El nuevo capitalismo clientelar que convierte a los ciudadanos en súbditos
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Carlos Sánchez

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El nuevo capitalismo clientelar que convierte a los ciudadanos en súbditos

El capitalismo financiero está mutando hacia un sistema clientelar. Millones y millones de personas dependen para su supervivencia del poder político. La democracia está amenazada

placeholder Foto: Un repartidor circula en bicicleta. (EFE)
Un repartidor circula en bicicleta. (EFE)

No está muy claro el origen exacto del término ‘conservadurismo compasivo’. Hay quien lo sitúa a finales de los años setenta, cuando el mundo desarrollado, tras dos devastadores choques petrolíferos, cayó atrapado en medio de una espiral de inflación y estancamiento económico que elevó de forma dramática el desempleo.

Aquella crisis, como se sabe, alumbró un nuevo orden conservador y sacudió viejas ideas consideradas hasta entonces sagradas. En particular, la activa presencia del Estado en sectores clave de la economía —energía, telecomunicaciones, banca o siderurgia— o el papel hegemónico de los sindicatos como mediadores del conflicto social. Términos como desregulación, liberalizaciones, privatizaciones o deslocalizaciones industriales comenzaron a ser moneda de uso corriente.

Fue, sin embargo, George W. Bush quien popularizó el término en su primera campaña presidencial. El propio expresidente estadounidense ha revelado que, cuando lanzó la idea, Bill Clinton lo llamó por teléfono y le dijo: "He hablado con Al Gore [su rival electoral] y le he dicho que tenía un problema"; al fin y al cabo, aseguró, "ser compasivo no cuesta un centavo".

"He hablado con Al Gore y le he dicho que tenía un problema"; al fin y al cabo, aseguró, "ser compasivo no cuesta un centavo"

La filosofía del 'conservadurismo compasivo', con una raíz profundamente paternalista y, en cierta medida, cargada de moralismo trasnochado, era muy simple: ayudar a las personas expulsadas del sistema por la aplicación de determinadas políticas económicas, pero sin atacar las causas de fondo que dan origen al problema. Los beneficiados, en teoría, iban a ser los obreros empobrecidos por las reconversiones industriales o los inmigrantes atrapados en el bucle de la miseria convertidos en el auténtico ejército de reserva del nuevo capitalismo financiero.

El conservadurismo compasivo también buscaba ayudar a los hogares monoparentales, la mayoría mujeres; y, en paralelo, dignificar con nuevos recursos a una escuela pública que en los años ochenta y noventa —en plena revolución conservadora— había sido devorada por el ensanchamiento de la desigualdad y que ya no favorecía la igualdad de oportunidades.

El 'precariado'

Ya hay pocas dudas de que esa renovación del capitalismo desde dentro ha fracasado. Como acaba de poner de relieve un duro editorial del 'Financial Times', similar al que hizo algún tiempo 'The Economist' con motivo de su 175 aniversario (ambas publicaciones nada sospechosas de disparar contra el libre mercado), ya antes de la pandemia, el mundo ‘rico’ había dado carta de naturaleza a eso que se conoce como 'precariado'.

O, lo que es lo mismo, a la existencia de millones de personas en el mundo más avanzado que viven a lo largo de su vida en el alambre, incluso poseyendo un trabajo remunerado, y cuyos salarios no son suficientes para alcanzar unas condiciones de vida dignas, lo que hace que su futuro dependa de las prestaciones públicas para no ser desahuciados de sus casas o de que el Estado les pague la luz o, incluso, el agua. Además de una pensión no contributiva o un salario de supervivencia.

Hoy, de hecho, un número importante de trabajadores entran y salen del mercado laboral con una enorme facilidad, mientras que el resto de sus colegas disfruta de mejores condiciones de vida que, sin embargo, se van amortizando a medida que los trabajadores de mayor edad se van jubilando. Algo que, en definitiva, solo revela la fragilidad del sistema económico y lo vulnerable que es el mundo ‘rico’ ante ciertos episodios traumáticos, cada vez más frecuentes.

Foto: Como circular sobre suelo resbaladizo. (iStock)

La crisis vinculada a la pandemia, como se sabe, no ha hecho más que acelerar esta tendencia. El número de personas que dependen de los poderes públicos es creciente, y hoy el BOE o la imponente legislación autonómica o municipal se han convertido en referencias obligadas en el quehacer diario, lo que supone una nueva dimensión de la democracia o, al menos, una revisión en profundidad de algunos paradigmas históricos en sociedades liberales.

Se trata de una nueva realidad que atrapa no solo a los trabajadores pobres, probablemente la expresión que mejor representa la derrota del pensamiento dominante durante las últimas cuatro décadas, sino también a grandes corporaciones o, incluso, pequeños empresarios y autónomos que hoy dependen de la producción legislativa del Gobierno de turno, como se acredita de forma palmaria en el real decreto-ley publicado el pasado 31 de diciembre, y que es la expresión jurídico-formal de una nueva correlación de fuerzas en la que se margina, de forma consciente, al Parlamento en la toma de decisiones, concentrando todo el poder en el Ejecutivo.

Esta acumulación del poder en torno al BOE no es nueva, como conocen mejor que nadie los grupos de presión. Ni siquiera es una sorpresa

Esta acumulación del poder en torno al BOE no es nueva, como conocen mejor que nadie los grupos de presión. Ni siquiera es una sorpresa. Pero es inédita en cuanto a su tamaño, intensidad y capacidad de influencia sobre los resultados electorales. Por eso, es importante.

Nunca antes un Gobierno había acumulado tanto poder en sus manos. Probablemente, porque hoy los gobiernos, no solo el español, son meros comercializadores de los ingentes recursos que ponen los bancos centrales a su disposición, toda vez que el sistema fiscal no es suficiente para financiar el gasto que reclaman los ciudadanos, lo que explica que su capacidad de influencia sobre la economía real sea más determinante que en el pasado. Ya antes de la pandemia, los niveles de endeudamiento en las economías avanzadas eran los más elevados desde 1945 y desde entonces no han dejado de crecer.

Un desafío

Es evidente que, en las actuales circunstancias, el Estado no puede mirar hacia otro lado. Ni desde una posición ética ni, por supuesto, desde la propia eficiencia económica; pero tampoco hay que obviar que se trata de un auténtico desafío para las democracias, que corren el riesgo de derivar en sistemas clientelares basados en la reciprocidad mutua.

Es decir, se vota en función de intereses particulares y no de los generales, lo cual supone una jibarización de la propia democracia, que se basa, precisamente, en la articulación de mecanismo de solidaridad interna en aras de favorecer la cohesión social. Algo que explica que las democracias más avanzadas siempre hayan dispuesto de sistemas fiscales progresivos. Precisamente, porque no solo hay que redistribuir desde el lado de los gastos, sino también desde los ingresos.

Sirva como ejemplo lo que está pasando en EEUU. El propio Trump, paradójicamente, se ha alineado con los demócratas para extender un cheque de 2.000 dólares a cada estadounidense, pero ha sido el líder de los republicanos en el Senado, Mitch McConnell, quien lo rechaza por el momento, lo que da idea de la mutación interna que sufre el capitalismo, más clientelar que nunca, respecto del que imperó en décadas pasadas, y que deja al conservadurismo compasivo en una mera anécdota.

Una sociedad emancipada

Es obvio que las circunstancias económicas derivadas de la pandemia lo han cambiado todo, pero parece evidente que después de cada crisis, y los ciclos económicos se están acortando de una forma dramática, emergen profundas cicatrices que durante los tiempos de bonanza no se veían. O, incluso, no se querían observar. Y cuya existencia, negada de forma deliberada tras la propaganda oficial, tiene que ver con un problema de naturaleza estructural que va mucho más allá que un cambio de ciclo económico, forzado o no, y que revela fallos ajenos a la pandemia. Fallos que, necesariamente, hay que vincular a la extrema vulnerabilidad de muchos hogares, cuyos miembros, por razones de salud, educación o empleo, tienen bastantes probabilidades de caer en la marginalidad social.

Sin atacar las causas que explican tanto el 'precariado' como el deplorable ensanchamiento de la desigualdad o el deficiente comportamiento de los sistemas educativos, difícilmente se puede avanzar hacia una sociedad emancipada.

Foto: El Banco Central Europeo. (Reuters) Opinión

De hecho, lo que parece haber revelado la pandemia es la propia debilidad del sistema y de los mecanismos internos de solidaridad, lo que ha provocado que el capitalismo financiero esté mutando de forma estratégica hacia un modelo clientelar que, por razones obvias, tiende a dar soluciones coyunturales a problemas estructurales. Una metamorfosis, en última instancia, que altera el equilibrio en la toma de decisiones y compromete a la propia democracia. A lo mejor el problema es el modelo de acumulación.

No está muy claro el origen exacto del término ‘conservadurismo compasivo’. Hay quien lo sitúa a finales de los años setenta, cuando el mundo desarrollado, tras dos devastadores choques petrolíferos, cayó atrapado en medio de una espiral de inflación y estancamiento económico que elevó de forma dramática el desempleo.

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