MIENTRAS TANTO

La tragedia griega y la memoria atrofiada de Europa

La nueva Europa, como refleja la crisis griega, se construye sin los referentes que dieron sentido al continente: Monnet, Kohl o Delors. Una hornada de tecnócratas ha secuestrado un proyecto político

Foto: Imagen de una manifestación proeuropea en Atenas esta misma semana. (EFE)
Imagen de una manifestación proeuropea en Atenas esta misma semana. (EFE)

Se trata de una auténtica ironía del destino. Casi a la misma hora en que el presidente Rajoy, con buen criterio, celebraba la concesión a Jacques Delors del título de 'Ciudadano de honor de Europa', los ministros de Economía del Eurogrupo discutían sobre el futuro de Grecia.

Delors (89 años y con una salud muy delicada) es, como se sabe, no sólo un europeísta convencido. Es, sobre todo, el arquitecto de una vieja idea -el euro- que vio la luz no como un proyecto económico, sino, fundamentalmente, de naturaleza política.

Sólo dos líderes europeos han logrado antes que Delors el galardón. El primero, Jean Monnet, aquel viejo bodeguero que nunca tuvo un cargo público, pero que, inspirado por el político socialista francés Aristide Briand (el primero líder de la izquierda que aceptó un cargo ministerial), puso los cimientos de lo que hoy es el proyecto europeo. “No habrá paz en Europa si los Estados se reconstruyen sobre la base de la soberanía nacional”, llegó a decir el inquieto cosechero de coñac, quien en su dilatada trayectoria como activista de la idea de Europa condensa una de las vidas más apasionantes del siglo XX.

El valor del marco

El otro es Helmut Kohl (85 años, también con una salud muy desgastada), quien se enfrentó al Bundesbank, a media Europa y, sobre todo, a la ortodoxia económica con el fin de aprovechar un momento histórico: el colapso de la antigua RDA. Su apuesta por lograr que tras la reunificación un marco valiera lo mismo a ambos lados de la frontera fue despreciada por los de siempre, pero eso explica, en buena medida, el éxito posterior de Alemania, y no sólo las reformas de Schröder.

Delors, Monnet y Kohl no se sientan en el Consejo Europeo, pero ni siquiera su memoria tiene hueco en el cerebro de los tecnócratas que se citan en Bruselas

Delors, Monnet y Kohl, por razones obvias, no se sientan en el Consejo Europeo, pero ni siquiera su memoria tiene hoy un hueco en el cerebro de los tecnócratas que se reúnen en Bruselas, y que observan el proceso de construcción europea como si se tratara de una cuenta de resultados. El Eurogrupo, desgraciadamente, ha sustituido a los jefes de Estado y de Gobierno, y hoy son los ministros de Hacienda quienes marcan la agenda política. No al revés.

Tal vez por eso, merezca la pena leer un lúcido artículo escrito hace unos días por el filósofo Jürgen Habermas (86 años) en el Süddeutsche Zeitung en el que afea la estrategia de Merkel con Grecia, a quien Europa ha convertido en un rehén del endeudamiento. “Son los ciudadanos”, dice Habermas, “y no los bancos quienes deben tener la última palabra en cuestiones existenciales para Europa”.

Habermas representa como pocos la complejidad y la riqueza intelectual de un continente lleno de contradicciones que observa estupefacto el colapso griego como lo hace el espectador que asiste a una pelea de gallos. En este caso, el ganador es quien salte el último antes de que uno de los contendientes caiga al precipicio. Sin duda, un juego macabro provocado por la existencia de una hornada de dirigentes  que parece desconocer lo que decían los padres de la democracia: “La democracia sólo puede alcanzarse en el marco de un sistema de virtudes, y éstas sólo pueden materializarse desde la prudencia”.

Por supuesto que los ciudadanos griegos, y en particular sus élites políticas (los karamanlís y los papandreu), son los principales responsables de lo que ocurre en el país, incluyendo el falseamiento de las cuentas nacionales para entrar en el euro.

La troika, cinco años después de la intervención, ha mostrado su incompetencia para resolver un asunto que afecta directamente a apenas el 2% del continente

No hay que olvidar, sin embargo, que también la troika, cinco años después de la intervención y de imponer su política económica, ha mostrado su incompetencia para resolver un problema que afecta directamente a apenas el 2% del continente. En su lugar, ni el BCE ni la Comisión Europea ni el FMI han tenido arrestos políticos para resolver un problema de sobreendeudamiento evidente que sólo puede resolverse a través de una Conferencia internacional que dé una segunda oportunidad al pueblo griego, como la tuvo Alemania en 1953. Se está hablando de la misma troika que pisó las urnas en la cuna de la democracia con el nombramiento de un primer ministro interino, el tecnócrata Lukás Papademos, cuya responsabilidad en la crisis griega no es irrelevante.

El gran recorte

Los ciudadanos europeos, sin duda, tienen derecho a preguntarse qué hubiera pasado en Europa si en vez de esperar al verano de 2012, cuando Draghi dijo que el BCE haría todo lo que estuviera en su mano para salvar al euro, lo hubiera dicho en 2009, el año de la Gran Recesión. Sin duda, el viejo continente, como EEUU o Reino Unido, se hubiera evitado mucho sufrimiento.

Yanis Varufakis, el impertinente y narcisista ministro de Economía griego, acertó, sin embargo, cuando hace unos días publicó en su blog el dramático llamamiento que hizo en una de las últimas reuniones del Eurogrupo. Varufakis, y conviene recordarlo a quienes dicen que el pueblo griego no ha hecho esfuerzos, simplemente enumeró cinco años de políticas económicas diseñadas por la troika.

-El déficit estructural (el que no tiene en cuenta el momento del ciclo económico) se ha reducido en un 20%, muy por encima de lo que lo ha hecho España y un auténtico récord mundial.

-Los salarios han caído un 37% y la tasa de paro ha escalado hasta el 27%.

-Las pensiones se han reducido hasta en un 48%, mientras que el empleo del sector público ha disminuido un 30%.

-El gasto de las familias se ha reducido en un 33%, lo que explica que el PIB se haya contraído en términos reales un 27%. El PIB nominal (con inflación) siguió cayendo trimestre tras trimestre, lo que explica en parte el ascenso de la deuda.

-La economía sumergida ha crecido hasta el 34%, mientras que la morosidad bancaria supera el 40%.

-La deuda pública acabará este año en el 180% del PIB y, en paralelo, los jóvenes con mayor cualificación abandonan en masa el país. La pobreza, el hambre y las privaciones de energía son frecuentes. Un millón de hogares vive de las pensiones de los jubilados que la troika quiere recortar. Ya no existe inversión productiva.

Una cola de personas aguarda su turno para sacar dinero de un cajero en Atenas. (EFE)
Una cola de personas aguarda su turno para sacar dinero de un cajero en Atenas. (EFE)

Grecia no es, sin embargo, una historia de buenos y malos. Es sobre todo, un problema moral. Y sorprende, en este sentido, que un Gobierno como el español, que con buenos argumentos rechazó en su día el rescate que le exigían los banqueros que ahora clientelarmente le apoyan (por algo será), quiera para el pueblo griego lo que no deseaba para los ciudadanos españoles. Una incongruencia que explica el colapso de Europa como proyecto político.

Y que inevitablemente recuerda a aquella célebre advertencia de Keynes tras la paz de Versalles:

-“Si lo que nos proponemos es que, por lo menos durante una generación Alemania no pueda adquirir siquiera una mediana prosperidad; si creemos que todos nuestros recientes aliados son ángeles puros y todos nuestros recientes enemigos, alemanes, austriacos, húngaros y los demás son hijos del demonio; si deseamos que, año tras año, Alemania sea empobrecida y sus hijos se mueran de hambre y enfermen, y que esté rodeada de enemigos (...) Si tal modo de estimar a las naciones y las relaciones de unas con otras fuera adoptado por las democracias de la Europa occidental, entonces, ¡que el Cielo nos salve a todos! Si nosotros aspiramos deliberadamente al empobrecimiento de la Europa central, la venganza, no dudo en predecirlo, no tardará”. Fin de la cita, que diría Rajoy.

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