Las confidencias de sangre de Manuel Valls y los vampiros

Las confidencias de sangre de Manuel Valls y los vampiros

"No tengo ni una gota de sangre francesa". Esto dijo hace unas semanas el ex primer ministro galo, Manuel Valls, en una universidad italiana. Ciudadanos estudia que sea su candidato

Foto: Valls junto a Albert Rivera. (Gtres)
Valls junto a Albert Rivera. (Gtres)

Presumía hace unas semanas Manuel Valls en 'Le Monde' de no tener "ni una gota de sangre francesa". El legendario vespertino —símbolo durante décadas de una forma de hacer periodismo intelectualmente laico y comprometido con las ideas republicanas— se refería a unas "confidencias" realizadas por el propio Valls durante una charla con profesores y estudiantes de ciencia política de la universidad Guido Carlo, de Roma.

El uso de la expresión 'confidencias' no fue una licencia del corresponsal de 'Le Monde' en Italia. La crónica recuerda que al encuentro apenas acudieron cincuenta personas, lo que debió animar a Valls a hablar con más libertad de lo habitual. Fruto de ese ambiente relajado, el ex primer ministro francés recordó que su madre, Luisangela Galfetti, nació en la Suiza italiana, mientras que su padre, el pintor Xavier Valls, vio la luz, como el mismo Manuel, en Barcelona. De ahí, la confesión sobre el origen de su sangre, lo que significa que al hipotético candidato de Ciudadanos a la alcaldía de Barcelona se le puede aplicar aquello que decía Max Aub de las querencias geográficas: uno es de donde hace el bachillerato.

Y Valls, como se sabe, ha pasado casi toda vida en Francia, defendiendo desde los 17 años los ideales del Partido Socialista. Valls, por lo tanto, no engaña a nadie sobre su pasado, ni biológico ni político, y es, sin duda, un candidato muy potente para sustituir a Ada Colau al frente del consistorio barcelonés. Otra cosa es saber si, en caso de que no lo consiga, continuará cuatro años como concejal en la oposición. Su candidatura —si al final se produce— es probable que barra definitivamente al Partido Popular (PP) de Cataluña, lo cual es una tragedia para España porque el partido que gobierna en el Estado —aunque las CCAA también lo son— es ya irrelevante en el País Vasco y Cataluña, las dos comunidades con mayores tensiones territoriales.

La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)
La alcaldesa de Barcelona, Ada Colau. (EFE)

La integración de Valls en las listas de Ciudadanos ya se intuía desde hacía meses —y así lo publicó este periódico hacer unos días como probable candidato al parlamento europeo—. Entre otras cosas, porque Albert Rivera aspira a ser el Macron español y nadie mejor que Valls —nada menos que un ex primer ministro— para conectar directamente con el presidente francés, lo cual, dicho sea de paso, le cubre por la izquierda ese escoramiento hacia la derecha que Ciudadanos ha emprendido desde el último Congreso, cuando abandonó la etiqueta de socialdemócrata. Macron necesita aliados y Rivera está volcado en la causa.

Se trata, por lo tanto, de una jugada hábil —y sin duda audaz— por parte del líder de Ciudadanos, pero con indudables riesgos. El primero tiene que ver con la esencia de la democracia.

El desafío de las primarias

Como sucede en el caso de Podemos —donde las familias han pactado el reparto del poder no vaya a ser que las bases digan otra cosa— Ciudadanos incumple el principio de cualquier proceso de primarias, que pasa porque la dirección del partido —al contrario de lo que sucedió en el PSOE con el escandaloso apoyo a Susana Díaz por parte de Javier Fernández y el aparato de Ferraz— no imponga o sugiera un candidato. Y parece poco razonable pensar que alguien de Cs pueda desafiar a Valls —que ya perdió las primeras del Partido Socialista francés a la presidencia de la República— contando el ex primer ministro con el respaldo expreso de Rivera.

Es evidente que cuando un partido encuentra un caladero de votos, como ha sido Cataluña para Cs, carece de incentivos para hallar salidas al conflicto

Más allá de estas cuestiones, lo verdaderamente relevante es, sin embargo, la utilización de la cuestión catalana como un método político para obtener votos. Tanto en Cataluña como en el resto de España, lo cual desincentiva la búsqueda de soluciones.

Es evidente que cuando un partido encuentra un caladero de votos, como ha sido Cataluña para Ciudadanos, carece de incentivos para encontrar salidas al conflicto. Precisamente, porque sabe que el cambio de estrategia penaliza electoralmente. De hecho, el mejor termómetro para medir el respaldo electoral a Ciudadanos es la situación de Cataluña: si el conflicto se encona, más votos para Rivera, si, por el contrario, se encauza, el mensaje de Ciudadanos se diluye. De ahí la importancia estratégica que tiene para Rajoy la más que probable aprobación de los presupuestos del Estado, toda vez que refuerza la estabilidad política y tiende a situar el problema catalán en un segundo plano.

Oler sangre electoral y volcarse en exprimirla es un clásico entre los partidos populistas en Europa, cuya estrategia pasa por explotar los problemas derivados de la inmigración, de la globalización o de la delincuencia —siempre complejos y de difícil solución— para sobrevivir políticamente.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)
El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy. (EFE)

Sin duda, porque alimentar la tensión social —inherente a sociedades complejas— suele dar votos a algunos partidos ante la ausencia de respuesta de los sistemas políticos caducos, incapaces de ver venir los cambios sociales que se están produciendo en Europa. Y que en buena medida explican la crisis de la socialdemocracia, que ha hecho que los electores tengan cada vez menos confianza en la capacidad redistributiva de los poderes públicos a través del Estado de bienestar. Hoy, paradójicamente, se ha extendido la falsa idea de que el sistema público de pensiones va a quebrar, lo que no se corresponde con la realidad, como acertadamente dijo esta semana el presidente de la Autoridad Fiscal José Luis Escrivá. Y eso da alas al populismo.

Las banderas del populismo

El populismo actual, de hecho, se alimenta cada vez más de votos procedentes de la izquierda, antes articulada en torno a la socialdemocracia o los partidos comunistas, lo que explica que los nuevos partidos —entre ellos Ciudadanos— agarren banderas (por ejemplo, Cataluña) para crecer electoralmente. Es decir, si antes el debate político giraba en torno a dos modelos de sociedad formalmente antagónicos, ahora el debate político gira en torno a cuestiones concretas con capacidad para movilizar el voto, como bien saben los nuevos partidos.

Esta utilización grosera del conflicto para ganar votos se observó de forma nítida durante los peores años de la crisis económica. Ciertos partidos, en lugar de cooperar para que la recesión fuera menos intensa y prolongada, y, por lo tanto, su impacto fuera menor, lo que hicieron fue alimentarla. El célebre, cuanto peor mejor que tantas desgracias ha traído a la política española. Y que supone una actividad procíclica, que dicen los economistas, en favor del conflicto y de la no búsqueda de soluciones.

La existencia de candidaturas transnacionales para las elecciones europeas sería una buena señal hacia la integración

El fichaje de Valls por Ciudadanos, en todo caso, encierra algo muy positivo. Como expresó con acierto Macron esta semana en el parlamento europeo, Europa necesita reinventar el concepto de soberanía, que ya no es algo relacionado con las fronteras, sino con los derechos de los ciudadanos. Y la existencia de candidaturas transnacionales para las elecciones europeas sería una buena señal hacia la integración.

Macron, es obvio, lo reclama por su propio interés, toda vez que gobierna a lomos de un movimiento político y carece de partido, pero, en todo, caso lleva mucha razón.

Las candidaturas transnacionales paneuropeas se irán abriendo paso con el tiempo. Y por eso, no hay que perder miedo a integrar en las listas nacionales a candidatos de otros países, porque así se conforma la nacionalidad europea, que en el fondo es lo más determinan para salvar a la UE de tanto populismo, y que en España tiene forma de conflicto territorial, como bien saben los independentistas. Pero una cosa es integrar la política europea —y Valls es un extraordinario candidato— y otra bien distinta hacer oportunismo electoral a costa de Cataluña. ¿O alguien cree que si Valls entra en escena se va a hablar de los problemas locales de los barceloneses?

Mientras Tanto

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