Fin del bostezo: la muerte dulce del bipartidismo alemán
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Carlos Sánchez

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Fin del bostezo: la muerte dulce del bipartidismo alemán

Las elecciones alemanas suponen un cambio de época. Es muy probable que, por primera vez desde 1949, la suma de los dos grandes partidos no llegue al 50%. Se acaba la política aburrida

Foto: Imagen: EC Diseño.
Imagen: EC Diseño.

Si gana Olaf Scholz las elecciones alemanas, como indican los sondeos, es seguro que se romperá uno de los tópicos más frecuentes en el ámbito político. La idea de que el partido más pequeño de un Gobierno de coalición siempre pierde. Es decir, que el mayoritario es quien mejor capitaliza la acción de gobierno.

Hay evidencia de que esto ha sido así en múltiples ocasiones, y de ahí la relevancia de un hipotético regreso al poder de los socialdemócratas. Sobre todo, si se tiene en cuenta que el SPD ha tenido serias dificultades para afianzar su perfil ante la apabullante presencia política de Merkel, lo que le llevó a hundirse en las encuestas hace apenas dos años, cuando se le asignaba solo un 11% de los votos, menos de la mitad que ahora.

Detrás de esta resurrección de la socialdemocracia —todos los países escandinavos están ya gobernados por partidos de izquierda— se encuentra, muy probablemente, un cambio de paradigma económico que necesariamente hay que vincular a una cierta recuperación del papel de lo público como asignador de recursos, que hunde sus raíces tanto en las consecuencias de la anterior crisis como en la derivada del covid, que ha puesto al Estado en el centro del debate político. Hoy, incluso, son minoritarias las voces que se oponen a las políticas monetarias ultraexpansivas del BCE, aunque perjudiquen a los ahorradores alemanes a corto plazo.

No es casualidad que los mejores resultados de la socialdemocracia (también en España) hayan coincidido con más Estado de bienestar

Mientras que en la anterior crisis el sector público estuvo ausente de las políticas de recuperación, también porque la naturaleza de ambas crisis ha sido distinta, en este caso ha reivindicado su papel, arrinconado durante décadas por el triunfo sin paliativos de la revolución conservadora iniciada en los años 80. No es casualidad que los mejores resultados históricos de la socialdemocracia (también en España) hayan coincidido siempre con un ensanchamiento del Estado de bienestar. Y en Alemania, en medio de lo peor de la pandemia, más de seis millones de trabajadores llegaron a estar protegidos por el Estado.

Los escándalos de Scholz

Es evidente que también hay determinadas circunstancias temporales, como es la retirada de Merkel, o el propio desgaste de la CDU tras cuatro legislaturas gobernando, pero no hay duda de que Scholz, un candidato bastante mediocre en comparación con los jefes históricos de la socialdemocracia alemana, Brandt, Schmidt o el propio Schröder, ha roto todas las expectativas. Entre otras razones, porque durante su mandato como vicecanciller ha tenido que lidiar con escándalos como los llamados archivos Cum Ex, que afloraron un fraude fiscal masivo (unos 30.000 millones de euros) por parte de algunas entidades financieras, principalmente germanas, o la crisis de Wirecard, una empresa que reveló la falta de control por parte del supervisor. Precisamente, el cometido de Scholz como ministro de Hacienda.

Los dos partidos que han gobernado Alemania desde 1949 no llegarán al 47-48% de los votos, cuando históricamente se han movido en el 80%

Su derrota como aspirante a presidir el SPD, incluso, reveló en su día que era un candidato débil al que el tiempo político ha favorecido. De hecho, tendrá el extraño honor de ser el único canciller al que se le abrieron dos comisiones de investigación en el Bundestag para ver, entre otras cosas, su grado de implicación en ambos escándalos. Esta misma semana, Scholz fue citado ante una comisión del Bundestag para responder a las acusaciones de que una unidad de su ministerio responsable de investigar el lavado de dinero obstruyó la labor de la justicia al no transmitir pruebas de irregularidades a la Fiscalía.

Hace no muchos años, Scholz hubiera sido un candidato imposible, pero hoy existe un movimiento subterráneo en términos de opinión pública —difícil de cuantificar— que ahora le ha beneficiado. Un movimiento de fondo que, paradójicamente, revela la debilidad no solo de la CDU y de su socio en Baviera, sino de la propia socialdemocracia, aunque pueda gobernar.

El cambio que se ha producido en la opinión pública se debe a la mayor prevalencia de los intereses individuales frente a los colectivos, como sucede cuando se habla de bajar impuestos, lo que hace que los ciudadanos hayan perdido la lealtad ante las viejas ideas y favorezcan alternativas parciales que defienden mejor sus legítimos intereses. En el caso de España, de carácter territorial ante la desafección por los dos grandes partidos. Hoy, de hecho, hay razones para pensar que asuntos como el Watergate serían un pie de página de la historia, algo que ha favorecido a Scholz.

Una ruptura generacional

Los dos partidos que han gobernado en Alemania desde el fin de la guerra no llegarán, muy probablemente, al 47-48% de los votos, cuando históricamente se han movido entre el 75% y el 80%, y, en algunas ocasiones, cerca del 90%, lo que da idea de cómo se están moviendo los flujos ideológicos. En particular, por una ruptura generacional que se ha producido en Europa, también en España, que ha fragmentado el mapa político hasta niveles inimaginables hace pocos años, y que explica, en parte, el auge del populismo, muy vinculado a las redes sociales. Aunque también se justifica por la mayor presencia en la agenda pública de nuevos asuntos como el cambio climático o el feminismo que han descolocado a los partidos tradicionales. Como se ha repetido estos días en la prensa alemana, una persona que hoy tenga 34 años, solo habría conocido a Merkel como canciller desde que tuvo derecho a votar.

La decadencia de los partidos 'atrapalotodo' es obvia. Los cancilleres serán en un futuro simples funcionarios, pero no guiarán a la nación

Esta realidad incontestable es la que hace pensar que para muchos electores la CDU y el SPD son demasiado parecidos, y no les falta razón cuando la 'große Koalition', que irrumpió en un momento histórico muy determinado (1966), en medio de la guerra fría, se ha convertido en la fórmula habitual de gobierno. No es de extrañar, por eso, que los socialdemócratas, para recuperar el poder, no hayan necesitado, siquiera, presentar un programa radical. No era necesario alejarse excesivamente del programa de la CDU.

La crisis de los dos grandes partidos es de tal dimensión —quien gane no tendrá más del 26-27% de los votos, según las encuestas— que solo la compleja ley electoral alemana, que procura la estabilidad política, por ejemplo, con el mínimo del 5% para entrar en el Bundestag, permitirá a la CDU y al SPD gobernar en coalición con mayoría absoluta. En caso contrario, el escenario que se dibuje es una coalición multicolor al estilo holandés, con todo lo que ello implica desde el punto de vista de la estabilidad para un país que ha sido modélico desde 1949.

La Alemania política, por así decirlo, entra en el siglo XXI, el siglo de las fragmentaciones, y a partir de hoy será tan 'vulgar' como Países Bajos o cualquier otro país europeo con mayorías muy estrechas y elevada volatilidad parlamentaria. Precisamente, el escenario en el que entró España a partir de 2015. Es probable, de hecho, que Merkel haya sido la última gran canciller a la manera de Bismarck, Adenauer o Kohl. Mientras que Alemania ha tenido nueve cancilleres en los últimos 72 años, Italia ha sumado 32 primeros ministros y Países Bajos, donde actualmente cohabitan en el parlamento 17 partidos para un país con poco más de 17 millones de habitantes, 15.

El triunfo del aburrimiento

Al candidato socialdemócrata le ha bastado con nadar con prudencia en las aguas de la política y no meter la pata para liderar las encuestas. Como alguien ha escrito, la reacción de la opinión pública ante los casos Scholz han sido equivalentes a un bostezo. La decadencia de los partidos 'atrapalotodo' es evidente. Incluso los cancilleres serán en un futuro simples funcionarios, pero ya no esos políticos capaces de guiar a una nación, algo que históricamente ha gustado demasiado en Alemania. No porque Scholz no pueda hacerlo —la propia Merkel era en sus inicios una incógnita—, sino porque lo que ha cambiado es el ecosistema en el que se mueve la política europea. La palabra vuelve a ser fragmentación.

El bipartidismo perfecto lo representan EEUU y Reino Unido, pero allí nacieron Trump, el Brexit y la extrema polarización política

El principal activo político de Scholz, de hecho, es haber conseguido presentarse ante los alemanes como un tipo aburrido que habla pausadamente, sin excitarse, midiendo al milímetro sus emociones. Precisamente, para apropiarse electoralmente del legado de Merkel, que siempre convirtió su agenda pública en un monumento al sentido común, al que por extrañas razones siempre se le supone moderado, incluso cuando se necesitaba más audacia, como en la anterior crisis económica. Pero Scholz no es Merkel, y, de hecho, hay quien lo ha comparado con un robot ('Scholzomat'). Tampoco el tiempo político es el mismo.

Es probable, sin embargo, que sea canciller después de muchos meses de negociación, lo que pone de relieve que pocas cosas cambiarán en Alemania gane Scholz o Laschet, el candidato de la CDU. Otra cosa es el liderazgo histórico de la cancillería, que es lo que se ha roto en Alemania.

Está por ver, sin embargo, si más partidos influyentes en el gobierno hacen la política más inestable y más radical. Como sostenía hace pocos días un análisis de Chatham House, el bipartidismo perfecto lo representan EEUU y Reino Unido, pero allí nacieron Trump, el Brexit y la extrema polarización política. A la gran Alemania le toca ahora aprender de sus pequeños vecinos holandeses, a quienes siempre vio con un cierto aire de superioridad. Bienvenidos al siglo XXI. Alemania, año cero.

Si gana Olaf Scholz las elecciones alemanas, como indican los sondeos, es seguro que se romperá uno de los tópicos más frecuentes en el ámbito político. La idea de que el partido más pequeño de un Gobierno de coalición siempre pierde. Es decir, que el mayoritario es quien mejor capitaliza la acción de gobierno.

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