Te cambio a tus amigos por los míos, que ya me aburren: elogio de los desconocidos

A estas alturas de pandemia, ya le hemos contado a nuestras burbujas todo lo que teníamos que contarles. Es el momento de echar de menos a los extraños

Foto: Foto: Reuters.
Foto: Reuters.

Ritual de lo habitual en el hogar pandémico. Comienza a sonar 'Cry to Me' y la primera respuesta es "esta salía en 'Dirty Dancing'". Yo interpreto mi rol y añado: "Sí, es de Solomon Burke, ¿te acuerdas cuando lo entrevisté?". Nos miramos a los ojos y nos damos cuenta de que la misma situación, con la misma canción y las mismas respuestas, se ha repetido por lo menos tres veces desde-que-todo-esto-comenzó. Como la frase aquella de Einstein, mismas situaciones, mismos resultados.

Nunca he estado tan cerca de comprender a mi pobre abuelo que, imposibilitado de salir a la calle, podía llegar a contarte lo mismo tres veces en tres horas. Cuando se lo recriminaba con la estúpida altivez propia de los adolescentes, me respondía cándidamente: "Qué quieres, hijo, si no tengo otra cosa que contar". Nunca pensé que lo hiciese porque le funcionase mal la cabeza, sino porque era otra manera de mantener abierta una vía de comunicación que, en competición con la abundancia de estímulos de la juventud, amenazaba continuamente con cerrarse.

Si nos gustan nuestras parejas es porque también fueron extraños que nos fascinaron tanto que quisimos que formasen parte de nuestras vidas

Cuando ya no hay nada que contar porque se ha contado todo, solo nos queda el ruido de lo sabido para ahogar el peor sonido que existe. El de las mandíbulas masticando y los cubiertos golpeando el plato. Ahora todos nos hemos convertido un poco en ancianos que rebañan migajas de interés en una cotidianidad cerrada en pequeños grupos burbuja. Que si he visto un perro muy simpático cuando he bajado a comprar el pan, que si no sé quién se ha contagiado, que si mira qué solución más imaginativa para acabar con el virus están proponiendo en Kuala Lumpur.

Esto puede tener dos lecturas. Una, que soy terriblemente aburrido. Dos, que es la consecuencia obvia de una pandemia que se combate limitando los contactos con desconocidos. Como la primera cosa no es posible, me inclino por la segunda tesis. Durante el confinamiento, las habituales llamadas periodísticas de "pim, pam, cuéntame lo que quiero" solían convertirse en largas conversaciones sobre las circunstancias de cada cual, lo divino y lo humano o el desabastecimiento de los supermercados que simplemente partían del placer de conversar con alguien cuyas respuestas recurrentes aún no son conocidas.

Esto no le va a gustar a mucha gente, pero somos quienes somos no por nuestro círculo íntimo, sino por los desconocidos. Nuestro entorno es una fuerza conservadora que nos empuja a quedarnos como estamos, mientras que los extraños son dinamos que aceleran cambios en nosotros. Si nos gustan nuestras parejas es, en realidad, porque también fueron extraños que nos fascinaron tanto que quisimos que formasen parte de nuestras vidas. Extraños son los autores de los libros que leemos, los directores de las películas que nos gustan, el 99,9% de la población. Todos nuestros amigos fueron extraños alguna vez. Sin extraños, no hay ni amor ni amistad.

Esa es la situación en la que nos encontramos, una pausa en nuestras relaciones sociales que se van gangrenando poco a poco, entumecidas por un horizonte de posibilidades estrechísimo. Por eso uno llega a extremos tan terribles como disfrutar la oficina. Un poco de cháchara insustancial permite recargar las pilas y tener algo nuevo que contar en casa.

La zona gris

No sé cómo liga la gente hoy en día. Es decir, sí lo sé, pero me cuesta entenderlo. Para mí siempre ha sido el terreno de lo que llamaré la zona gris, el caladero donde tradicionalmente se pescaban las relaciones amorosas o sexuales. El epítome máximo de la zona gris es la amiga de una amiga, ese segundo grado de separación de misterio y familiaridad. Y es precisamente lo que ha desaparecido en mitad de una pandemia donde, como mucho, podemos relacionarnos con nuestro primer círculo de conocidos. Antes teníamos una ciudad a nuestra disposición. Ahora, un pueblo.

Los amigos de los amigos son el espacio público donde confrontamos ideas, llegamos a acuerdos y cambiamos la dirección de nuestras vidas

Lo malo que tienen los amigos es que tienden a parecerse siempre un poco a nosotros, aunque sea por asimilación, y hemos alcanzado con ellos un grado de familiaridad que es tan confortable como monótono. Uno nunca le pregunta a sus amigos o familiares quién es, sino cómo les va, aunque lo primero sea mucho más divertido. La zona gris de los amigos de los amigos o, como los podríamos llamar, los desconocidos conocidos, es mucho más sugerente, porque son relativamente familiares sin serlo tanto como para ser parte de nuestra familia (lo que evita todo peligro de endogamia).

Esa zona gris no deja de ser otra forma de nombrar el ágora en el sentido griego del término. Los amigos de los amigos son el espacio público donde confrontamos ideas, ponemos a pruebas la nuestras, llegamos a acuerdos y cambiamos la dirección de nuestras vidas. Los amigos de los amigos son los ciudadanos. Ese centro social, político y económico de la 'polis' griega no era más que un espacio (abierto) que ofrecía la posibilidad de charlar, ni más ni menos. El cierre de la vida exterior ha propiciado otra clase de cierre, el de la imposibilidad de conocer a aquellos que no son como nosotros ni como los nuestros. Y, con él, ha reducido sensiblemente nuestras posibilidades vitales.

Canta Bill Callahan en su magnífico último disco este peculiar elogio del matrimonio: "Cuando sales con alguien, solo ves a la otra persona y el resto se puede ir al infierno, pero cuando estás casado, estás casado con todo el mundo, los ricos, los pobres, los enfermos y los sanos, los heteros y los gais". En nuestras burbujas limitadas, somos todos enamorados de nosotros mismos que se empiezan a cansar de la intimidad. En la incertidumbre de la zona gris nace el amor, la amistad, el odio y los proyectos, es decir, nace el futuro. Mientras no recuperemos esa duermevela de las relaciones personales, seremos como enfermos de alzhéimer sin mucho que hacer, sin nada de contar, y repitiéndonos una y otra vez los mismos prejuicios hasta que nos ahoguemos en ellos.

Mitologías
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
6 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios