No es un virus, es una desgracia económica

El virus avanza. Y con él, el deterioro de algunos indicadores económicos. Los dos canales principales son el turismo y el automóvil. Pero lo peor es que puede arrastrar la confianza

Foto: Foto: EFE.
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Para hacerse una idea de lo que significa para la economía española la crisis del coronavirus, solo hay que observar el peso que tienen en la actividad dos de los sectores más vulnerables a la extensión del virus: el turismo y el automóvil. El primero supone nada menos que el 12,3% del PIB, pero es que el segundo representa otro 8,6% del producto interior bruto, aunque si se incluye la contribución de los sectores relacionados con el automóvil (seguros, financieras o distribución), se estaría hablando de alrededor de un 10%.

No es un virus, es una desgracia económica

Eso quiere decir que entre ambos sectores suman más de un 22% de la riqueza generada por España en un año, lo que da idea de su relevancia. No en vano, más de la quinta parte del empleo (el 21,7%) tiene que ver con el turismo o con la industria del automóvil, que, además, cumplen un papel esencial en el equilibrio de las grandes variables macroeconómicas.

Mientras que la entrada de visitantes (83,7 millones en 2019) mejora la balanza de servicios y hace posible que España mantenga una saneada balanza de pagos —capacidad de financiación con el resto del mundo frente a la existencia de déficits crónicos que han obligado a hacer en el pasado múltiples devaluaciones—, el automóvil ocupa un papel fundamental en las exportaciones. Tan solo en 2018 se exportaron 2,30 millones de vehículos, lo que ha permitido compensar los pobres datos cosechados en las ventas interiores.

Las cifras turísticas son, igualmente, algo más que significativas. Teniendo en cuenta que el gasto medio por turista se sitúa en 1.155 euros (enero de 2020), eso significa que un descenso del 5% supondría una merma de ingresos de algo más de 4.800 millones de euros.

En el caso del automóvil, hay que tener en cuenta que más de la mitad de los vehículos fabricados en España se vende en el exterior, lo que refleja hasta qué punto es relevante lo que sucede más allá de las fronteras. Sin contar el efecto que tiene para las fábricas la ralentización o, incluso, paralización de las cadenas de suministro, lo que afecta negativamente a los procesos de producción. En particular, obviamente, las actividades más dependientes de las importaciones, necesarias para fabricar productos que finalmente adquiere el consumidor. Y que, en el caso español, afectan sobremanera al material relacionado con la informática, a los productos farmacéuticos y a la maquinaria de precisión, con un contenido en insumos importados superior al 50% del total producido, según Funcas.

Y ocurre que, como ha puesto de relieve el último informe del PMI manufacturero español, ya es un hecho que los plazos medios de entrega de componentes se han alargado en el conjunto de la industria al ritmo más intenso en 15 meses, lo que refleja la perturbación de las cadenas de suministro mundiales después del cierre prolongado de las fábricas en China.

Efecto calendario

Esta situación es la que ha obligado a las empresas a tirar de sus 'stocks' en aras de garantizar que las líneas de producción sigan funcionando sin problemas en febrero, algo que puede explicar que los datos de empleo del mes pasado no hayan sido tan adversos. La afiliación en la industria manufacturera, en concreto, creció en 10.001 nuevos afiliados en febrero, lo que supone un avance del 0,5%, ligeramente por encima de la media del resto de actividades.

Ahora bien, hay que tener en cuenta que los datos de afiliación de febrero están muy condicionados por el calendario. Y no solo porque 2020 sea año bisiesto y haya tenido, por lo tanto, un día más, sino porque el último día del mes cayó en sábado, por lo que muchos despidos o finalizaciones de contrato se observarán estadísticamente (la afiliación es un mero registro administrativo) en marzo.

El año pasado, el último día de febrero cayó en jueves, y ese día la Seguridad Social contabilizó 104.213 afiliados menos, y algo parecido sucedió en 2018 (99.196 cotizantes menos). En 2020, por el contrario, el 28 de febrero, viernes, que no fue el último día del mes, el número de bajas laborales fue de apenas 27.045, muy por debajo de la serie histórica, lo que sugiere que ese empleo destruido aflorará en marzo.

Más allá de los datos coyunturales, lo relevante, sin embargo, es que el impacto económico del coronavirus dependerá de su duración. Y hoy todavía existen muchas incertidumbres sobre la capacidad de las autoridades chinas de encontrar una vacuna eficaz, lo que explica que el propio Xi Jimping, en una señal de debilidad para un país que se vanagloria de su potencia económica y de su eficacia a la hora de resolver los problemas, haya reclamado mayor cooperación internacional.

La experiencia de anteriores episodios similares, como los ataques del 11-S o el SARS de 2003, muestra que habrá que esperar, al menos, entre dos y tres meses para una normalización de las relaciones comerciales y del flujo de turistas (más de 1.100 millones cada año en el conjunto del planeta).

Margen temporal

En favor de España se encuentra el hecho de que ahora es temporada baja en la mayoría de las instalaciones turísticas, y que la Semana Santa no llegará hasta la segunda semana de abril, lo que ha dado un cierto margen temporal. Pero no hay que olvidar que el contexto exterior es clave. Y hay pocas dudas de que si la Reserva Federal ha decidido recortar en medio punto los tipos de interés de referencia (hasta situarlos en un rango situado entre el 1% y el 1,25%) con una economía que crece en torno al 2% y con pleno empleo, es que algo ha visto. Y no, precisamente, en la buena dirección.

Los indicadores de coyuntura, tanto en Europa como en España, aún no recogen el impacto del coronavirus en el sentimiento de los agentes económicos, que a fin de cuentas serán los que marquen el futuro más inmediato. Si los consumidores se retraen más de lo que pudiera considerarse razonable, como sucedió en la Gran Recesión, el deterioro de la actividad puede ser intenso.

Y es que España es cada vez más vulnerable a lo que sucede fuera. Paradójicamente, por una buena noticia: la apertura de la economía al exterior, que se aceleró en los últimos años para salir de la crisis. La suma de las exportaciones e importaciones de bienes y servicios representa ya nada menos que el 67,5% del PIB, lo que significa que si el mundo estornuda, España puede coger una pulmonía. Por el momento, el comunicado del G-7 filtrado este martes apenas se compromete a estar “listos para actuar”, pero sin concretar las medidas de estímulo que puede necesitar la economía global. Ha tenido que ser la Reserva Federal, nuevamente, quien dé la voz de alarma (bajando bruscamente los tipos) de que algo no va bien. De que el virus ha contagiado a la economía.

Entre otras razones, porque entre las consecuencias que ha traído el Covid-19 se encuentra una intensa caída de los precios del petróleo que arrastra a los países productores, algunos de ellos embarcados en intensos procesos de inversión, lo que, a su vez, perjudica a empresas occidentales, que son las que construyen cuantiosas infraestructuras. El virus económico manifiesta ya su peor cara.

Mientras Tanto
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