Los papeles del ‘comunista’ Piketty

En ‘El Corazón Invisible’*, un viejo libro culto y liberal que venera el ministro Luis de Guindos, se cuenta un sugerente chiste de economistas

Foto: El economista Thomas Piketty. (Reuters)
El economista Thomas Piketty. (Reuters)

En El corazón invisible*, un viejo libro culto y liberal que venera el ministro Luis de Guindos, se cuenta un sugerente chiste de economistas. Dos profesionales de la ‘ciencia lúgubre’ van andando por la calle de forma distraída. Y en un momento del paseo uno le dice al otro un tanto sorprendido por su hallazgo:

– Mira, un billete de 20 dólares tirado en el suelo–. Su amigo mira a su alrededor con cierta incredulidad y le responde con voz perezosa:

No te molestes en agacharte a recogerlo. Si de verdad estuviera ahí, alguien ya se lo habría quedado–, le replica con cierta malicia.

La respuesta del economista escéptico y desconfiado es idéntica a la que puede rondar por la cabeza de muchos especialistas sobre la distribución de la renta y de la riqueza.

Desde hace años existe un ingente material intelectual sobre las causas y las consecuencias del ensanchamiento de la desigualdad en las principales economías del mundo. Ahí están, por ejemplo, los informes anuales que hace la OIT sobre salarios en los que de forma recurrente se pone de manifiesto cómo la participación de las nóminas respecto del PIB ha descendido de forma progresiva desde los primeros años 80. Mientras que en España profesores como Ruiz-Huerta, López Laborda o Luis Ayala, y más recientemente Domenech y Castelló-Climent y muchos otros, llevan clamando en el desierto sobre el crecimiento de la desigualdad. No sólo en términos económicos sino también en relación al capital humano. Muchos de esos documentos se han publicado en las páginas del Instituto de Estudios Fiscales o de la Fundación Alternativas. Incluso, se han editado manuales como los de los profesores Atkinson y Morelli que son una obra de cabecera para muchos economistas, toda vez que presentan una evidencia empírica de cómo ha evolucionado la desigualdad en 25 países, entre ellos España.

Actuar sobre el gasto público tiene, además, una ventaja adicional. Permite identificar las necesidades sociales y romper lo que muchos economistas anglosajones han venido a denominar 'heiristocracy', que no es otra cosa que la reproducción de las élites empresariales y políticas por la vía de la herenciaPero hasta hoy nadie como el economista francés Thomas Piketty (1971) a quien han llegado a calificar de neocomunista había logrado convertir en un superventas una materia tan árida como es hablar de deciles, índice de Gini o escalas de equivalencia. Y es que el fenómeno Piketty es tan singular que los principales economistas del mundo antes lo hizo el FMI discuten ahora acaloradamente sobre qué hacer con la creciente desigualdad en el reparto de la renta y de la riqueza. Como si no se tratara de un fenómeno viejo que tiene su origen no en la crisis financiera, como habitualmente se cree, sino en la desregulación del sistema bancario que arranca cuando las autoridades estadounidenses liquidaron a finales de los años 90 la célebre Ley Glass-Steagall que desde los tiempos de Roosevelt separaba la banca de inversión y la banca de depósito, y que explica en buena medida cómo la economía real ha sucumbido ante la financiera. No ha sido casualidad que los países más bancarizados hayan sido los que más han visto crecer la desigualdad.

Una fórmula del pasado

Piketty, como ha explicado en este diario de forma rigurosa Kike Vázquez, ha propuesto elevar de forma radical la presión fiscal (hasta un 80% sobre rentas superiores al millón de euros) para luchar contra la desigualdad. Pero aunque su libro se llame El capital en el siglo XXI, ampliamente reflejado en este artículo de Esteban Hernández, lo que en realidad propone es una fórmula que tiene bastantes tintes del pasado.

Desde hace muchos años existe una amplia literatura que demuestra que para actuar contra la desigualdad son más eficientes las políticas de gasto público, lo que, de ninguna manera, significa que haya que olvidar la estructura impositiva. No gastando más sino invirtiendo mejor.

Es obvio que el nivel de prestaciones sociales y de inversión en capital humano y tecnológico estará determinado por el volumen de recursos. Pero con mucha recaudación o con pocos ingresos como sucede en España lo relevante es la política de prioridades. Se pueden tener muchos ingresos y malgastarlos, o se pueden tener menos y destinarlos de forma eficiente para cumplir los objetivos de política económica. Entre ellos, como es evidente, la lucha contra la desigualdad. Hay multitud de evidencias empíricas que han demostrado que los países con mayor cohesión son los más eficientes económicamente. Y al contrario, en aquellos en los que la dispersión es mayor, tiende a crecer la corrupción y el desamparo social.

¿Por qué son más eficaces las políticas de gasto? Simplemente porque el riesgo de deslocalización de las rentas del capital son infinitamente superiores a las del trabajo. Y pensar que un solo país o incluso una sola región económica como Europa puede imponer altos tipos impositivos es la mejor manera de invitar a la fuga de capitales. Pensar lo contrario es, como suele decirse, ponerle puertas al campo. Por eso, los países más progresistas ponen el énfasis en cómo gastar mejor. Precisamente, para procurar la igualdad de oportunidades, en última instancia la labor fundamental del Estado como árbitro del sistema económico.

La desigualdad no es sólo un fenómeno de flujos monetarios. Ante todo es una circunstancia social, y por eso, si un país invierte más en educación o en mejorar su arquitectura institucional, es probable que los efectos sobre la distribución de la renta y de la riqueza sean mayores que hacerlo exclusivamente sobre los ingresos elevando la presión fiscalActuar sobre el gasto público tiene, además, una ventaja adicional. Permite identificar las necesidades sociales y romper lo que muchos economistas anglosajones han venido a denominar heiristocracy, que no es otra cosa que la reproducción de las élites empresariales y políticas por la vía de la herencia. Es este el único caso en el que se necesitan altos impuestos para limitar la reproducción automática de las élites económicas por vía biológica.

Actuar por la vía de los gastos tiene, además, otra ventaja. La desigualdad no es sólo un fenómeno de flujos monetarios. Ante todo es una circunstancia social, y por eso si un país invierte más en educación o en mejorar su arquitectura institucional, es probable que los efectos sobre la distribución de la renta y de la riqueza sean mayores que hacerlo exclusivamente sobre los ingresos elevando la presión fiscal. En particular los impuestos sobre la renta. De hecho, eso es lo que ha ocurrido en los países pobres desde los años 50, algo que explica que en ellos se haya avanzado mucho contra la desigualdad gracias a la inversión en educación.

Avanzar gracias a la educación

Este fenómeno también ha ocurrido en los países de altos ingresos. El capital humano en términos de coeficiente de Gini en la OCDE se situaba en 0,22 en 1950 y disminuyó hasta 0,15 en 2010. Es decir, se ha avanzado gracias a la educación.

La creciente desigualdad tiene, igualmente, un componente estructural vinculado al sistema productivo. Tampoco tiene que ver con el azar que haya sido en los países anglosajones y en los que han sufrido una burbuja inmobiliaria como España donde más han crecido las dispersiones salariales. Esto se debe a la combinación de economías con altísimos niveles de endeudamiento con la generalización de empleos de baja cualificación y por lo tanto de escaso valor añadido. Por el contrario, en los modelos productivos basados en la tecnología y el conocimiento de mayor valor añadido la dispersión salarial es mucho menor. Es decir, que hay un efecto composición para explicar por qué un país es más desigual que otro. Y para evitarlo no hay mejor remedio en lugar de subir impuestos de forma radical que crear modelos productivos basados en el conocimiento.

Como ha demostrado Piketty, la desigualdad es consustancial al capitalismo. Pero congelar su capacidad para crear riqueza sería un suicidio colectivo. Es cierto, sin embargo, que la riqueza engendra riqueza. Como sostiene el economista francés, si la tasa de retorno de los beneficios crece a un ritmo del 5%, el valor del capital invertido se habrá duplicado cada 14 años, mientras que si el PIB crece a una tasas del 2% (una cifra razonable), la economía habrá también duplicado su tamaño, pero después de 35 años.

Eso significa que después de un siglo la riqueza procedente del  capital se habrá duplicado en siete ocasiones (hasta 128 veces respecto de su tamaño inicial), mientras que la economía global -la que afecta a todos los ciudadanos- sería tan sólo ocho veces superior.

Ahora bien, lo más coherente es atacar las causas más perniciosas de la desigualdad (la herencia), pero también sus letales consecuencias: la creciente brecha de capital humano entre quienes tienen conocimiento y quienes no lo poseen. Entre otras cosas porque el capital suele tender a ser ocioso y si se le suben los impuestos más allá de lo razonable, es muy probable que no salga de su ratonera.

Como alguien dijo, no se puede exprimir sangre de una piedra ni aumentar la presión fiscal sobre los avaros. Claro está, salvo que se opte por la confiscación pura y dura, lo que no parece muy democrático. Incluso, menos democrático que el capitalismo.

 

*El corazón invisible. Un romance liberal. Russell Roberts. Antoni Bosch Editor

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