Los 'quitacalles' me dan miedo

Me dan miedo los 'quitacalles', como me da miedo esta escalada de rencor y de odios cada vez más normalizada en la política española

Foto: Placa de la calle Millán Astray. (EFE)
Placa de la calle Millán Astray. (EFE)
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Me dan miedo los ‘quitacalles’, como me da miedo esta escalada de rencor y de odios cada vez más normalizada en la política española. La victoria está en la revancha, en la venganza, aquí te espero. "Si tú le quitas la calle a Millán Astray, yo se la quito a Largo Caballero; si tú quitas a José María Pemán, yo quito a Indalecio Prieto". Ojo por ojo, y cada cual asume en esta guerra rediviva su papel en el desastre y toma partido en defensa de uno de los dos bandos.

Quitan calles con el odio con el que se mataban en la II República, asumiendo los rencores de otros como si fueran propios. Quitan calles y empuñan los decretos con el mismo ímpetu con el que se empuñaban las armas de entonces, con lo que si alguien se ha visto reconfortado estos días por la decisión del Ayuntamiento de Madrid de retirarle la calle a dos dirigentes socialistas, igual que si se ha sentido agraviado y piensa que esto no puede quedar así, que sepa que, consciente o inconscientemente, está formando parte de esa peligrosa alineación de bandos enfrentados. Por eso me dan miedo los ‘quitacalles’, por eso me angustia, porque esta es una pendiente que no trae nada bueno, que en el mejor de los casos solo nos proporcionará una nueva etapa en la historia de España en la que los trenes del progreso pasan de largo mientras el gentío se calienta a hostias con una enorme bronca en la estación.

Sabemos desde la antigüedad, con distintas versiones de estadistas, filósofos e historiadores, que el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetir los errores que cometió. Pero eso no vale con los españoles: España es ese pueblo que rebusca en su historia para repetir los errores. Ni siquiera se puede decir que aquí la historia no se supera porque se conoce bien, porque resulta que es lo contrario. Ahí está como ejemplo el patético desconocimiento que existe en los españoles de menos de 30 años sobre el fusilamiento de García Lorca, la más universal de las víctimas de la Guerra Civil. Se desconoce lo que ocurrió y, gracias a eso, se puede recuperar la historia como arma política.

Lo más llamativo de todo esto es que esta escalada la protagonizan los nietos y hasta los biznietos de la Guerra Civil española; esos son los más interesados en rescatar el odio que enterraron en sus familias durante tres generaciones. La generación de la democracia española, la que ha nacido y se ha educado en libertad, es la más mimetizada con la tragedia que vivieron sus abuelos o bisabuelos. José Luis Martínez-Almeida nació en 1975; Pablo Iglesias, en 1978; Iván Espinosa de los Monteros, en 1971; Begoña Villacís, en 1977; Gabriel Rufián, en 1982; Isabel Díaz Ayuso, en 1978; Pedro Sánchez, en 1972; Pablo Casado, en 1981; Santiago Abascal, en 1976; Pablo Echenique, en 1978…

¿Cómo es posible que, tras 40 años de democracia, sean estos políticos los más interesados en representar la tragedia de las dos Españas?

¿Cómo es posible que, tras 40 años de democracia, sean estos políticos quienes estén más interesados en representar, de nuevo, la tragedia de las dos Españas? La sesión de ayer del Congreso de los Diputados, por ejemplo. El debate que mantuvieron el portavoz de la extrema derecha, Iván Espinosa de los Monteros, y el portavoz de la extrema izquierda, el vicepresidente Pablo Iglesias, solo tenía un objetivo, compartido por ambos, trasladar a la Cámara el ambiente de alta tensión y de odios que se vivió en la II República.

Al primero de ellos, que hacía la pregunta, le interesaba resaltar una frase del segundo, que unos días antes dijo algo parecido a que en ‘España no volverán a gobernar las derechas’. Pero lo que le interesaba al portavoz de Vox era, sobre todo, la comparación: “Me recuerda lo que le dijo, en esta misma Cámara, la Pasionaria a Calvo Sotelo, que había hablado por última vez, y poco después fue asesinado. Lo que dice usted ahora, ¿forma parte de un deseo o de un pronóstico?”. Luego, el vicepresidente Iglesias, jaleado y aplaudido por todos los socialistas, con Pedro Sánchez a la cabeza, completó el despropósito y, en vez de templar los ánimos, en vez de matizar lo que dijo, retó abiertamente a la extrema derecha a que pase de las palabras a los hechos. Con esa chulería tan española del ‘no hay cojones’, del ‘eso no me lo dices en la calle’. Dijo así Pablo Iglesias: “Su partido es el que promete patadas en el culo a los inmigrantes, patadas en el culo a los republicanos, patadas en el culo a las feministas, y patadas en el culo a los vascos y a los catalanes. Pero ¿sabe qué? Para pasar de las promesas a los hechos hace falta algo de lo que ustedes carecen: agallas, agallas. Hay un refrán enormemente cruel y certero: perro ladrador, poco mordedor”.

¿Que no pasará nada? Sí, eso es lo que siempre nos repetimos, que España es la cuarta economía de la Unión Europea y el caldo de cultivo de la Guerra Civil española fue la miseria y el hambre, pan y cebolla, que es gasolina para los populismos y el enfrentamiento; que si la Transición fue posible fue gracias al desarrollo de una gran clase media en el último tercio del franquismo. También está Europa, no como entonces, que siempre le dio la espalda a España, que abandonó a la República, que aceptó a Franco; ahora también nosotros somos Europa, compartimos políticas y dineros, nos sentamos en los mismos escaños y pagamos con la misma moneda. Es verdad, nada es igual salvo esta opereta trágica de la generación política de la democracia.

Pero siempre deberíamos tener clavada en la memoria la pregunta más angustiosa que se hicieron muchos cuando acabó la guerra al contemplar una España desolada, arrasada: ¿cómo pudo ocurrir? Nadie pensaba entonces que aquellos enfrentamientos acabarían en un desastre, pero sucedió por un estado general de enorme frivolidad. “La guerra fue consecuencia de una ingente frivolidad. Esta me parece la palabra decisiva”, dejó escrito Julián Marías. Los políticos españoles, los intelectuales, los periodistas, los banqueros, los empresarios, los sindicatos, “todos se dedicaron a jugar con las materias más graves, sin el menor sentido de responsabilidad, sin imaginar las consecuencias de lo que hacían, decían u omitían”. Ya sé que no pasará nada, que son otros tiempos, pero callar o participar de este disparate creciente es también un enorme ejercicio de frivolidad que no trae nada bueno. Por eso este artículo. También el progreso de un pueblo puede acabar tiroteado en una cuneta sin que nadie dispare ni un solo tiro.

Matacán
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