Para no correr el 'grave riesgo' democrático de tener que dialogar y pactar con el PP, habría que desaconsejarles que se presenten a unas elecciones porque así no tienen que gobernar
El presidente de Vox, Santiago Abascal. (EFE/Raúl Sanchidrián)
La negación en política, como una forma de nihilismo, tiene un público fiel, sobre todo en tiempos convulsos. Lo estamos viendo ahora en el partido de Santiago Abascal, Vox, que hace política con la negativa. De Vox ha pasado a ser Nox, podría decirse. Esa es la evolución, y no se tenga en cuenta que las siglas Nox se corresponden con un gas tóxico, un dióxido de nitrógeno muy peligroso para la salud que produce asfixia, bronquitis, asma y no sé qué más. Pero nada bueno, que es lo mismo que podría pensarse de un partido político que se presenta a unas elecciones y, cuando le llega la hora de gobernar, rehúsa, dimite o pone infinitas trabas para eludir la responsabilidad.
Habrá quien diga entre las huestes de Abascal que eso es lo que tienen que hacer si no se aceptan sus principales reivindicaciones; que no pueden supeditarse a las políticas de otros partidos que ellos mismos consideran una derecha impostora, "un populismo peligroso que se echa en brazos de la izquierda", como ha dicho hace poco uno de sus portavoces. Es verdad, no tienen por qué supeditarse al otro, con la salvedad de que, para no correr el ‘grave riesgo’ de tener que dialogar y pactar con los adversarios políticos, habría que desaconsejarles que se presenten a unas elecciones. Porque resulta que la democracia consiste en eso. También lo dijo Churchill: "La democracia es la necesidad de doblegarse de vez en cuando a las opiniones de los demás". Si no se tiene claro este principio básico es que, en el fondo, no se cree en la democracia. De modo que en las circunstancias actuales, lo que tiene que asumir Vox, como partido democrático, es que, mientras no consiga la mayoría absoluta en las elecciones, cualesquiera que sean, su obligación democrática es la de facilitar la gobernabilidad. En el caso de mayorías sólidas de centro derecha y extrema derecha, como está ocurriendo, Vox tiene que asumir su papel de partido alternativo, no mayoritario en esa franja política, y aceptar que las principales políticas las determine la formación política, el Partido Popular, que suele obtener casi el doble de votos y porcentajes.
Debemos tener claro, en todo caso, que aunque Vox se siga comportando como Nox, es muy probable que nada de eso tenga un efecto negativo en su electorado. Es importante subrayarlo porque hay quien piensa, sobre todo en el Partido Popular, que los votantes acabarán rechazando a Vox por su negativa a entrar en los gobiernos. Es un grave error que no necesita de demostración porque ya ha ocurrido: se han ido de los gobiernos y el apoyo electoral a Vox no sólo no se resiente, sino que se incrementa. En julio de 2024, el líder voxista, Santiago Abascal, ordenó a todos los consejeros de los gobiernos de coalición que abandonaran sus puestos y que le retirasen el apoyo parlamentario al Partido Popular, con el que gobernaba en las comunidades de Aragón, Castilla y León, Murcia, Extremadura, Valencia y Baleares. Lo hizo con la peregrina excusa de que en España había una "invasión de menas", que son las siglas que Abascal utiliza para sembrar el miedo con los menores inmigrantes.
Han pasado veinte meses y si les preguntásemos hoy a los votantes de Vox, seguro que ninguno de ellos recuerda por qué se rompieron aquellos acuerdos y salieron de los gobiernos. Lo hacen y ni siquiera se molestan en mirar hacia atrás, porque son conscientes de que en esta época de polarización nadie va a reprocharles una mentira. Otro ejemplo más, de la misma naturaleza desvergonzada: hace unos días, el portavoz de Vox en Andalucía difundió en sus redes sociales el vídeo de un musulmán recorriendo los alrededores de la catedral y los Alcázares de Sevilla con el siguiente texto: "Excursión escolar en Sevilla para enseñar el Ramadán. La prueba de cómo avanza la islamización en nuestras aulas, alejando a nuestros hijos de sus raíces". Completamente falso: se trataba de una representación teatralizada de la historia de Sevilla y la protagonizaba un actor disfrazado de Al Mutamid, el rey poeta de la taifa de Sevilla que vivió en aquel alcázar en el siglo XI.
El autor de ese sucio despropósito se llama Manuel Gavira y será el candidato de Vox en las próximas elecciones andaluzas. Por supuesto, que ni el autor del dislate, que es una temeridad, ni el partido al que pertenece han corregido ni una coma de la patraña. Se mantienen en lo dicho porque consideran, como es de suponer, que se trata de mentiras rentables en las urnas, que es lo que nos devuelve a lo que se decía antes: la negación en política tiene un público fiel. Ciegamente fiel, como le ocurre a muchos de los votantes de este partido, que proceden directamente de sectores antisistema.
Sabemos, por cómo reaccionan cada vez que se menciona este término, que a muchos votantes de este partido les solivianta que se les compare con votantes antisistema, que ellos relacionan sólo con la extrema izquierda. Por definición, un partido político que reniega de la Unión Europea ("los federastas que quieren desde hace mucho tiempo terminar con la soberanía de las naciones europeas", como dice Abascal de forma despectiva) o que aboga por la desaparición del Estado de las autonomías ("un Estado unitario con un gobierno único y una descentralización administrativa basada en las provincias", igualmente Abascal); un partido así, es por definición un partido antisistema. Es el artículo 2 de la Constitución, que deben conocerlo: habla de "la indisoluble unidad de la Nación española" y del "derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que la integran".
Esa condición de antisistema se puede extender, más allá, a la ruptura de algunas de las convenciones sociales actuales que permiten la convivencia pacífica entre diferentes, desde los derechos del colectivo LGTBI, la lucha contra la violencia contra la mujer o el respeto a los inmigrantes que trabajan aquí y de aquellos, como es el caso de los menores, cuya tutela la tiene España hasta su mayoría de edad. Todas esas convenciones sociales, fundadas en leyes aprobadas por las Cortes, que representan al pueblo español, forman una red de seguridad en una democracia. Y querer romperla también es cosa de antisistemas. Con lo cual, si hay miles de votantes a los que todo lo anterior les parece chuchería, cómo va a pretender nadie que dejen de votar a Vox porque se haya convertido en Nox.
La negación en política, como una forma de nihilismo, tiene un público fiel, sobre todo en tiempos convulsos. Lo estamos viendo ahora en el partido de Santiago Abascal, Vox, que hace política con la negativa. De Vox ha pasado a ser Nox, podría decirse. Esa es la evolución, y no se tenga en cuenta que las siglas Nox se corresponden con un gas tóxico, un dióxido de nitrógeno muy peligroso para la salud que produce asfixia, bronquitis, asma y no sé qué más. Pero nada bueno, que es lo mismo que podría pensarse de un partido político que se presenta a unas elecciones y, cuando le llega la hora de gobernar, rehúsa, dimite o pone infinitas trabas para eludir la responsabilidad.