Solidarios con los ricos, despiadados con los pobres: así perdimos una guerra cultural

No tengo nada contra los ricos. Pero sí creo que la responsabilidad del millonario es mayor que la del pobre. El dinero significa poder, y el poder requiere entereza moral

Foto: Imagen de Wilfried Pohnke en Pixabay.
Imagen de Wilfried Pohnke en Pixabay.

El neoliberalismo trajo la destrucción del capitalismo compasivo de la era New Deal, sustituido por otro capitalismo depredador de clases medias, pero sobre todo una revolución cultural, victoriosa desde el nacimiento. Bajo esa nueva óptica, en el nuevo clima de opinión, empezamos a ver como algo natural que los programas económicos de los partidos políticos fueran redactados bajo la supervisión de los 'lobbies'. Y nos acostumbramos también a que millones de mindundis, sin más suelo donde caerse muertos que el espejismo de los créditos, se transformaran en adoradores de la élite. Todavía hoy, me parece prodigioso oír al pienso defendiendo a los perros.

El trabajador precario que idolatra a los millonarios y desconfía de otros trabajadores precarios es como la víctima del síndrome de Estocolmo. El fenómeno se sustenta en la creencia, inoculada por una propaganda persistente, de que solo defendiendo la codicia del accionista puede mantenerse una empresa funcionando. Lo contrario, es decir, la defensa de los trabajadores en detrimento de la codicia sin límites de unos pocos, desembocará en paro, corrupción y en premios para los vagos, que según el nuevo populismo tienen un color de piel más oscuro.

La revolución cultural de finales de los ochenta ha creado una religión pagana que se rige por la promesa de entrada en el reino de los cielos a quien ponga en práctica rezos como la psicología positiva y consiga desarrollar al máximo su potencial. Los seres celestes son los emprendedores y los empresarios, y por encima de ellos orbitan los financieros con sus alas desplegadas: seres intocables que visten de Prada y consultan las acciones en su reloj inteligente, a medio camino entre el humano y el dios, flotando fuera del mundo.

El dogma se construyó poco a poco con relatos míticos como el de Steve Jobs. El pedante diseñador de teléfonos es a la construcción del mito neoliberal lo que el 'Cantar de mio Cid' a la construcción nacional española. El mercenario de moda empezó en un garaje, fracasó muchas veces y se coronó en la cima de la humanidad justo cuando el cáncer devoraba sus intestinos. Como en el mito del Cid, Jobs siguió cabalgando después de muerto. Es un santo con jersey de cuello vuelto para una época que necesita nuevos iconos cuando viene la calamidad.

Reza el salmo que quien tiene más que tú ha hecho las cosas mejor que tú, como si la suerte, las herencias o las familias con contactos no existieran, y que además aporta cosas mejores que nadie a la sociedad. La coartada perfecta para que, desde finales de los ochenta, los impuestos que garantizaban la solidaridad de las grandes fortunas hayan caído a la misma velocidad que aumentaba la desigualdad. El dogma de que los ricos deben ser protegidos de la codicia del Estado está hoy más asentado que nunca entre los que no cataremos un gramo del pastel.

El dogma de que los ricos deben ser protegidos de la codicia del Estado está hoy más asentado que nunca entre los que no cataremos el pastel

En fin. A quien esté a punto de llamarme bolchevique, le diré que no tengo nada contra los ricos y tampoco contra los empresarios. No me mueve un espíritu revolucionario, y he leído suficiente sobre la historia de la Unión Soviética como para desconfiar del poder centralizado. Pero sí creo que la responsabilidad del millonario es mayor que la del pobre. El dinero significa poder, y el poder requiere entereza moral. Un empresario de éxito solo puede mostrar su compromiso con el país donde ha conseguido hacer fortuna pagando impuestos y tratando bien a su plantilla.

Sin embargo, cuando un político dice lo mismo que yo con propuestas concretas, se le llama rojo o comunista y se le acusa de promover el apocalipsis. El credo neoliberal ha inventado una falacia semejante a la 'reductio ad hitlerum' que voy a llamar 'reductio ad comunismum', y de ahí que las propuestas de Piketty se reciban con gritos de herejía por un montón de personas supuestamente serias y relajadas. Millones de pringados, seducidos por el 'glamour' y la distinción ajenos, equiparan en sus cabezas el pago de impuestos de los ricos con el robo a mano armada.

Lo que dice Piketty es que la supervivencia de la democracia liberal en el siglo XXI, en sociedades envejecidas y supuestamente liberadas del trabajo por la tecnología y la globalización, va a necesitar grandes impuestos. No es, ni más ni menos, que un regreso a la óptica de tiempos pasados, más gravosos para el millonario y más esperanzadores para la clase media y trabajadora. Es decir: un enfoque previo al neoliberalismo, como explica el exsecretario de Trabajo de Clinton Robert Reich en su libro 'Saving Capitalism'.

La batería de dardos del argumentario neoliberal cuando un alma cándida habla de subir impuestos a los ricos pasa por alertar de que, en ese caso, los millonarios se llevarán sus fortunas a paraísos fiscales y colocarán sus empresas en países que los traten mejor. Es llamativo cómo se disculpa a los ricos lo que sería una inmoralidad en cualquier otro contexto, especialmente cuando los que hablan así son, muchas veces, quienes más se beneficiarían del derribo del mito neoliberal.

El caso es que, mientras la desigualdad siga aumentando a este ritmo, las amenazas extremistas para la democracia liberal no dejarán de intensificarse. Por fortuna, empiezan a proliferar reflexiones de economistas que apuntan en esta dirección: buena parte escritas, por cierto, por liberales liberados del credo panglossiano de que vivimos en el mejor de los mundos posibles. Lamentablemente, la economía real va, metida en las mochilas de Glovo, exactamente en la otra dirección.

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