Lo que queda del Brexit: un golpe brutal a la globalización

Gibraltar ha ocultado un asunto más relevante para las empresas españolas, El Reino Unido se constituye como un enorme espacio comercial en medio del Atlántico con reglas propias

Foto: Foto: Reuters.
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Pocos asuntos despiertan mayor interés que la globalización y sus efectos sobre los países avanzados. Para unos, el libre comercio es la principal fuente de riqueza del mundo. Sin libertad en el movimiento de bienes y servicios y, en paralelo, sin el derrumbe de las fronteras físicas, el planeta sería no solo más pobre, sino peor.

Para otros, por el contrario, la globalización es el origen de muchos problemas. El desarme arancelario ha empobrecido a las clases medias, ha ensanchado las desigualdades y, lo que no es menos relevante, ha ayudado a avivar las pasiones identitarias. Hoy, de hecho, lo que une a los neopopulismos en EEUU, Francia, Italia o Reino Unido (todavía no en España) es la idea de avanzar en la recuperación de las soberanías nacionales.

Una tercera vía opina que el problema no es la globalización, sino su deficiente gobernanza, lo que ha hecho poner a los viejos Estados nación a los pies de las grandes corporaciones, cuya capacidad de influir sobre los gobiernos es extraordinaria. Hoy, según la teoría de la llamada hiperglobalización, quienes mandan son las grandes empresas transnacionales que imponen bajos salarios y favorecen el 'dumping' fiscal, con el consiguiente efecto sobre el tamaño del Estado de bienestar, nacido, precisamente, para proteger a los más débiles. El imparable desarrollo de las nuevas tecnologías y una economía fundamentada en las transacciones financieras, que no entienden de barreras nacionales, ha alimentado ese fenómeno y favorecido, sin duda, la concentración de la riqueza.

Existe, sin embargo, un consenso básico. Desde que economistas como Adam Smith y David Ricardo introdujeran hace más de dos siglos el principio de la ventaja comparativa, hay un amplio acuerdo en que el comercio internacional incorpora ganancias sustanciales en los niveles de renta. Fundamentalmente, porque limita el poder de los monopolios nacionales y, por ende, permite mayor eficiencia productiva. Como han puesto de manifiesto muchos economistas*, si dos países son capaces de producir los mismos bienes a distintos precios relativos, todavía es posible obtener ganancias mutuas mediante la especialización productiva y el comercio.

Hay un amplio acuerdo en que el comercio internacional incorpora ganancias sustanciales en los niveles de renta

Esto es, precisamente, lo que está en juego en Bruselas. Más allá del asunto de Gibraltar —una verdadera nimiedad respecto de lo que se ventila este fin de semana en la Unión Europea—, lo relevante es el papel que el nuevo Reino Unido de la era post-Brexit tendrá en el mundo. Y nada indica que el asunto se pueda cerrar. Ni en esta cumbre ni en las siguientes.

Un paraíso fiscal

El acuerdo firmado sobre las relaciones futuras de las dos partes —no sobre el divorcio— es de carácter político, no jurídico, y no resuelve el riesgo real de que el Reino Unido se convierta en un inmenso 'duty free', un espacio libre de impuestos o de baja tributación, situado en medio del Atlántico (a la manera de Irlanda) que canalice la entrada de mercancías hacia el continente o, incluso, una gigantesca plataforma especializada en atraer inversiones para compensar los efectos negativos del Brexit.

Es una evidencia que la capacidad de supervivencia del Reino Unido es casi infinita, y, de hecho, ni siquiera se han cumplido las dramáticas previsiones que hicieron muchos servicios de estudios (y el propio Banco de Inglaterra) sobre las consecuencias económicas del Brexit. Sin duda, porque no se puede reemplazar algo con nada, y dos años después del Brexit, el comercio entre ambos territorios ha seguido funcionando con total normalidad.

Es verdad que el compromiso político pretende garantizar una unión aduanera durante el periodo transitorio para que no se produzca competencia desleal introduciendo en el continente bienes producidos con estándares de calidad más bajos o con ayudas públicas de las que carecen las empresas de la Unión Europea. Y, de hecho, Londres, en teoría, no podrá acordar un nuevo marco de relaciones comerciales con otros territorios, como han pretendido los halcones del Brexit, que hubieran preferido pactos bilaterales —en particular EEUU— a los de carácter multilateral.

Pero también es verdad que el cambio más real y efectivo a partir del acuerdo es, sin embargo, que el tribunal de justicia de la UE ya no tendrá jurisdicción sobre las leyes británicas, lo que significa, lisa y llanamente, que las empresas españolas tendrán que someterse, como es lógico, a la jurisdicción de las islas, cuya legislación no tiene por qué coincidir con la comunitaria y tenderá, como es lógico, a proteger la producción nacional. Desde luego, no de la misma manera que en el periodo de guerra, cuando una escalada proteccionista acabó por deprimir más la economía.

Una vez que el UK salga de la UE sus incentivos para convertirse en una jurisdicción de bajos impuestos serán mayores

Como han puesto de relieve algunos estudios, una vez que el Reino Unido salga de la Unión, y gracias a su recuperada soberanía regulatoria, sus incentivos para convertirse en una jurisdicción de bajos impuestos —la estrategia irlandesa al por mayor— serán mayores. Por ello, lo relevante de este fin de semana, como han puesto de manifiesto Llaudes, Molina, Otero-Iglesias y Steinberg, en el instituto Elcano, es que la Unión Europea sea capaz de exigir algún tipo de compromiso mayor con el cumplimiento de estándares de calidad en la declaración final, incluso algún tipo de sanción si estos no se cumplieran, y dejar claro que si el Reino Unido realiza dumping la UE tomará las acciones que estime oportunas para mitigar esa competencia desleal favorecida por una legislación 'ad hoc'.

Gibraltar y la soberanía

No es un asunto menor para nuestro país. España vendió el año pasado al Reino Unido —quinto socio comercial— bienes por valor de más de 18.950 millones, con un imponente superávit comercial (fundamentalmente automóviles y productos agroalimentarios) de algo más de 7.500 millones, lo que significa que, si Reino Unido (el 7% de las ventas totales en el exterior) encuentra nuevos proveedores, mediante acuerdos comerciales con terceros países, las empresas españolas lo pasarán mal. En particular, aquellas más dependientes del mercado británico por ausencia de diversificación geográfica.

Se trata, desde luego, hoy por hoy, de un asunto bastante más transcendente que el de Gibraltar, que ha monopolizado la atención del Gobierno Sánchez, y que una vez más, como ocurre desde los tiempos de Martín-Artajo, se ha convertido en el símbolo de la soberanía nacional. Y que necesariamente recuerda a la célebre manifestación de los estudiantes del SEU ante la embajada británica en Madrid, cuando el embajador inglés, ante el ofrecimiento del ministro de la Gobernación, Blas Pérez, de enviarle más policías para proteger la legación diplomática, le respondió: "No necesito más guardias; lo que tiene que hacer es envíame menos estudiantes".

Es precisamente por eso, por lo que el asunto del Brexit, y al contrario de lo que suele creerse, no es un asunto interno de los británicos. Es una piedra de toque en el proceso de globalización, toda vez que es la primera vez desde 1945 en que un portaviones —no una economía pequeña— se desplaza hacia un terreno desconocido al margen de sistema económico, lo que le hace ser un país más atractivo respecto de la inversión extranjera. Y si el experimento sale bien, es probable que muchos otros gobiernos vean que ahí está la solución.

Algunos países europeos ya están en la pista de salida, y de ahí la importancia de lo que está en juego en Bruselas. Otros gobiernos, con los mismos argumentos que el británico, pueden pensar que el mejor camino para salir del atolladero de bajo crecimiento en que se mueve Europa es alcanzar un acuerdo como el del Reino Unido, que ofrece recuperar soberanía (nunca hay que despreciar los sentimientos identitarios) y, al mismo tiempo, el acceso a un mercado de considerables dimensiones. El Brexit puede llegar a ser, de hecho, una enfermedad contagiosa. Ese ese es el verdadero problema. La salida del Reino Unido ha demostrado que la construcción europea ya no es irreversible.

*José Antonio Martínez Serrano. Comercio internacional y prosperidad económica. Funcas.

Mientras Tanto

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