Mujeres

La plena incorporación de la mujer al mundo laboral implica conciliar la vida profesional y familiar, lo que a menudo es un verdadero reto

Foto: Retrato de la abogada, escritora y política Clara Campoamor. (EFE)
Retrato de la abogada, escritora y política Clara Campoamor. (EFE)

Mucho tiempo ha pasado ya desde 1931, en que las primeras mujeres se incorporaron a la vida política española. Desde finales del siglo XIX, las mujeres fueron rompiendo poco a poco con sucesivos techos de cristal, del analfabetismo a la educación primaria y secundaria hasta llegar a la Real Orden de 1910 que les permitía matricularse en la enseñanza universitaria.

En los albores de la Segunda República, las mujeres eran aproximadamente el 5% del alumnado universitario (hoy son ya mayoría), y las Cortes Constituyentes -elegidas por sufragio masculino- vieron a las dos primeras diputadas electas: Clara Campoamor y Victoria Kent, a las que pronto se unió Margarita Nelken. Fue Campoamor, en un debate parlamentario memorable, quien logró que se aprobara el voto femenino en España, no sin tener que escuchar las bromas, chanzas de otros diputados y de la prensa e incluso algunas teorías médico-fisiológicas que dudaban de la idoneidad del razonamiento de la mujer para tal responsabilidad.

85 años después, la mujer está plenamente incorporada a la política y, en general, al resto de las actividades privadas y públicas de la sociedad, y sin embargo, tenemos que seguir hablando de estos mismos asuntos, e incluso multiplicados por dos, pues muchas mujeres siguen encontrando resistencias que les impiden alcanzar cotas profesionales o de liderazgo análogas a las que merecen y, a la vez, la plena incorporación de la mujer al mundo laboral implica conciliar la vida profesional y familiar, lo que a menudo es un verdadero reto.

Ambos aspectos se retroalimentan: la necesidad de conciliar aboca a muchas mujeres a trabajos de peor calidad o inferior remuneración, se termina notando en las pensiones, y dificulta el acceso a puestos de responsabilidad. Las mujeres no queremos que nos regalen nada por el mero hecho de serlo, pero sí que la sociedad sea consciente y compense adecuadamente todos esos roles añadidos al de trabajadora que recaen sobre nosotras. Y sí, las mujeres ponemos muchas veces por delante el estar con nuestros hijos, con nuestras familias, con quienes nos necesitan. Porque si no, ninguna otra cosa que consigamos valdrá la pena. Por eso vale la pena construir una sociedad en que la conciliación sea posible.

El Estado del bienestar nació incompleto porque en su germen no había políticas contra la discriminación ni políticas explícitas a favor de la igualdad

Por lo tanto, hay mucho todavía que trabajar para la igualdad y la conciliación efectiva. El cambio social es muy complejo, aunque el cambio legislativo no tenga las resistencias que se encontró Clara Campoamor. Pero no es menos cierto que nuestro Estado del bienestar nació incompleto porque en su germen no había políticas contra la discriminación ni políticas explícitas a favor de la igualdad. Si esas políticas pueden ser ahora incorporadas transversalmente en las leyes que necesariamente han de surgir de este periodo de regeneración democrática, tendrán muchas más posibilidades de éxito y el resultado será una sociedad mejor.

Racionalización de horarios, promoción de la igualdad, permisos de maternidad/paternidad intransferibles, apoyo a las prácticas empresariales que muestren transparencia en los procesos de contratación y ascenso de trabajadores sin sesgo por género, medidas de inspección laboral, medidas de concienciación desde la primera enseñanza, y otros aspectos no directamente relacionados pero muy importantes, como la custodia compartida o el fin de la asimetría penal en materia de violencia de género, son sin duda asuntos que tenemos que abordar en los próximos años para acercarnos a la igualdad efectiva.

Hemos avanzado mucho, pero se mantienen aspectos como la brecha salarial, las dificultades para ser madre en plena crisis, la presencia femenina en los centros de decisión empresariales y políticos, así como la lacra que supone el maltrato y el asesinato por cuestión de género. Por todo ello, necesitamos mujeres valientes que sigan en la primera línea, con mucho sacrificio, dejando claro que la sociedad puede cambiar. Para que dentro de 85 años no tengamos que estar hablando de esto.

Mirada Ciudadana
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