Si te ofrecen un trabajo digno, sal corriendo

La mala conciencia de saber que tu trabajo no sirve para nada mientras los esenciales están desbordados solo puede conducir a una mala idea: a pagar el esfuerzo en dignidad

Foto: Trabajadores dignos de ser dignos. (EFE/Emilio Naranjo)
Trabajadores dignos de ser dignos. (EFE/Emilio Naranjo)

Estos días han coincidido varios acontecimientos que me han obligado a pensar en la dignidad del trabajo que, como ocurre con el sexo de los ángeles, no es algo en lo que piense mucho. El filósofo llenaestadios Michael J. Sandel ha publicado un ensayo en el que apuesta por recuperar la dignidad del trabajo que las élites (las progresistas, al parecer) han arrebatado a las clases trabajadoras. David Graeber, el anarquista que acuñó el concepto 'bullshit jobs', ha muerto.

Lo que articula todo ello es un septiembre de retorno al trabajo (al teletrabajo, pero también a la oficina) en el que ya nadie sabe muy bien qué hace o por qué lo hace. Desde el desencanto al desborde, aún estoy por encontrar a alguien que esté afrontando el curso de la pandemia con ánimo. Los que están hechos polvo física o anímicamente porque presienten que su descomposición en átomos está próxima. Los otros, los afortunados, porque se han dado cuenta de que en mitad de una pandemia nadie necesita de verdad un experto en 'marketing', y que de hecho todo iría mejor si no existiesen.

Los primeros son los esenciales, los dignos. Los segundos, los de los 'bullshit jobs', esos empleos que nadie sabe para qué sirven porque en realidad no sirven para nada. Los segundos vampirizan a los primeros.

A todos nos parecen muy dignos los empleos de los que cobran menos que nosotros, como si se tratase de un premio de consolación

Lo curioso de esta coincidencia en el septiembre existencialista es que Sandel y Graeber terminan llegando a un lugar muy parecido desde puntos de partida totalmente opuestos: es necesario recuperar la dignidad del trabajo. Según Sandel, la irritación de las clases trabajadoras pro-Trump proviene de una falta de reconocimiento por parte de las élites liberales (es decir, de izquierdas). Para el anarquista Graeber, no obstante, la dignidad se encuentra en saber que tu trabajo sirve para mejorar las vidas de los demás. Dignidad extrínseca, dignidad intrínseca.

El problema de la dignidad es que está demasiado a menudo en los ojos del observador. A todos nos parecen muy dignos aquellos que cobran menos que nosotros, como si se tratase de un premio de consolación ante nuestra mala conciencia, y un tanto indignos los que ganan más. Eso lo sintetizaba a la perfección el compañero Esteban Hernández cuando decía que la actitud de Sandel contiene el mensaje de "vas a seguir cobrando lo mismo, pero te tomamos en cuenta". Efectivamente, una de las cosas buenas que tiene la dignidad es que es barata y exige poco al que la dispensa.

Hacer de la dignidad un elemento extrínseco tiene el peligro de caer en la trampa de la soberbia, puesto que se trata de una dádiva que otorgan los poseedores legítimos de esa dignidad a otros cuya dignidad está en disputa. De ahí que Graeber hiciese una oportuna distinción entre la dignidad interna (tu trabajo es digno porque es útil) y la externa (tu trabajo es considerado digno porque cobras mucho, es decir, por convención social). Pero veamos, ¿quién necesita ser digno?

La indignidad de no hacer nada

Esta semana se ha publicado en 'Financial Times' uno de los mejores artículos que he tenido la oportunidad de leer recientemente. Resumidamente, cuenta la historia del largo proceso de deliberación que condujo a la empresa tecnológica francesa Thales a obtener una nueva "declaración de propósito". Fueron seis meses y encuestas a unos 40.000 trabajadores. Tanto esfuerzo se condensó en nueve palabras: "Construir un futuro en el que todos podamos confiar".

Foto: EFE/Marcial Guillén.
Foto: EFE/Marcial Guillén.

Estos serían los indignos, según Graeber, y los dignos, según Sandel. Indignos, según el fallecido profesor, porque su trabajo no aporta nada de valor a la sociedad, es imposible de definir, y tan solo es capaz de defecar eslóganes huecos para convencer a otras personas como ellos que son merecedores de su confianza. Además, ellos saben todo eso. Dignos, según Sandel, porque emergen de esa élite que se ha formado en universidades, que cree en la meritocracia y disfruta de trabajos bien pagados.

No conozco a nadie que trabaje en lo que podría llamarse la economía del conocimiento que considere su trabajo "digno", salvo en lo que atañe a lo material ("sueldo digno"). Este año se ha abierto una herida que ya existía y solo escocía en ocasiones: la indiferencia hacia la dignidad o indignidad ha derivado en mala conciencia al poder trabajar en casa mientras otros lidian con el virus en hospitales, supermercados y metros. Me he hartado de oír frases en plan "al menos tú no tenías que estar haciendo publicidad de marcas de whisky mientras la gente se moría".

El problema es que hoy en día cualquiera puede tener uno de estos 'bullshit jobs'. No hace falta ser un 'yuppie' de los años ochenta, la versión cachas del vacío existencial en el que han caído la mayoría de empleos de la sociedad del conocimiento. Basta con haberse sacado una carrera, un máster de tres al cuarto y dedicarse a algo que se parece a una versión diluida de sus sueños de adolescencia. En plan: quería retratar guerras como Kapuscinski, pero le llevo la comunicación a una empresa de dentífricos.

No es que los trabajos esenciales estén peor pagados a pesar de serlo, es que están peor pagados porque son esenciales

Esta mala conciencia, como suele ocurrir, tenía que reventar por algún lado. Y tal vez lo haya hecho por el lugar más bienintencionado, que como todas las buenas intenciones, tienen peligro. Recordando que hay empleos más dignos que otros y que lo ideal sería recuperar ese ideal perdido de la nobleza laboral. Como toda búsqueda arcádica, quizá solo cree espejismos.

Los empleos dignos: yo vuelvo a traficar

Graeber siempre dijo que el epítome del empleo digno es el de la cuidadora. La revolución vendría de la mano de las "caring classes", las profesiones de cuidados. A todos nos encantan, ¿a quién no? Echo un vistazo a las noticias y no me gustaría estar en la piel de ninguno de esos trabajadores considerados como "dignos". No me gustaría ser ni profesor, ni enfermero, ni médico, ni rastreador (¿existen los rastreadores?), porque al parecer, existe una relación causa y efecto entre la dignidad de tu trabajo y las malas condiciones del mismo. Es directamente proporcional: cuanto más digno es tu empleo, peor vives. Eso también lo repitió hasta el infinito Graeber.

En opinión de Sandel, lo que debemos hacer para detener el populismo delirante de Trump es devolver la dignidad a las clases trabajadoras. Como si no lo fuesen ya. Según dicha lógica, el problema al que se enfrentan los EEUU en decadencia es consecuencia de haber arrebatado la dignidad a los empleos de clase trabajadora, como si fuese algo que pudiese darse y quitarse. Quizá Sandel, profesor de la Universidad de Derecho de Harvard, haya pensado en algún momento que los empleos de clase trabajadora no son dignos. Tampoco creo que eso le quite el sueño a la mayoría de empleos que apenas permiten llegar a fin de mes.

El problema de la dignidad laboral es que, al igual que ocurrió con el discurso del heroísmo durante la primera ola de la pandemia, alivia conciencias clasistas y relativiza las preocupaciones materiales. No es que los trabajos esenciales estén peor pagados a pesar de serlo, es que están peor pagados porque son esenciales. Tenemos una triste tendencia a infravalorar lo necesario y a inflar los caprichos, a despreciar los escalones inferiores de la pirámide de Maslow en favor de los superiores. De igual forma que no pagamos nada por el sol, ¿para qué vamos a pagar nada por tener atención médica, colegios o calles limpias?

Unos se alimentarán de dignidad mientras otros, mejor pagados, los mirarán con envidia y lamentarán "oh, ojalá tuviese un trabajo digno"

El peligro se encuentra en que la dignidad pase a convertirse en otro remedo de la vocación, ese valor tan de la clase media que lleva a miles de universitarios a aceptar sin rechistar precariedad económica y una estafa piramidal formativa para trabajar "de lo suyo". El discurso de la dignidad puede provocar que muchos terminen viéndose obligados a alimentarse de dignidad mientras otros cobran mucho más que ellos y exclaman, extenuados tras un puñado de horas en la oficina, "¡oh, ojalá tuviese yo un trabajo digno!".

Así que mi recomendación es la siguiente. Si le ofrecen dignidad, salga corriendo. Como dicen los únicos versos de Melendi que merecen la pena ser citados: "Si el trabajo dignifica o deja de dignificar / si no sé lo que esto significa / ¿Qué coño más me da? / Yo vuelvo a traficar".

Mitologías
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