Balance del primer siglo del Gobierno

Es ahora, con una cuarta parte de la legislatura consumida, cuando los dos partidos que forman la coalición actualizan sus prioridades y se enfrentan al mandato que nunca hubieran imaginado

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (EFE)

El Gobierno de Pedro Sánchez cumple estos días su primer siglo, de tan largo que se ha hecho el primer año transcurrido desde la toma de posesión. Debe existir alguna ley física que explique que la densidad con la que se vive la política en España se ha condensado tanto en este tiempo que nos ha transportado a otra dimensión, un campo magnético, como un acelerador de partículas, en el que colisionan constantemente las voces, los gritos, las mentiras, las tensiones, las amenazas…

Para unos, la eternidad vivida es su propio pronóstico tantas veces reiterado como fallido; es la montaña escarpada que tienen que subir cada mañana para contemplar un apocalipsis que no llega, porque el final de España se retrasa o la dictadura socialcomunista no suprime las libertades. Para otros, la longevidad de este viejo Gobierno nuevo es el puñetazo con que la pandemia noqueó los planes de la legislatura. Desnudó la demagogia, y los puso a la intemperie de la mayor incertidumbre, como las oleadas de contagios de este virus que, cuando se vaya, dejará decenas de miles de muertos y una legión de desesperados, desahuciados, empobrecidos, olvidados.

El primer eslogan de la propaganda gubernamental, 'No vamos a dejar a nadie atrás', es el primero que rodó por los suelos, como una banderola sucia. Cada estudio que se publica, desde Cáritas hasta CaixaBank, ratifica con más detalle la profundidad de esa quiebra social.

¿Cuánto tiempo ha pasado en realidad? ¿Cuánto ha transcurrido desde enero de 2019, en fechas como estas, cuando comenzaron a filtrarse los nombres del nuevo Gobierno, el primero de coalición de toda la democracia? El acto en sí, la toma de posesión, fue tan rápido que sorprendió a los propios protagonistas. El presidente, Pedro Sánchez, quiso bromear con el Rey, como si fuera el confidente de la pesadumbre que arrastraba: “¡Ocho meses para 10 segundos!”, exclamó por lo bajini el líder socialista en referencia a las dos elecciones generales celebradas, con sus correspondientes campañas electorales y sus tomas de posesión en el Congreso de los Diputados para, finalmente, alcanzar un pacto de gobierno con Podemos. Felipe VI sonrió y le correspondió con otra frase jocosa: “Ha sido rápido, simple y sin dolor… El dolor vendrá después”.

Fue eso, un intercambio de bromas y complicidades que solo demuestra la inopia en la que vivíamos y que se refleja incluso en la inocencia macabra de ese añadido del Rey, “el dolor vendrá después”; solo fue eso, pero la intensidad de la política española ya lo transformó en una primera polémica política, adivinando mensajes encriptados de enfrentamientos entre el Gobierno y la Corona o, peor aún, en uno de los vaticinios más reiterados: la instauración de una república en España por el acoso al que se vería sometido el monarca. Ya hemos visto en todo este tiempo que los mayores ataques a la monarquía parlamentaria han provenido del mismo núcleo de la Casa Real, del grave e inexplicable comportamiento de Juan Carlos I.

La mayor deslealtad hacia Felipe VI ha venido de su progenitor, que es lo que, acaso, nunca hubiésemos podido imaginar tampoco en ese año maldito que ha pasado. Ni siquiera el inquietante ejercicio de equilibrismo del presidente del Gobierno, para contentar a unos y a otros, podría compararse con la frivolidad de quien trajo la democracia a España y predicaba cada Nochebuena con la ejemplaridad mientras ocultaba un patrimonio en paraísos fiscales, como ha acabado admitiendo el mismo Juan Carlos I ante Hacienda.

En eso de los equilibrios inquietantes del presidente del Gobierno, conviene recordar algo que otra vez se ha mencionado aquí, que es mejor ceñirse a los hechos antes que a las especulaciones para no caer en el desánimo a diario, como les ocurre a tantos. Es mejor siempre pensar que, en las cuestiones esenciales que afectan a la democracia española, como el modelo de Estado o la unidad territorial, cualquier dirigente del PSOE siempre será un garante de la Constitución. Y de la misma forma que podemos considerar que la presencia en el Gobierno de un presidente socialista contribuye decisivamente a sostener la monarquía parlamentaria ante los escándalos de Juan Carlos I, también los hechos nos demuestran que, frente a los vaticinios apocalípticos, ni España se ha roto ni el independentismo ha hecho otra cosa que enfrentarse y dividirse.

Todo movimiento fundamentalista, como es el nacionalismo extremo del independentismo catalán, se crece ante la negación, porque alimenta su discurso de agravio permanente. Las fisuras comienzan cuando se introduce una cuña de moderación frente a la que no es posible construir el relato victimista que les sirve de revulsivo. Además de que los líderes de la revuelta independentista siguen en prisión desde hace tres años (¿cuántas veces se ha afirmado que quedarían en libertad tras la toma de posesión de este Gobierno?), el independentismo catalán, como muestran las encuestas, se encuentra en un lento pero progresivo deterioro, con una clase política dividida y enfrentada.

Un año ha pasado, que parece un siglo, desde que el Gobierno de Pedro Sánchez tomó posesión y es ahora, con una cuarta parte de la legislatura consumida, cuando los dos partidos que forman la coalición actualizan sus prioridades y se enfrentan al mandato que nunca hubieran imaginado. La única certeza que podríamos aventurar es que será un Gobierno para toda la legislatura porque, en medio del ruido, ese equilibrista que es Pedro Sánchez se ha agenciado, con un grupo parlamentario raquítico, uno de los Presupuestos Generales del Estado más respaldados de la historia. Pero hasta ahí.

Lo ocurrido ni siquiera da para hacer balance de gestión, al margen de la pandemia, porque los problemas empiezan ahora y comenzarán a salir a la superficie, como restos de un naufragio. La realidad será distinta cuando se despeje esta niebla, en el momento cotidiano en que en España nos sentemos a una mesa de amigos y no surja, en ningún momento de la conversación, la palabra coronavirus. Así que el balance de este tiempo inexacto solo nos permite asomarnos a ese campo magnético en el que colisionan los gritos y las tensiones. Un siglo después, España sigue en pie. Que cada cual lo interprete a su manera.

Matacán