Independencia de Cataluña: Confesiones desde Moncloa: Con estos bueyes tenemos que arar

Confesiones desde Moncloa: "Con estos bueyes tenemos que arar"

Cataluña se ha convertido en una guerra de trincheras. Ni se avanza un palmo ni se retrocede un milímetro. La duración del 155 está asegurada durante un largo tiempo

Foto: Esteladas en Alemania. (Reuters)
Esteladas en Alemania. (Reuters)

Lo comentaba hace unos días en privado un miembro del Gobierno muy cercano al presidente Rajoy: "Con estos bueyes tenemos que arar". Se refería al escaso margen de maniobra que hoy tiene el Ejecutivo para encontrar una solución a la cuestión catalana. Emponzoñada y sin visos de ver la luz. Y no solo por la cerrazón independentista.

Cualquier negociación se consideraría una traición a los intereses de España por buena parte de la opinión pública y, al mismo tiempo, seguir cegando toda posibilidad de una salida pactada para encontrar una solución razonable solo conduce a perpetuar el conflicto.

Una especie de guerra de los cien años, con todo lo que ello conlleva: bloqueo político, parálisis institucional, coste económico o deterioro de la imagen de España en el extranjero por la eficaz labor informativa de los independentistas. Al margen del fuerte desgaste político que hoy supone el conflicto catalán para el PP en favor de Ciudadanos, que es quien capitaliza la política de mano dura.

Aunque parezca mentira, la grotesca estrategia soberanista se ha convertido en el mejor aliado de quienes quieren recuperar el Estado centralista

Aunque parezca mentira, la grotesca estrategia soberanista se ha convertido en el mejor aliado de quienes quieren recuperar el Estado centralista. Como ha señalado con acierto el politólogo Pablo Simón, "se ha pasado del 'procés' al 'retrocés'. No solo en Cataluña, sino, también, en el resto de España. Y las desproporcionadas demandas de algunos jueces y fiscales solo preludian el riesgo de un giro autoritario en el sistema judicial al amparo del descontento de muchos ciudadanos con la situación política y con su propia situación personal.

Y que necesariamente hay que vincular a lo que pensadores como Camille Peugny han denominado 'desclasamiento', que se produce cuando el deterioro de las condiciones económicas entre algunos colectivos provoca una pérdida de fe en la política, lo que acaba por alimentar el nacimiento de sociedades menos tolerantes con la diferencia. Y en las que las clases medias tienden a abrazar planteamientos más radicales —hacia la derecha y hacia la izquierda— como vía de escape ante la avería de los ascensores sociales, en particular la educación y el bienestar económico.

Unas veces se abraza el independentismo más anacrónico e insolidario y otras, el españolismo más rancio, como aquel novio de la muerte coreado al unísono por varios ministros impensable en cualquier país europeo, incluidos Polonia o Hungría.

Movimientos pendulares

El populismo europeo se ha nutrido de este deterioro social utilizando la inmigración como chivo expiatorio, mientras que en países como España —donde el populismo ha tomado forma de nacionalismo— el territorio, convenientemente espoleado por las élites, es el caldo de cultivo en el que mejor se desenvuelven los desclasados y quienes se sienten frustrados con el sistema político y económico. Y en este sentido, Cataluña corre el peligro de convertirse en el mejor aliado de una tendencia claramente reaccionaria al que tan acostumbrada está la historia de España, donde los movimientos políticos pendulares forman parte de nuestras señas de identidad, lo que impide cualquier coherencia política y niega una historia común de los españoles.

Manifestantes en Alemania tras la detención de Puigdemont. (EFE)
Manifestantes en Alemania tras la detención de Puigdemont. (EFE)

Es paradójico que hoy muchos de quienes defienden la Constitución recelan y hasta rechazan de forma tajante el sistema autonómico, como si la Carta Marga y la política territorial iniciada en 1978 pudieran disociarse y no formaran parte de un mismo proyecto político. A veces se olvida que el indudable éxito de España como país en los últimos 40 años tiene mucho que ver con el sistema autonómico, que como toda obra humana tiene imperfecciones y errores.

El Gobierno, reconocía la interlocutora, conoce mejor que nadie el estrecho margen de maniobra del que dispone para buscar una salida a Cataluña si no quiere salir escaldado. Pero, al mismo tiempo, se lamentaba de los escasos medios con que cuenta el Estado —más allá del aparato judicial— para combatir la hegemonía nacionalista. El Estado, en el sentido weberiano del término (el uso legítimo de la violencia), es hoy un fantasma al que demasiados catalanes vinculan únicamente con la represión tras haberse dejado arrebatar durante décadas eso que los alemanes llaman 'volksgeist', el espíritu del pueblo.

El Estado, un juguete roto

Apenas media docena de funcionarios desplazados a Barcelona de forma permanente son la punta de lanza del Gobierno 'de Madrid' en el lugar de los hechos, lo que explica la nula capacidad de influencia del Estado sobre buena parte de la sociedad catalana, máxime cuando la ausencia de propuestas políticas es absoluta, lo que convierte al Estado en un juguete roto más allá de la legítima aplicación de la ley.

Esto hace que la posibilidad de articular una alternativa cultural, política y hasta sociológica al separatismo —más allá de la aritmética parlamentaria— sea hoy una fantasía. Entre otras cosas, porque el Partido Popular (PP) y Ciudadanos compiten por el mismo espacio político, lo que influye de forma decisiva en la incapacidad de los constitucionalistas para diseñar una estrategia conjunta, que necesariamente debe partir de un diagnóstico compartido. Mientras que el PSOE y Podemos bastante tienen para poner en orden sus ideas.

El Gobierno se prepara para un conflicto largo en el tiempo, una especie de guerra de trincheras en la que ni se avanza un palmo ni se retrocede un metro

Así las cosas, el Gobierno se prepara para un conflicto largo en el tiempo, una especie de guerra de trincheras en la que ni se avanza un palmo ni se retrocede un metro, lo que significa que es probable que haya artículo 155 para rato. Pero con un evidente colapso político —cada vez más preocupante para los intereses europeos porque inspira el espíritu nacionalista en sus territorios— que será más evidente a medida que comience el ciclo electoral.

Será entonces cuando los partidos constitucionalistas —incluido el PSOE— comiencen a tirarse los trastos a la cabeza con más ahínco, lo que sin duda complicará todavía más una solución para Cataluña, cuya situación ha envenenado toda la vida política. Sin duda, por la irresponsabilidad de los independentistas, pero también por la incomparecencia del Estado. Y cuyo resultado recuerda aquellos que se decía a mediados del siglo XIX, cuando se hizo popular una expresión: 'Esto no lo arregla ni el Conde de España'.

La frase se refería a la figura de Carlos d'Espagnac, un aristócrata de origen francés que por su crueldad y fanatismo ha pasado a la historia universal de la infamia como el Calígula español. Sus repugnantes métodos represivos ejercidos como capitán general de Cataluña desde la ciudadela de Barcelona contra todo lo que oliera a liberal —llegó a prohibir el pelo largo y el uso de bigote porque daban aspecto revolucionario— lo han convertido en uno de los personajes —y ha habido muchos— más detestables que haya conocido esta vieja nación. Beato impenitente hasta el ridículo, presionó para que la Santa Alianza entrara en España a sangre y fuego para aniquilar las ideas liberales. Lo consiguió.

Su protector no fue otro que Fernando VII, que llegó a decir del rancio aristócrata francés: "Estará loco, pero para estas cosas no hay otro". Con comentarios como este no es de extrañar que su fama recorriera la 'piel de toro' como sinónimo de eficacia. De ahí la célebre expresión: "Esto no lo arregla ni el Conde de España".

Mientras Tanto

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