La toma de Granada contada por caricatos

Dentro de unos años la celebración acabará suprimiéndose porque ya significará una sola cosa, la batalla entre extremistas de derecha y de extrema izquierda

Foto: El alcalde de Granada, la subdelegada del Gobierno en Granada y el teniente general realizan una ofrenda floral ante los sepulcros de los Reyes Católicos. (EFE)
El alcalde de Granada, la subdelegada del Gobierno en Granada y el teniente general realizan una ofrenda floral ante los sepulcros de los Reyes Católicos. (EFE)

La toma de Granada en 1492 es un acontecimiento histórico grandioso tan despreciado en España que, reducido como está a fiesta local, los más ignaros de nuestro panorama político la han adoptado como fiesta propia para lanzarse allí los huevos de sus idioteces. Con solo pararse a pensarlo, ya está dicho casi todo sobre la absurda relación que tenemos los españoles con nuestra propia historia, como si existiera una tendencia natural para aborrecer nuestro pasado sin conocerlo; a despreciarlo, hasta con vergüenza, sin saber de lo que se está hablando. Por esa razón, por ese complejo de ignorantes, los idiotas, cada año, se erigen en cronistas de las efemérides enfrentando sus versiones adulteradas de la historia, ridículas y bufas; la toma de Granada contada por caricatos sin que nadie les salga al paso, por el bochorno que produce la mera contestación, con lo que van ganando terreno. Así que, dentro de unos años, no sabemos cuántos, la celebración acabará suprimiéndose porque ya significará una sola cosa, la batalla entre extremistas de derecha, que la consideran un símbolo del espíritu imperial del franquismo, ridículo y distorsionado; y de la extrema izquierda, que ve en esa fecha un episodio de opresión de los pueblos, sin que nunca logremos saber el momento exacto en el que lo musulmán se hizo progresista; ¿en qué momento del marxismo aparece Mahoma como héroe de la lucha de clases?

Lo de considerar la toma de Granada un acontecimiento 'grandioso' no se refiere solo al hecho en sí de la conquista del último reino musulmán por parte de los Reyes Católicos, sino por lo ocurrido en ese año de 1492 en el que España revolucionó la historia de la humanidad con el descubrimiento de América y, a partir de entonces, con la primera globalización. La unificación de las coronas de Castilla y Aragón es la que propicia la expansión de la monarquía hispánica que cambiaría la historia del mundo. "Plus ultra", esa inscripción que figura en el escudo de España y que ningún otro país podría adoptar, porque fueron españoles los que superaron el "non plus ultra" (no más allá) de la antigüedad. ¿No es una vergüenza sonrojante que todo se reduzca a una patética rivalidad de ideologías extremas, como si los contendientes de entonces fueran de izquierdas los moros y de derechas los Reyes Católicos? Pues en esas andamos. Lo piensa así la extrema derecha gracias a otro de los males profundos heredados del franquismo, por la apropiación que hizo el dictador de los símbolos de los Reyes Católicos para construirse su propio pastiche ideológico, autoritario e imperialista. El yugo y las flechas, que se corresponden con las iniciales de Ysabel y Fernando, no son símbolos fascistas, como tampoco lo fue el propio Francisco Franco, aunque el personal se empeñe en tachar de fascista a todo lo que identificamos con la extrema derecha. Los pueblos de España están en el escudo desde entonces: Castilla, Navarra, León, Aragón y, abajo del todo, el Reino de Granada. ¿Cómo se puede ensuciar tanto esa grandeza histórica de diversidad e integración de un país?

Además, ¿qué es eso de que eran "un tratado internacional firmado por dos estados" si aún no existían los estados? Impresionante…

Pues con esa enorme losa de descrédito heredado del franquismo, los gamberros ignorantes del brazo en alto, el yugo y las flechas, hace años que se intentan apropiar de la toma de Granada como si fuera un día de exaltación patriótica, de su patria distorsionada y totalitaria, "un nuevo 18 de julio", como ha dicho alguno. No hacía falta más para que la extrema izquierda le correspondiese con la misma osada ignorancia, la pelea de huevos con sus idioteces, de la que se hablaba antes. Sobre todo, la extrema izquierda andaluza a la que, misteriosamente, siempre le ha dado por considerar al-Ándalus como la tierra prometida de la tolerancia, el paraíso perdido de la progresía. Con lo cual, la toma de Granada supone para ellos el recuerdo de una derrota frente al opresor. Esto es literal: "Ninguna cultura ni pueblo celebra su derrota. No celebramos la toma de Granada, no queremos exaltación fascista, no queremos odio, queremos reivindicar la determinación y la fuerza de una mujer fuerte y valiente. Queremos celebrar el día de Mariana Pineda".

Lo peor de todo esto, lo más sobrecogedor, es que muchos de los políticos que firman esas declaraciones son profesores de instituto, con lo que da pavor pensar en lo que pueden ir diciendo por las aulas cuando les toque impartir la asignatura de Historia de España. Pero hay más: a una catedrática de Historia, de la rama de la izquierda andalucista, se le ha podido leer estos días que "las Capitulaciones de Santa Fe fueron un tratado internacional firmado entre dos estados (Castilla y Granada). Castilla incumplió las condiciones y traicionó lo que había firmado. ¿Qué diablos se celebra con la fiesta de la toma?, ¿una traición?". Para empezar, las Capitulaciones de Santa Fe son las que firmó Colón antes de embarcar, el 17 de abril de 1492; las Capitulaciones de Granada son previas, del 2 de enero de ese mismo año; y gracias a la toma de Granada y el final de las batallas de la Reconquista, se pudo financiar el viaje de Colón. Además, ¿qué es eso de que eran "un tratado internacional firmado por dos estados", si aún no existían los estados? Impresionante…

Al rey poeta se lo cepillaron en un plisplás y le cambiaron los placeres de sus palacios sevillanos por una sucia celda en el norte de África

Todavía conmueve más esa visión idílica del mundo de al-Ándalus como si hubiera sido un periodo de tolerancia, justicia social y entendimiento. Se les tendría que aparecer el espíritu de Abderramán I, con el que se inauguró la época de mayor esplendor de al-Ándalus, para contarles el banquete, como de 'Juego de Tronos', en el que los 'amables' anfitriones de la dinastía Abasida pasaron a cuchillo a sus hermanos de la dinastía Omeya. Abderramán, que era un jovenzuelo espabilado, logró escapar de la matanza y, al cabo de cinco años, volvió a la península a vengarse de todos. O el espíritu del mitificado rey poeta de Sevilla, al-Mutamid, que les cuente cómo se las gastaban los almorávides, los 'monjes-soldados' de Alá, una de las primeras sectas fundamentalistas del Islam como las que siguen existiendo mil años después. Al rey poeta se lo cepillaron en un plisplás y le cambiaron los placeres de sus palacios sevillanos por una sucia celda en el norte de África, en la que se murió de asco.

Desde el primer año de la conquista de España, la historia de al-Ándalus es una historia de rivalidad y traiciones entre las distintas facciones musulmanas, hasta debilitar y extinguir el imperio que construyeron. Como, por otra parte, siempre ha sucedido en el mundo. Desde la llegada de fenicios y cartagineses a la península ibérica, atraídos por las riquezas naturales de esta tierra, la historia de España es una constante que certifica en cada época la lúcida sentencia de un filósofo estadounidense del siglo pasado, Will Durant: "Una gran civilización no es conquistada desde fuera hasta que no se ha destruido a sí misma desde dentro". Los periodos sucesivos de romanos, suevos, vándalos, visigodos, musulmanes y, finalmente, la reunificación de los reinos cristianos no es más que una pertinaz demostración de esa máxima que solo debería inquietarnos por un motivo: estemos atentos a las muestras de debilidad y agotamiento que contemplamos hoy en la sociedad no sea que nos estén anunciando una transformación radical de nuestras cómodas y avanzadas sociedades democráticas.

Matacán