La mayor declaración de impotencia en la historia democrática es esta de concluir que el presidente socialista solo saldrá del Gobierno por sus propios errores, no por la oposición
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Claudia Alba)
Al César lo que es del César, Pedro Sánchez ha sacado un resultado alentador en Castilla y León, muy lejos del batacazo que se esperaba. Podrá decirse que Sánchez no se presentaba a esas elecciones, o que los candidatos no eran símbolos del sanchismo, como los ministros que ha mandado a las elecciones autonómicas con un pañuelo anudado en la frente, como el hachimaki de los kamikazes japoneses. Fue en el PSOE de los tiempos de Felipe González donde se acuñó la expresión ‘dulce derrota’, pero es ahora, con Pedro Sánchez como líder socialista, cuando se ha hecho realidad. Lo de González no fue más que un espejismo, el deseo roto de volver a ganar las elecciones en solo unos meses, cuando José María Aznar le ganó por algo menos de trescientos mil votos (un porcentaje ridículo si tenemos en cuenta que en aquella época, elecciones generales de 1996, los socialistas y los populares lograban el apoyo, cada uno de ellos, de más de nueve millones y medio de votantes). Los socialistas de entonces pensaban que Aznar no podía durar y, por esa razón, se consolaban con la esperanza vana de un regreso inmediato. "Nunca una derrota ha sido tan dulce ni una victoria tan amarga", dijeron y, como es normal, no sucedió así porque Aznar creció hasta la primera mayoría absoluta de la derecha en la democracia española.
La frase, sin embargo, se relee ahora y parece que está hecha para Pedro Sánchez. Se estrenó en 2023 como el primer candidato que logró gobernar sin haber ganado las elecciones y sin tener una mayoría parlamentaria estable, y ahora, en esta sucesión de elecciones autonómicas, no deja de recibir derrotas que en nada le afectan políticamente como secretario general del PSOE. Llevan cuarenta años sin ganar en Castilla y León, no hay perspectivas de que puedan volver a hacerlo ni a corto ni a medio plazo, y sin embargo la ejecutiva federal se muestra plenamente satisfecha de no haberse hundido. "Son buenos resultados y esta es la senda correcta", como ha dicho alguna portavoz. Derrota, dulce derrota…
De todas formas, así expuesto, podría parecer un delirio de Pedro Sánchez, propio de gobernantes aislados que han perdido todo contacto con la realidad. Nada de eso, tenemos que creernos la satisfacción del líder socialista cuando habla de estos resultados porque su único interés es el de mantener el Gobierno de España. Todo lo demás es secundario, un sacrificio necesario de los demás para que Pedro Sánchez pueda mantener la colosal estructura de poder del Gobierno de España.
En tiempos de ‘tsunami mundial’ de las derechas, el objetivo es resistir e intentar que, de nuevo, pueda resucitar el Frankenstein de las últimas elecciones. Las encuestas que se publican dicen lo contrario, pero podemos dar por seguro que la única hipótesis de trabajo con la que trabaja Pedro Sánchez es la de sorprender con mejores resultados de los que les auguran cuando decida convocar elecciones. Para sustentar esa probabilidad, es fundamental que en las elecciones autonómicas el PSOE conserve un suelo suficiente. Eso es lo que acaba de ocurrir en Castilla y León y de ahí el optimismo: el Partido Socialista piensa que ya ha frenado su deterioro, tras la exitosa campaña del ‘No a la guerra’ para movilizar a su electorado.
Nada, además, es casual ni fruto de las carambolas. De todos los líderes políticos de la actualidad, Pedro Sánchez es el que cuenta con el mejor equipo de asesores y los mejores análisis de la realidad sociopolítica de España. Cierto es, como no nos cansamos de repetir, que todo eso lo costea con dinero de los Presupuestos Generales del Estado y que, sin rubor alguno, ha duplicado el número de asesores, un ejército de mil personas. Cierto. Pero en la acera de enfrente, el Partido Popular, lo que ha hecho es todo lo contrario, desmantelar los equipos de analistas con los que contaba en otras etapas en las que la estrategia no se reducía a un mensaje ingenioso de redes sociales.
Hace unos días, mi compañero Juan Fernández-Miranda contaba en una crónica que los dirigentes del Partido Popular trabajan con un plan concreto, una estrategia, que es la siguiente, según le explicaron: "Lo que estamos haciendo es establecer una táctica de muerte a pellizcos para el presidente del Gobierno". En fin… Cuando se leen estas intenciones, lo complicado es decidir si tomárselas en serio o a broma, por lo insólito. Pensarlo así, decirlo así, que la estrategia política es una muerte a pellizcos, es, sin más, la mayor declaración de impotencia en la historia democrática. Supone, en suma, que Feijóo y los suyos de la calle Génova han llegado a la conclusión de que el presidente socialista solo saldrá del Gobierno por sus propios errores, por desgaste, no por la oposición que ellos ejercen.
De hecho, hasta podríamos pensar que precisamente esa, la muerte a pellizcos, es una estrategia propia de Pedro Sánchez, dispuesto a aguantar en la Moncloa todo el tiempo que le sea posible. Por lo que se decía antes, porque mantener el mando en la inmensa estructura de poder de la administración española es un ‘objetivo premium’ para un gobierno socialista que contempla cómo a su alrededor, en España y en todo el mundo, crecen las derechas y se jibarizan, o desaparecen, partidos clásicos de izquierdas. Si hay que aguardar un cambio de ciclo, quién pone en duda que lo que pretende Pedro Sánchez es hacerlo desde el poder, aunque vaya encadenando sucesivas ‘dulces derrotas’. Para Pedro Sánchez, desprovisto como está de miramientos y lealtades cuando decide sus estrategias, no hay ningún problema en aguantar. Pero no ocurre lo mismo con los alcaldes y presidentes autonómicos, y por eso no hacen más que exigirle que adelante las elecciones generales. Temen que, si agota la legislatura y se celebran después las elecciones municipales y autonómicas de mayo de 2027, se vean arrasados por el ‘antisachismo’, como ocurrió en 2023.
Lo dijo el presidente castellano-manchego, Emiliano García-Page, y hace un mes lo hizo suyo la alcaldesa socialista de Palencia, Miriam Andrés, que ha sido la que ha sostenido el porcentaje de votos al PSOE en estas últimas elecciones, junto al alcalde de León, José Antonio Díez, y obviamente, al alcalde de Soria y candidato, Carlos Martínez. "Gobernar sin presupuestos ni apoyos es la muerte a pellizcos. Lo que realmente está en juego es el poder territorial del PSOE. Cualquier partido sin sus alcaldes no tiene nada", dijo la alcaldesa socialista para defender el adelanto de las elecciones generales, este mismo semestre. Y tiene razón, salvo que se le olvida decir que los pellizcos se los dan a ellos, no a Pedro Sánchez que, como vemos, ni se rasca.
Al César lo que es del César, Pedro Sánchez ha sacado un resultado alentador en Castilla y León, muy lejos del batacazo que se esperaba. Podrá decirse que Sánchez no se presentaba a esas elecciones, o que los candidatos no eran símbolos del sanchismo, como los ministros que ha mandado a las elecciones autonómicas con un pañuelo anudado en la frente, como el hachimaki de los kamikazes japoneses. Fue en el PSOE de los tiempos de Felipe González donde se acuñó la expresión ‘dulce derrota’, pero es ahora, con Pedro Sánchez como líder socialista, cuando se ha hecho realidad. Lo de González no fue más que un espejismo, el deseo roto de volver a ganar las elecciones en solo unos meses, cuando José María Aznar le ganó por algo menos de trescientos mil votos (un porcentaje ridículo si tenemos en cuenta que en aquella época, elecciones generales de 1996, los socialistas y los populares lograban el apoyo, cada uno de ellos, de más de nueve millones y medio de votantes). Los socialistas de entonces pensaban que Aznar no podía durar y, por esa razón, se consolaban con la esperanza vana de un regreso inmediato. "Nunca una derrota ha sido tan dulce ni una victoria tan amarga", dijeron y, como es normal, no sucedió así porque Aznar creció hasta la primera mayoría absoluta de la derecha en la democracia española.