Yolanda Díaz, Echenique y el 'complejo Errejón'
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Javier Caraballo

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Yolanda Díaz, Echenique y el 'complejo Errejón'

En el explosivo episodio del exdiputado Alberto Rodríguez, Belarra y Echenique han actuado, frente a Yolanda Díaz, como auténticos portavoces de la rama dura de Podemos, como si Pablo Iglesias les susurrara al oído

Foto: La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. (EFE)
La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. (EFE)

La tenue consolidación de Yolanda Díaz como líder en la izquierda española la está situando progresivamente en la tesitura definitiva en la que, hasta ahora, han naufragado todos los intentos habidos para sustituir al PSOE como fuerza hegemónica en ese espacio electoral: moderación o radicalidad. En estos cuarenta años de democracia, todas las formaciones políticas que se han situado a la izquierda del PSOE han atravesado una crisis de identidad, que es como una crisis de crecimiento. La duda siempre surge cuando aumentan las expectativas de voto o cuando los socialistas atraviesan algún momento serio de declive electoral, ya sea por batallas internas o por la descomposición provocada por episodios de corrupción. Ante ese debate interno, los partidos o coaliciones a la izquierda del PSOE ven la oportunidad de sobrepasarlo y, paradójicamente, lo que les ha ocurrido es que han sido ellos los que han acabado rompiéndose internamente ante la imposibilidad de solucionar esa duda estratégica: moderación o radicalidad.

Sucedió, por ejemplo, en tiempos de Julio Anguita, hace 30 años, cuando el PSOE de Felipe González comenzó a pudrirse. El carismático político cordobés había creado Izquierda Unida, para aglutinar a todos los partidos y movimientos a la izquierda del PSOE, y cuando se comenzó a hablar de sorpaso, la coalición se rompió por el enfrentamiento de quienes pensaban que había que acercarse a los socialistas y quienes defendían el alejamiento, como el propio Anguita que patentó aquello de ‘las dos orillas’ (en una ribera, el PSOE y el PP y en la otra, Izquierda Unida). Años antes, un debate similar se suscitó en el seno del Partido Comunista de España, con el ‘eurocomunismo’ moderado en el centro de la disputa, y años después, recientemente, se volvió a plantear en Podemos con la disputa interna que estalló en Vistalegre II cuando Pablo Iglesias arrasó a Íñigo Errejón e impuso la ‘línea dura’ en la formación política.

Foto: La vicepresidenta segunda y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, en el Congreso confederal de CCOO . (EFE)

Si se atiende a la personalidad política de la vicepresidenta segunda del Gobierno, Yolanda Díaz, podría decirse que su opción personal se inclina hacia la moderación, al menos en las formas, en el talante, sin que ello presuponga un cambio de ideología en ese sector que se adentra en la extrema izquierda. El contraste con su predecesor, Pablo Iglesias, es muy elocuente y la propia Yolanda Díaz se encarga de remarcar las diferencias con su constante invocación al diálogo discreto y el acuerdo, por encima de la bronca y la crispación. “Ahora tocan hechos y no palabras”, como dijo ella misma, como declaración de principios, en el congreso de Comisiones Obreras, su mejor salsa política.

Y puede estar satisfecha de esa imagen suya porque hasta el momento, además de su propia consolidación personal como líder política, apreciada de forma creciente en el ámbito de la izquierda, la formación que aspira a encabezar y a representar en las próximas elecciones parece haber frenado la sangría de votos que le dejó en herencia Pablo Iglesias. Como se ha reflejado en el Observatorio Electoral de El Confidencial, en los últimos dos meses, la pérdida de más de medio millón de votos de la etapa anterior se ha transformado con Yolanda Díaz en un crecimiento de casi cien mil votantes. Evidentemente, el ‘efecto Díaz’, como le gusta denominarlo a los politólogos, está aún muy lejos de poder ser considerado como tal, pero la tendencia que se ha iniciado tiene el valor innegable de haber frenado la sangría, que no es poco.

Foto: Alberto Rodríguez y Yolanda Díaz en los pasillos del Congreso. (EFE)

Pero ¿comparten esa misma visión los compañeros de Yolanda Díaz en Unidas Podemos? Solo tenemos que observar el 'in crescendo' de tensión de sus portavoces oficiales, tanto la ministra y secretaria general Ione Belarra como del portavoz parlamentario Pablo Echenique, para contemplar la brecha que ha comenzado a abrirse en Unidas Podemos y sus confluencias, que son las que, en teoría, conformarán la ‘plataforma’ electoral que encabece Yolanda Díaz en las elecciones generales. En un gobierno de coalición, como sabemos por experiencia acumulada, el partido pequeño siempre corre el peligro de verse engullido electoralmente por el partido dominante, lo que justifica las arremetidas constantes en búsqueda de protagonismo. El problema llega cuando la notoriedad se convierte en un elemento en sí mismo, como un arma de agitación antisistema, como si pudieran hacer abstracción del papel institucional que representan y las obligaciones que conlleva.

En el explosivo episodio del exdiputado Alberto Rodríguez, condenado por el Tribunal Supremo, Yolanda Díaz se ha alineado con el también ministro Alberto Garzón, que comparte con ella militancia comunista, para frenar en seco la escalada de agitación institucional que había iniciado Unidas Podemos. Los primeros se limitaron a discrepar de la sentencia condenatoria, mientras que los segundos consideraron que esa era la ocasión para iniciar, desde el Gobierno de España, una batalla frontal contra el Tribunal Supremo y el Poder Judicial, por extensión. En ese episodio, Belarra y Echenique han actuado, frente a Yolanda Díaz, como auténticos portavoces de la rama dura de Podemos, como si Pablo Iglesias les susurrara al oído. Demasiado evidente, demasiado chusco, como para no pensar en una nueva recreación de aquella pugna de Vistalegre II de la que salió despedido Íñigo Errejón y, junto a él, o al mismo tiempo, todos aquellos que pretendían cambiar de estrategia, evolucionar ideológicamente hacia un espacio electoral más amplio, menos encasillado y radical.

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