la reputación. El amor, su media naranja, le llegó cuando conoció a doña Mercedes Delgado, hija de una familia de terratenientes con notable poder económico. Cuando el padre de Mercedes enfermó gravemente, se decidió que su yerno, don Gonzalo, se hiciera cargo de la administración.

Es el momento preciso en el que se inicia el drama. En el verano de 1975, el capataz del cortijo de Los Galindos, Manuel Zapata, uno de los trabajadores más fieles del patriarca enfermo terminal, se decide a ir a hablar con él para contarle, antes de que pudiera morir, los desmanes de su yerno. Estafas en la venta del trigo al Servicio Nacional de Productos Agrarios y en la cooperativa de aceituna en la que participaban en la localidad de Utrera. ¿Cuántos millones estafados? Según los investigadores policiales, el marqués y su administrador, Antonio Martín, sisaban toneladas de trigo de la producción anual y, según el tercer hijo del marqués, también le estafaba en la cooperativa olivarera, en una cuenta bancaria. En esas, el marqués y su administrador se enteran de que el capataz de Los Galindos se ha puesto en contacto con el patriarca enfermo y que piensa visitarlo el 22 de julio para contarle que su yerno lo está estafando. Eso no podía pasar.

Las cinco víctimas del crimen de Los Galindos.
Las cinco víctimas del crimen de Los Galindos.

El 22 de julio de 1975 en Paradas amaneció plomizo, ese calor de los veranos de la campiña sevillana que cae sobre las cabezas como aire derretido. Manuel Zapata oye el motor del Mercedes del administrador y sale a la puerta a recibirlo. La primera sorpresa del capataz fue ver allí, no solo al administrador, sino también al propio marqués y a una tercera persona, que conocía de lejos (esta es la versión del hijo del marqués, hay otras que difieren, pero no alteran el eje central del relato). Imaginemos el diálogo breve: “¿Tú para qué tienes que ir a Sevilla a contar nada?”, “soy un hombre honrado, por eso fui guardia civil, y no pienso permitirlo por más tiempo”, “tú lo que eres es un desagradecido, y no vas a ninguna parte”.

De un golpe seco, el tipo que acompañaba al marqués y al administrador le propina un porrazo en la nuca con una de las piezas de la empacadora de paja, el pajarito, un hierro acabado en punta, y cuando cae al suelo le clava en el corazón un bielgo, una especie de tenedor de hierro gigante, de tres puntas, que se utiliza para mover la paja. La mujer de Zapata, que estaba en la casa de los guardeses del cortijo, oye el grito seco de su marido, un aullido de rabia, y sale nerviosa a la puerta: es la segunda víctima, asesinada también de varios golpes con el pajarito.

“¿Y ahora qué hacemos, cómo tapamos esto?”, se preguntan, y deciden ocultar el cuerpo del capataz, hacerlo desaparecer, y dejar dentro de la vivienda el cadáver de la mujer. El marqués decide marcharse a Málaga para propiciarse una cuartada, y se va de la finca junto al administrador para que el tercer hombre, el autor material de las muertes, vaya deshaciéndose de las pruebas. El plan no sale bien. Faltaban piezas que desconocían, unas estaban programadas y otras las aportó el destino.

En su relato, a quien no le pone cara es al asesino material de los crímenes, pero señala a los autores intelectuales: el marqués y su administrador

Nada más marcharse el marqués con el administrador, el asesino oye un tractor: es Ramón Parrilla, uno de los tractoristas del cortijo que se encontraba en la finca regando, pero lejos de la vivienda, y se ve obligado a volver al cortijo para reparar la cisterna de agua, que se le ha roto. Nada más llegar, el asesino le dispara con una escopeta, intenta protegerse con las manos, sale huyendo y lo remata por la espalda. Ya son tres los muertos y el plan inicial, hacer desaparecer a Zapata para culparlo, se viene abajo. Sin saber aún cómo va a resolverlo, el asesino oye un vehículo que se acerca al cortijo. Son Pepe González y Asunción Peralta, otro de los tractoristas del cortijo y su mujer, amigos íntimos del capataz Zapata, al que pensaban acompañar a Sevilla, a ver al patriarca. Eso tampoco lo sabían el marqués y su administrador. El asesino los mata nada más bajarse del coche. Pese a la masacre, no pierde los nervios y se le ocurre un plan perfecto para borrarlo todo: traslada los cadáveres de Pepe González y de Asunción al granero, los coloca en lo alto de una pila de paja, y le prende fuego.

La inmensa columna de humo que se divisa desde Paradas es la que alerta a los vecinos y a la Guardia Civil. Durante años, se vertieron culpabilidades sobre algunos de los asesinados con los móviles más inverosímiles; hasta 1983 no se exoneró a Pepe González como autor de aquella masacre. La sombra de la sospecha siempre acompañó al marqués y a su administrador, pero, si había pruebas, nunca se encontraron. Hasta ahora, que las trifulcas familiares han llevado a uno de sus hijos a contar el secreto que guardaban en el armario, el asesinato de papá. En su relato, a quien no le pone cara es al asesino material de los cinco crímenes, aunque señala a los autores intelectuales, el marqués y su administrador. Su madre se lo confesó tras la muerte de su padre. El asesino está vivo, dice, pero no añade más. La trágica historia de Los Galindos todavía no ha escrito su final.

Matacán
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