Por qué el Partido Popular ganará las próximas elecciones generales
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Por qué el Partido Popular ganará las próximas elecciones generales

Uno de los fenómenos más singulares de la política europea tiene que ver con el PP. No por su ideología ni por su forma de gobernar. Ni por sus líderes.

placeholder Foto: Zapatero felicita a Rajoy tras ser investido este último presidente del Gobierno. (Efe)
Zapatero felicita a Rajoy tras ser investido este último presidente del Gobierno. (Efe)

Uno de los fenómenos más singulares de la política europea tiene que ver con el Partido Popular (PP). No por su ideología ni por su forma de gobernar. Ni siquiera por la personalidad de sus líderes. La particularidad hay que vincularla a su enorme estabilidad electoral, algo inusual en un país dotado de un sistema formalmente proporcional, aunque convenientemente corregido para favorecer a los grandes partidos.

El PP, como se sabe, ocupa un enorme espacio político que abarca desde el centro hasta la derecha más clásica y conservadora. En Francia, Italia, Suecia, Holanda o Reino Unido; por el contrario, los partidos moderados han visto cómo se han ido erosionado sus bases electorales por el nacimiento de nuevas formaciones al calor de los cambios sociales. Nutridas, en la mayoría de los casos, de lo que algunos politólogos han llamado "víctimas de la globalización". En particular, de las clases medidas que se han ido proletarizando y ven amenazado su bienestar por la inmigración. También por la frustración del obrero industrial, una especie en extinción en la mayoría de las grandes ciudades. En España, sin embargo, el bloque electoral que apoya al PP permanece básicamente compacto desde su refundación, en 1990.

En las dos últimas décadas, su respaldo nunca ha bajado de los 8,2 millones de electores, con un máximo de 10,86 en 2011. El PP siempre se ha movido en una horquilla que oscila entre el 44,63% y el 34,76%, lo que refleja una enorme estabilidad.

Ese es, precisamente, el principal hándicap del PSOE, cuya firmeza electoral se ha visto permanentemente amenazada. El Partido Socialista se hundió en el año 2000, cuando apenas 7,9 millones de electores, el 34% de los votos válidos, confiaron en Almunia. Ocho años después, sin embargo, el PSOE logró el respaldo de 11,28 millones de ciudadanos, nivel jamás alcanzado por ningún partido en términos absolutos. Zapatero, aunque cueste creerlo, logró el 43,87% de los votos, mientras que en 2011 el PSOE de Rubalcaba apenas consiguió el 28,76%. O lo que es lo mismo: poco más de siete millones de votos de un censo electoral equivalente a 35,8 millones de personas. Estos datos demuestran que el PSOE padece una especie de ciclotimia política.

Se gobierna con el 37% de los votos

La historia enseña, en todo caso, que ningún partido ha logrado gobernar en España con menos del 34% de los votos. Lo hizo UCD -con muchísimos problemas- en los primeros años de la Transición. Pero posteriormente nunca nadie ha llegado a Moncloa con menos del 37,71% de los votos válidos, que es el porcentaje que logró Aznar en 2004.

La historia enseña, en todo caso, que ningún partido ha logrado gobernar en España con menos del 34% de los votos. Lo hizo UCD -con muchísimos problemas- en los primeros años de la Transición. Pero posteriormente nunca nadie ha llegado a Moncloa con menos del 37,71% de los votos válidos, que es el porcentaje que logró Aznar en 2004

Dando por bueno lo que dice la historia, eso supone que España estará obligada a tejer una nueva forma de hacer política en los próximos años. Nada indica que alguno de los dos grandes partidos que han dirigido este país desde la restauración de la democracia pueda volver a hacerlo con una mayoría suficiente para gobernar desde la estabilidad. Y aquí es cuando surge la otra paradoja de la política española. Este país, a nivel estatal, probablemente sea el único en Europa en el que nunca se ha practicado un gobierno de coalición, lo que le convierte en una rareza digna de entrar en los manuales de ciencia política.

Esta rareza puede explicar la aversión al pacto que se ha instalado en la sociedad española, donde los acuerdos políticos se ven como una traición al electorado.  

Es probable que tenga mucho que ver con la ‘cultura de la etiqueta’ que rige en el debate político, en el que lo primero es poner un adjetivo al adversario, y que se sintetiza en la célebre dicotomía: ‘rojos’ o ‘fachas’. Esta ideologización exacerbada del discurso político conduce a una constatación. En España, tradicionalmente, se ha exonerado a los políticos de la corrupción. Hasta el punto de que cuando un partido es cuestionado por la opinión pública, sus afiliados y simpatizantes juegan al victimismo y lo ven como un ataque del adversario. La consecuencia, como no puede ser de otra manera, es que quienes deberían estar más interesados en acabar con esas fechorías, tratan de acallarlas con el consabido: ‘y tú más’. Nace así lo que Félix de Azúa denomina ‘inútil griterío’. Simple palabrería carente de sustancia.

Sólo hay un límite: la modificación del sistema electoral. Esta es una barrera que ninguno de los dos grandes partidos quiere franquear. Sin duda porque son conscientes de que cualquier renovación radical va contra la línea de flotación del actual sistema de partidos. Y el caso de Asturias, donde el Gobierno regional está prácticamente liquidado por el incumplimiento de un compromiso político por parte del PSOE, pone de relieve hasta qué punto la mecánica del sistema electoral (en particular el desbloqueo de las listas y la mayor proporcionalidad) es realmente lo que preocupa a los dos grandes partidos.

Los gérmenes de la próxima crisis

¿Qué quiere decir esto? Pues que es muy probable que España afronte el cada vez más cercano ciclo electoral sin haber movido una sola coma de su sistema de partidos, lo cual supone -ahora que la recuperación está más cerca- que se estén incubando los gérmenes de la próxima crisis. Y es que a veces se olvida que lo que ha sucedido en la economía española en los últimos años (la intensidad de la recesión) tiene mucho que ver con la baja calidad del entramado institucional, que neutraliza la existencia de contrapoderes en el seno de los propios partidos. Precisamente, para favorecer a las minorías dirigentes, lo que los convierte en inútiles a la hora de identificar los problemas. Las crisis económicas anidan en la mayoría de las ocasiones en los fallos del sistema político e institucional.

El Partido Popular es quein más se beneficia del descrédito general de la clase política. Al PP le favorece el proceso catalán en el conjunto de España porque se consolida como la única fuerza de carácter genuinamente nacional frente al PSOE o Izquierda Unida

¿Y por qué no se cambia entonces el sistema electoral si es lo que demanda la población, como acreditan las encuesta del CIS? Pues simplemente porque es el propio Partido Popular quien se beneficia del descrédito general de la clase política. Al PP le favorece el proceso catalán en el conjunto de España porque se consolida como la única fuerza de carácter genuinamente nacional frente al PSOE o Izquierda Unida. El descrédito de la política, igualmente, daña más al PSOE y favorece a UPyD y Ciudadanos, ambos con un discurso de recentralización del modelo territorial que se nutre de las bases electorales socialistas. Y sólo daña marginalmente al PP, que no se visualiza como un partido ‘territorializado’.

Esto significa que el surgimiento con indudable fuerza de partidos situados entre el PSOE y el PP explicaría el fracaso de las opciones populistas o xenófobas, que en España, al contrario que en Europa, apenas tienen campo de juego. Sin duda, una buena noticia desde el punto de vista de la estabilidad política y de la salud democrática que favorece al PP, blindado a un lado y a otro porque las nuevas opciones políticas (Díez y Rivera) canalizan el descontento social en lugar de hacerlo partidos antisistema y de fuerte componente autoritario. Simplemente por eso, no se cambia el sistema de representación. Beneficia al partido en el poder, aunque a la larga sea malo para España por la baja calidad de su democracia.

Al contrario de lo que decía Gramsci, una victoria política no siempre viene precedida de una victoria ideológica. Todo es mucho más prosaico.

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