La cultura, ese invento que desprecia el Gobierno

Las guerras culturales son guerras de propaganda. Al Gobierno debería preocuparle la escasa atención que presta a la cultura. Las colas del hambre se llenan de creadores

Foto: Imagen de tres bailarines en el escenario. (Pixabay)
Imagen de tres bailarines en el escenario. (Pixabay)
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Fue Jorge Semprún quien exclamó en una ocasión, antes de ser ministro de Felipe González: "Los socialistas oyen hablar de cultura y se echan mano a la cartera". Semprún parafraseaba el célebre esputo de Goebbels, quien habría dicho: "Cada vez que oigo la palabra cultura amartillo la pistola".

Por esas fechas, mitad de los años 80, Rafael Sánchez Ferlosio terció en el debate y en un divertido artículo publicado en 'El País', que tituló "La cultura, ese invento del Gobierno", denunció la utilización grosera de la cultura por los políticos y sus allegados.

Ferlosio había recibido una invitación para escribir "dos-tres folios" sobre lo que quisiera, lo importante era la firma, para el catálogo de una exposición de abanicos gigantes traídos desde China. Por ello cobraría 50.000 pesetas. La exposición consistía en que algunos pintores famosos hicieran lo que les diera la gana con los abanicos orientales: pintarlos, embadurnarlos o, simplemente, destruirlos. A Ferlosio le escandalizó la idea, y no solo porque los pintores no sintieran respeto intelectual por su propia obra al participar en tamaña estupidez, sino por el despilfarro que suponía la exposición para el contribuyente.

Su preocupación también tenía que ver con la utilización bastarda de los artistas y de los intelectuales por parte de los políticos

Pero su preocupación también tenía que ver con la utilización bastarda de los artistas y de los intelectuales por parte de los políticos (en aquella época barrían los socialistas) solo para aparentar su inquietud por la cultura.

"Es como para sospechar si no habrá alguna especie de instinto subliminal", escribió Ferlosio, "que incita a reducir a los intelectuales a la condición de borrachines de cóctel, borrachines honoríficos de consumición pagada, para dar lustre a los actos con el hueco sonido de sus nombres, a fin de que se cumpla enteramente la clarividente profecía del chotis: "En Chicote un agasajo postinero / con la crema de la intelectualidad".

Cultura y civismo

La pandemia está dejando muchas víctimas en el camino, pero ya hay pocas dudas de que una de las heridas más profundas tiene que ver con el mundo de la cultura, dejado de la mano de Dios y de los hombres por este Gobierno, aunque también por los anteriores. Y que alcanzó la estulticia supina cuando el ministro del ramo, el clandestino Rodríguez Uribes, dijo en medio del confinamiento, en este caso parafraseando a Orson Welles, "primero la vida y después el cine", como si la cultura fuera un estorbo, cuando la cultura, que es la esencia del civismo, es, precisamente, la mejor herramienta para acabar con el virus, además de, obviamente, el conocimiento científico y los medios económicos.

El exabrupto fue tan mayúsculo que inspiró una huelga imaginaria de los artistas y creadores en lo más hondo de la pandemia. Juan Echanove llegó a colgar un video demoledor contra un "ministro paracaidista", como dijo el actor, que no entendía nada del sector, pero que hacía buenos a algunos de sus antecesores, más preocupados por aparecer rodeados de famosos (sobre todo en periodo electoral) que de la cultura en el sentido profundo del término, que tiene que ver con la libertad individual en el hecho de la creación.

Hay pocas dudas de que una de las heridas más profundas es la del mundo de la cultura, dejado de la mano de Dios y del Gobierno

La respuesta del Gobierno Sánchez fueron 76,5 millones de euros en forma de Real Decreto-ley que son un auténtico insulto a la inteligencia. Sobre todo, si se tiene en cuenta que este país se va a endeudar este año en más de 130.000 millones de euros.

Se está hablando de un sector que representa, según la cuenta satélite de la cultura, el 2,4% del PIB. O, lo que es lo mismo, 27.728 millones de euros, aunque si se incorpora el conjunto de las actividades económicas vinculadas con la propiedad intelectual el peso de la cultura en el PIB llega al 3,2%. Es decir, prácticamente lo mismo que la agricultura, ganadería y pesca. Algo más de 700.000 personas trabajan en la industria de la cultura.

Polarización política

Su peso, en todo caso, no ha dejado de caer en los últimos años y hoy la cultura representa respecto del PIB menos que en 2010, habiéndose registrado por medio una fuerte recuperación económica, lo que da idea del desprecio de este país por la cultura en la última década. Precisamente, cuando lo que se está produciendo en el mundo, de la mano de los distintos populismos, es una guerra cultural que amenaza a la propia democracia, y que tiene en la polarización política su instrumento más útil. Ellos o nosotros. Los de arriba o los de abajo. La España y la anti-España.

En definitiva, una forma de llevar la política, que es el arte de lo posible, al terreno de lo simbólico mediante vulgar propaganda, que es, en realidad, como habría que llamar a las guerras culturales, guerras de propaganda. Al fin y al cabo, como suele decirse, si todo es cultura nada es cultura. Si hace dos siglos el control de los medios de producción era la clave del capitalismo industrial, las fábricas eran el escenario en el que se agitaba la lucha de clases, hoy el teatro de operaciones se ha trasladado a los grandes emisores culturales, lo que explica que los poderes públicos no puedan desatenderse.

Su peso, en todo caso, no ha dejado de caer en los últimos años y hoy la cultura representa respecto del PIB menos que en 2010

Parece obvio que un país que desprecia la cultura o que, simplemente, la instrumentaliza con fines políticos, está condenado a la irrelevancia. Máxime cuando en plena transición digital los sectores afectados juegan en inferioridad de condiciones frente a rivales de mayor musculatura financiera que operan sin barreras de entrada, y que, literalmente, están colonizando países hasta hacerlos culturalmente uniformes debido a la ausencia de regulación, lo que permitiría por ejemplo, disponer de plataformas abiertas.

La homogeneización cultural, convirtiéndola en un simple producto estandarizado es, precisamente, lo contrario a la cultura, y es lo que sucede, principalmente, en la industria global del entretenimiento, que aboca a las culturas nacionales a la irrelevancia. Y que recuerda, necesariamente, a aquella conversación prodigiosa entre Oskar Werner, el bombero que quemaba libros, y Julie Christie, la joven activista, en 'Fahrenheit 451':

—¿Ha leído usted alguno de los libros que quema?

—Por qué habría que hacerlo. Primero, no me interesan; segundo, tengo otras cosas que hacer y tercero, está prohibido.

—¿Es usted feliz?

—Naturalmente que soy feliz.

Se ha prestado, con razón, mucha atención al regreso a la normalidad de la educación, que es la base sobre la que se asienta un país, pero resulta paradójico la escasa preocupación de los poderes públicos porque decenas de miles de trabajadores de la cultura estén hoy más cerca de la indigencia y de las colas del hambre que de los escenarios o de las galerías de arte. Sin que este Gobierno, que ha mercantilizado la 'marca España', como lo hizo el anterior, haya planteado una respuesta integral más allá de tirar de chequera, magra en esta ocasión, para evitar que la nueva normalidad se convierta en cines a medio funcionar, salas de concierto en silencio, teatros muertos, museos en la oscuridad o galerías de arte fantasmagóricas.

Propaganda grosera

La instrumentalización grosera de la cultura o, incluso, su institucionalización, por razones electorales, no es nueva, y, de hecho, muchos artistas y creadores han colaborado mansamente a ello acudiendo de forma solícita a la llamada de la Moncloa, pero hacerlo ahora es más que nunca una aberración.

No en vano, como han demostrado muchos estudios ya desde la lejana Escuela de Fráncfort, el orden social está fuertemente determinado por la cultura hegemónica, que no es neutral ni en términos políticos ni en términos de distribución de la renta, sino que impone determinadas condiciones de vida y, lo que es más importante, ciertas conductas sociales.

No hay que olvidar que la cultura influye en algo tan cotidiano como la construcción de las ciudades, la sostenibilidad medioambiental, la división y el tiempo de trabajo y, por supuesto, la tolerancia, que es el gran patrimonio de la civilización. Y la cultura uniformizada por la inacción de las políticas públicas, mediante la manipulación de conciencias, no es más que un instrumento de creación de mentalidades sumisas.

La instrumentalización grosera de la cultura no es nueva, y, de hecho, muchos artistas han acudido a la llamada de la Moncloa

La corrupción, el desprecio por las instituciones, la xenofobia, la propaganda maliciosa, el sectarismo y hasta el pensamiento autoritario nacen, precisamente, de la alienación cultural, que predispone a la vuelta a las cavernas. O, al menos, al periodo anterior a la Ilustración, que es la edad de la razón y de las luces. Una especie de derrota del pensamiento, en palabras de Finkielkraut.

La doble dimensión de la cultura, como actividad económica y como espacio de creación, conecta necesariamente con la libertad, y por eso son necesarias las políticas públicas. Desde luego, más ambiciosas que las actuales y, también desde luego, alejadas de esas montañas de propaganda barata que a menudo salen de la fábrica de la Moncloa.

Si algo ha demostrado en las tres últimas décadas, desde la caída del muro, es que la cultura es más necesaria que nunca para modular el avance de la economía financiera, basada en la impresión de dinero en cantidades descomunales, y de la globalización, que gracias al progreso tecnológico crean una falsa imagen de comunidad en torno a las redes sociales o, incluso, las series, que estandarizan los comportamientos. Y mentalidades sumisas, ya se sabe, solo conducen a la catástrofe.

Mientras Tanto
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