MIENTRAS TANTO

¡Muévase, señor Rajoy, muévase!

La Cataluña moderada y transigente -la que respaldó la Constitución con una mayoría de más del 90%- ha sucumbido ante una pésima clase política

Foto: Mariano Rajoy, en el Congreso (Efe).
Mariano Rajoy, en el Congreso (Efe).

El editorial del viernes de La Vanguardia -publicado horas después de que Mas y sus socios pactaran el contenido y la fecha de la consulta- finalizaba así: “La Cataluña moderada, socialmente mayoritaria, aprecia la democracia participativa, desea el pacto, rechaza la intransigencia y no apoyaría aventurerismos que con toda seguridad no se van a dar. Tiempo para la política”.    

Falso. La Cataluña moderada y transigente -la que respaldó la Constitución con una mayoría de más del 90%- ha sucumbido ante una pésima clase política. Aquella que responde a eso que algunos llaman con desdén madrid, continúa observando con indolencia lo que sucede en Cataluña; mientras que la catalana (al menos cerca de dos tercios del parlament) sigue subyugada por un grupo de iluminados dispuesto a meter a la población en un convoy que va directamente hacia el abismo.

Probablemente, por un cierto desconocimiento de nuestra propia historia. El devenir de España, cuando ha derrotado hacia los extremos, siempre ha acabado mal, como en los versos de Gil de Biedma.

El propio Luis Companys tenía más sentido de Estado que muchos de los que hoy presumen de catalanismo. El periodista Chaves Nogales lo entrevistó en una ocasión en Barcelona después del triunfo del Frente Popular, y le preguntó, de una forma un tanto alambicada (fruto de la época), si los ‘elementos revolucionarios’ que coexistían en la coalición de izquierdas podrían gobernar “de forma fatal para las clases conservadoras y los elementos productores del país”. La respuesta de Companys fue tajante:

-“Eso asegurarán nuestros adversarios, pero yo puedo afirmar que al gobernar lo haré teniendo siempre presente los intereses fundamentales de la economía de España y de Cataluña. No vamos a cegar estúpidamente las fuentes de riqueza del país con aventuras gubernamentales”.

Algunos empresarios del puente aéreo (Gabarró, Alemany…) intentan una especie de tercera vía, pero Rajoy juega a la esfinge y hace mal en no escucharlos, lo cual es extremadamente peligroso. Desoyendo, incluso, a los ministros más proclives a buscar soluciones, como García-MargalloCon razón, como sugiere un avezado economista catalán que ha desempeñado importantes puestos en madrid, "al final la solución de la cuestión catalana [al menos temporal] tendrá que venir de Europa". En algún momento, Francia y Alemania impondrán algo de cordura y obligarán a buscar soluciones. En realidad, como casi siempre ha ocurrido en nuestra historia, que los vientos de cambio siempre han venido de fuera: en 1959, con el Plan de Estabilización; en 1986, tras la entrada de España en la UE, o más recientemente, con la intervención de facto de las cuentas públicas a cambio de una mayor involucración del BCE en la financiación de la deuda soberana.

Soberanismo y multinacionales

No hay que olvidar el gran número de multinacionales radicadas en Cataluña, que representa nada menos que el 26% de las exportaciones de España y el 27% de las importaciones, lo que da idea de lo que supone en términos económicos. Artur Mas es plenamente consciente de ello y por eso busca la internacionalización de la cuestión catalana. Aunque también es probable que en algún momento un trío de banqueros o media docena de grandes empresarios exijan sensatez a los políticos para no romper la unidad de mercado.

Algunos como los empresarios del puente aéreo (Gabarró, Alemany…) intentan una especie de tercera vía, pero Rajoy juega a la esfinge y hace mal en no escucharlos, lo cual es extremadamente peligroso. Desoyendo, incluso, a los ministros más proclives a buscar soluciones, como García-Margallo, bien visto por los nacionalistas y que no quiere esperar a hacer política de último minuto. Europa, ya se sabe, reacciona tarde y muchas veces mal, pero siempre de forma reactiva, pocas veces de forma preventiva. Y haría mal Rajoy en pensar que los votos que pierde en Cataluña los gana en el resto de España con su postura inmóvil. Es un juego demasiado peligroso.

Es curioso que cuando se habla de reformar la Constitución se dice, con acierto, que no hay el necesario consenso de las fuerzas políticas. Pero los consensos no caen del cielo, se tejen de forma paciente haciendo política. Antes de que los acontecimientos se precipiten.

El silencio ya no vale. Como alguien dijo, hay un momento para el valor, y otro para la prudencia. Y el que es inteligente, sabe distinguirlos. Y la vía de suspender la economía es simplemente irreal. Los Balcanes, como con acierto recordaba ayer Zarzalejos, están ahí.

Un fino economista que conoce bien los entresijos del mundo soberanista lo ha resumido de forma magistral: “Se equivoca Rajoy si piensa que el territorio pequeño no puede arrastrar al grande”. Cataluña sufriría, y mucho, con la independencia, pero también España, que tendría que apechugar con la deuda pública que hoy le corresponde a Cataluña. ¿O es que alguien se cree que el nuevo Estado le devolvería a España la parte alícuota que le corresponde?

Los mercados y las mayorías absolutas

Aunque los detalles de la consulta ya estaban descontados, lo cierto es que, como aseguraba el jueves a este diario un portavoz de uno de los mayores fondos de deuda soberana del mundo, lo que sucede en Cataluña preocupa. Y mucho. Básicamente por la capacidad que tiene para contaminar la estabilidad del Gobierno central, un aspecto clave que ha ayudado a rebajar la prima de riesgo. Ya se sabe que a los mercados les gustan las mayorías absolutas.

El problema, sin embargo, es que el campo de juego es cada vez más estrecho, y ya apenas hay margen para retroceder. Rajoy, sin embargo, sigue pensando que tarde o temprano se producirá una implosión en la mayoría política que sustenta la consulta, pero hoy por hoy nada indica que eso vaya a ocurrirCiU, ERC y sus comparsas han ganado al menos un año manteniendo la unidad de acción. Y a medida que los mercados visualicen que el PP no podrá revalidar la mayoría absoluta en las elecciones generales de 2015, todo será más difícil.

Esta es la baza política que juega el bloque soberanista: desgastar al Gobierno central. ¿O es que alguien cree que se puede abordar mejor la cuestión catalana con un Gobierno minoritario en Madrid? Sobre todo cuando el apoyo a la consulta amenaza con abrir en canal al PSC, lo cual tendrá necesariamente efectos colaterales sobre la posición del PSOE. ¿O es que el federalismo no acepta la existencia de estados? ¿Alguien cree que el PSOE no intentará obtener réditos electorales de un Gobierno acorralado por el desafío soberanista?

El problema, sin embargo, es que el campo de juego es cada vez más estrecho, y ya apenas hay margen para retroceder. Rajoy, sin embargo, sigue pensando que tarde o temprano se producirá una implosión en la mayoría política que sustenta la consulta, pero nada indica que eso vaya a ocurrir. Confiar la salida de la cuestión catalana a la ruptura de CiU y de ERC es sólo ganar tiempo. El soberanismo va quemando etapas y la vuelta atrás es cada vez más difícil. Sólo si la unidad de los independentistas se rompe, la estrategia de Rajoy será la acertada.

El escenario más probable es que el 9-N se celebren, en realidad, unas elecciones plebiscitarias (una contradicción evidente) para lograr una mayoría suficiente con la que responder a Moncloa. De nuevo, otro choque de legitimidades, como cuando el Estatut fue aprobado por la mayoría de los catalanes y un Tribunal Constitucional que había caducado lo echó para atrás. Pero ahora con un argumento sólido: los dos tercios necesarios para cambiar la arquitectura institucional de Cataluña.

Sería injusto, sin embargo, situar en el mismo plano las distintas responsabilidades. Quienes siguen adelante con el proceso soberanista sabiendo que el presidente del Gobierno está obligado a prohibir cualquier consulta ilegal, rozan el mesianismo y olvidan que la gestión de las frustraciones colectivas suele acabar mal. Por eso, seguir haciendo creer a muchos catalanes que la independencia en paz es posible, es una irresponsabilidad. Como ha dejado escrito Antonio Puigverd también en La Vanguardia, ahora veremos “qué capacidad de resistencia tienen los sueños”.

El independentismo -en estos momentos eufórico- se había movido siempre en el terreno de la irrealidad, consciente de que removiendo las aguas de los sentimientos, la cosecha electoral sería copiosa. Algo que explica que muchos se subieran al carro del independentismo emocional. Precisamente, porque sabían que esa posibilidad estaba lejos de la realidad.

Ese decorado de cartón piedra, sin embargo, es el que está punto de convertirse en una pesadilla. Muchos piensan que los sueños están al alcance de la mano. Es verdad que se trata de una realidad inventada, pero muy útil políticamente. Sobre todo cuando la economía está en bancarrota.

La Generalitat necesita sostener la bandera del independentismo para ocultar la realidad de un territorio quebrado económicamente, y por eso seguirá pedaleando para no caerse de la bicicleta. Una especie de fuga hacia ninguna parte que necesariamente lleva a la confrontación. Si alguien no lo remedia.

Mientras Tanto
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