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Lo que nadie cuenta: lo peor no es el virus, es el miedo
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Carlos Sánchez

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Lo que nadie cuenta: lo peor no es el virus, es el miedo

El virus no solo mata, agarrota. Paraliza el futuro a través del miedo. Y el miedo, ya se sabe, es el caldo de cultivos de los populismos. El tremendismo se ha colado en el sistema político

Foto:  Un hombre camina con la mascarilla en la mano ante la puerta de entrada de ambulancias del Hospital de la Cruz Roja, en Oviedo. (EFE/Eloy Alonso)
Un hombre camina con la mascarilla en la mano ante la puerta de entrada de ambulancias del Hospital de la Cruz Roja, en Oviedo. (EFE/Eloy Alonso)
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España tiene una vieja tradición tremendista. No solo en el plano estético y literario, también político. Probablemente, porque era ineludible en un país de vida tan azarosa y convulsa. Más acostumbrado, como decía Umbral, a leer 'El Caso' que el BOE. Algo que puede explicar sus recurrentes tendencias suicidas.

El verbo mortificar, de hecho, forma parte indeleble de la cultura y de las tradiciones españolas, incluso en las fiestas o en los espectáculos populares. Se puede observar a la luz de las pinturas negras de Goya —toda una paradoja— o leyendo aquel viaje iniciático por la península que hicieron Darío de Regoyos y el poeta flamenco Émile Verhaeren a finales del XIX, y que titularon, no por casualidad, 'España negra'. Como antes estuvo presente en los romances de ciego. Gutiérrez-Solana siguió la estela y Baroja narró la sordidez de los suburbios del Madrid de la Restauración atrapado por la crudeza de la situación socioeconómica del país. Al tremendismo, incluso, se le ha dado una falsa modernidad, y de ahí que frecuentemente se recurra a él como fuente de autoridad. Incluso en términos políticos. Solo hay que leer los periódicos para llegar a esta conclusión. Lo tremendo siempre parece tener más credibilidad que el buen juicio y el sosiego.

La literatura posterior a la guerra civil no se entiende, de hecho, sin esa apelación al pasado tenebroso, macabro y hasta escatológico. En muchos casos, como en el Pascual Duarte de Cela, para salvar la censura y así poder realizar un paralelismo histórico sin que la dictadura se percatara. En definitiva, un cierto sentido trágico de la vida, como lo llamó Unamuno, que aún recorre este país, y que revive cada miércoles en el Congreso de los Diputados durante las sesiones de control.

Tanto derrotismo, sin embargo, no es gratuito. Sobre todo en un contexto como el actual, en el que la pandemia lo ha cambiado todo

Da igual quien gobierne. Cada semana, en una rutina casi matemática, España está al borde del precipicio y a un paso de la catástrofe porque en la Moncloa está el 'otro', lo que en el fondo esconde una patrimonialización del poder incompatible con la democracia. Cuanto peor, mejor. Una parte de la España oficial, de hecho, cada vez imita más a aquellas oscuras viñetas de Mingote en las que dibujaba al español medio siempre vestido de sobria negritud, bigote, bajito y cabreado.

Expectativas económicas

Tanto derrotismo, sin embargo, no es gratuito. Sobre todo en un contexto como el actual, en el que la pandemia lo ha cambiado todo. También la percepción de nuestra propia realidad.

Keynes lo llamó 'animal spirits', y con esta expresión se refería a los comportamientos humanos basados más en la intuición o en la emoción que en un análisis objetivo y riguroso de la realidad, lo que influye de forma decisiva en sus decisiones económicas; mientras que el segundo Roosevelt, consciente de que el país, tras el 'crash' del 29, había caído en un pesimismo histórico inauguró su primer mandato, en 1933, con un discurso que debería leerse en las escuelas. "Es el momento de decir la verdad, toda la verdad, con franqueza y valentía. (...) Esta gran nación perdurará, revivirá y prosperará. Así que, en primer lugar, permítanme afirmar mi firme convicción de que lo único que tenemos que temer es al miedo mismo: un terror sin nombre, irracional e injustificado que paraliza los esfuerzos necesarios para convertir el retroceso en avance".

Casi un siglo después, el miedo y la incertidumbre han venido para quedarse. Hasta el punto de que algunos estudios académicos han encontrado evidencias de que el covid y el miedo se expanden con la misma rapidez. Su capacidad de propagación viaja en paralelo y a la misma velocidad, y hoy una parte sustancial de los problemas económicos —desde luego en el caso de España— tiene que ver con el miedo al futuro, lo que tiene unos costes impredecibles. La plaga no fue lo peor, sino el miedo, llegó a decir en alguna ocasión el matemático francés Henri Poincairé, padre de la teoría del caos. Una mala formulación lo condiciona todo y, por lo tanto, determina el resultado final. El miedo agarrota y lleva a cometer errores de bulto. Y en España, merece la pena recordarlo, según el CIS, uno de cada cuatro ciudadanos ha reconocido que tuvo miedo a morir durante los días más duros de la pandemia.

Se puede llevar el caballo al abrevadero, pero no se le puede obligar a beber agua, que decía Keynes

Todo indica que España ha caído en ese círculo vicioso. La plaga y la crisis económica se retroalimentan, lo que explica en parte que la recuperación vaya más retrasada. Ahora bien, mientras que para luchar contra el virus se puede hacer todo lo que se pueda, y en esto mandan la ciencia y la eficacia en la distribución de los recursos públicos, al miedo solo se le combate desde la confianza en las instituciones. Es decir, desde el liderazgo, que es una cualidad infrecuente en la historia de España en el sentido estratégico del término, que no es más que canalizar el talento colectivo en aras de lograr determinados objetivos.

Gobierne quien gobierne

Sin embargo, uno de los errores de la nueva tecnocracia que gobierna el mundo —los algoritmos— es pensar que desde el análisis cuantitativo se pueden resolver todos los problemas, cuando en última instancia algo tan intangible como es el miedo todo lo condiciona de una forma mucho más poderosa. Sucede lo mismo con las leyes. Este Gobierno, como los anteriores, piensa que cambiando la legislación todos los problemas se resuelven, y eso explica la continua apelación a reformas que duran pocos y que son eclipsadas por el Ejecutivo entrante, cuando cada vez está más demostrado que no basta con diseñar políticas públicas contra el desempleo o el alza de los precios, sino que deben incorporar suficientes dosis de credibilidad para que los ciudadanos se la crean. Se puede llevar el caballo al abrevadero, pero no se le puede obligar a beber agua, que decía Keynes.

La situación económica puede estar mejorando, no es difícil después de un batacazo del -11% en 2020, pero si los agentes económicos —familias y empresas— no lo creen todo irá peor. De ahí la importancia de la credibilidad. Franklin D. Roosevelt fue el primero que lo entendió y por eso puso al miedo como principal enemigo. Incluso, para combatir la deflación que arrastró a millones de estadounidenses a la pobreza, y que se explica en parte por la desconfianza en el futuro. Cuando alguien cree que un activo valdrá menos en el futuro, tenderá a pensar que no es momento para invertir. Por eso, la deflación es peor que la inflación.

El miedo a los inmigrantes, el miedo a los cambios, el miedo a la diversidad, el miedo a la inseguridad, o incluso, el miedo a viajar

Ni que decir tiene que el derrotismo y el miedo, que no deja de ser un mecanismo defensivo, son el caldo de cultivo donde mejor crece el populismo y la demagogia, como supieron ver los totalitarismos de entreguerras, hasta el punto de que no se puede entender el siglo XX sin el choque brutal de dos fuerzas antagónicas: la reacción y el progreso. O lo que es lo mismo, el discurso basado en una concepción angustiosa de la vida o, por el contrario, construido sobre la capacidad de la sociedad en su conjunto, en el sentido más amplio del término, para huir de un falso determinismo histórico. La Europa posterior a 1945 es el mejor ejemplo de esta segunda visión cuando los gobiernos —muchos de ellos de concentración que incluían, además, a partidos comunistas que funcionaban bajo la férula de Stalin— fueron capaces de colocar al país tras de sí para poner fin a las falsas amenazas.

Este es, probablemente, el mayor error que está cometiendo el actual sistema político. A la sociedad del riesgo, de la incertidumbre —un fenómeno de nuestro tiempo— se le ha unido la utilización del miedo solo para ganar votos, magnificado en muchas ocasiones por los medios de comunicación. El alarmismo vende, como en el pasado más atroz. El bloqueo institucional es evidente y da la sensación de que gobierne quien gobierne todo seguirá igual. Lo más grave es que en algún momento el virus se habrá ido, pero habrá dejado un pozo séptico de miedo. El miedo a los inmigrantes, el miedo a los cambios, el miedo a la diversidad, el miedo a la inseguridad ciudadana o, incluso, el miedo a viajar. En una palabra, el miedo a vivir y hasta el miedo al progreso. El miedo, incluso, a nosotros mismos.

España tiene una vieja tradición tremendista. No solo en el plano estético y literario, también político. Probablemente, porque era ineludible en un país de vida tan azarosa y convulsa. Más acostumbrado, como decía Umbral, a leer 'El Caso' que el BOE. Algo que puede explicar sus recurrentes tendencias suicidas.

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