¿País de camareros? No, de opositores: la generación harta de la empresa privada
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Héctor G. Barnés

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¿País de camareros? No, de opositores: la generación harta de la empresa privada

Las academias han identificado un 'boom' de interés. No solo se trata de una cuestión de oportunidad ante la crisis, sino de una nueva forma de relacionarse con el empleo

Foto: Foto: EFE.
Foto: EFE.

Un buen día uno se acuesta feliz, y cuando se levanta, una pandemia ha asolado el mundo y todos sus amigos se han puesto a opositar. Si lo primero era improbable, lo segundo es como de haber cruzado un portal a una dimensión paralela.

En las últimas semanas, cada vez que alguien comienza a contar sus batallas de precariedad, me adelanto: sé que tarde o temprano me contará que o está opositando o que está planteándose hacerlo. El perfil, parado o a punto de serlo, entre unos 25 y 40 años (el tiempo suficiente para haber perdido la fe en la empresa española), en muchos casos licenciado, tal vez incluso con algún máster, y que tal vez haya vuelto a vivir con sus padres tras haberse independizado. Ni siquiera se trata ya de paro juvenil, sino de la decepción del posadolescente a punto de cumplir los 40.

No es solo pragmatismo, sino el deseo de decidir el propio futuro aunque sea aburrido

Desde el confinamiento estricto, que convirtió a 40 millones en opositores en potencia, no pasa semana sin que conozca a alguien que se haya sumado a la lista. Una crisis de dimensiones desconocidas, un paro pantagruélico, sectores como el turismo o el comercio destrozados, una mayor oferta pública y un revelo generacional que llegará más pronto que tarde son factores obvios que hacen más razonable hipotecar tiempo, dinero y estabilidad mental hoy que en la crisis de 2008.

Lo que he descubierto a través de estas conversaciones es que hay mucho más que una simple cuestión de pragmatismo, sino también una desilusión (laboral, vital) que está cambiando la relación que muchas personas mantienen con su trabajo, y el deseo de adueñarse del propio futuro, aunque sobre el papel parezca aburrido. Tampoco es que encadenar contratos semanales sea muy divertido.

Foto: Foto: EFE.

Cada vez abundan más los libros antitrabajo, y si bien pocos defienden un futuro ácrata desvinculado de lo laboral, esta actitud se traduce en un posicionamiento ante el propio empleo que sintoniza con la vida del opositor. Si la generación de la crisis de 2008 se crio en una bonanza que estimuló un optimismo naif, es posible que el verdadero deseo de la crisis de 2021 sea escapar de los peajes de la vocación. No es una vida sin trabajo, sino una vida en la que el trabajo no sea el factor que defina la propia identidad e hipoteque sus vidas.

Lo que tienen en común todos los discursos es una decepción ante la empresa privada y su impunidad, que se traduce, en los casos que he escuchado en este tiempo, en sueldos impagados, en abusos de horarios, en 'venga usted mañana', en enchufismos para no dormir, en dobles discursos y en círculos viciosos que no llegan a ningún lugar. A menudo, todo ello en el mismo pack. Situaciones de indefensión aprendida ante una acumulación de prácticas y vicios que no solo no se combaten, sino que se consideran parte consustancial (y deseable) del entorno laboral. Esto es lo que tienen en común estas visiones:

Competir con el que te tomas el café

“Todo el mundo sabe que los dados están trucados”, cantaba Leonard Cohen en ‘Everybody Knows’. Una de las sensaciones más comunes entre los opositores pandémicos es que las condiciones no son las mismas para todos. No hace falta pasar toda la vida en una empresa para comprobar cómo cualquier parecido entre los criterios de recompensa y castigo y el esfuerzo realizado a veces son pura coincidencia. Como me comentaba un colega, en su empresa había gente que no hacía absolutamente nada pero el que se fue a la calle fue él.

Se acumulan experiencias en un círculo vicioso. En la oposición al menos hay una meta

Lo importante es que ni siquiera aunque la competición fuese justa desaparecería la sensación de que es, efectivamente, una competición en la que hay muy pocas posibilidades para muchas personas. Por supuesto, una oposición a la que se presentan miles de personas por un único puesto es más competitiva aún (y, en algunos casos, aún más amañada), pero tiene una ventaja: no tienes que cruzarte cada día con el que se ha quedado tu puesto.

La trampa de los currillos

Un currillo, unos meses en el paro, otro currillo, un cursito, otros meses en el paro y la sensación de que el siguiente currillo no será mejor que el anterior. La acumulación de experiencias laborales que no conducen a ningún lugar, pero que son necesarias porque de algo hay que comer, forman un círculo vicioso de eterno retorno a la casilla de salida. En una oposición, al menos uno parece moverse hacia algún lugar, aunque sea a velocidad de tortuga. Como he explicado en otras ocasiones, solo un puñado de gente puede permitirse trabajar gratis. Llegarán lejos, pero también es muy probable que hayan empezado la carrera desde la pole.

Foto: La sede central de Al Jazeera en Doha. (Reuters/Fadi Al-Assad) Opinión

La posesión acaba con la asimetría

Uno de los conceptos que suenan anacrónicos en el mercado laboral hiperflexibilizado del siglo XXI es el de 'plaza en propiedad'. ¿Cómo, uno puede poseer su puesto de trabajo? Para una generación acostumbrada a lo efímero de los alquileres y los trabajos temporales, es normal que le resulte atractivo poseer un puesto. Sobre todo, porque acaba con la asimetría según la cual tu empresa posee tu futuro pero tú no posees el futuro de tu empresa. Destino y posesión.

Tener algo por lo que levantarse cada mañana

¿Hay algo peor que sentirse paralizado? Las biografías laborales de muchas personas son cada vez más arrítmicas, y en ellas, a períodos de gran actividad –horas extras incluidas– les siguen otros períodos de aburrimiento, culpa por ese aburrimiento, y depresión por esa culpa por aburrirse. O uno no tiene tiempo o no tiene dinero. Opositar, o apuntarse a un curso ‘online’ para sentir que uno hace algo, es un refugio entre los diluvios del paro y la ansiedad que aporta cierto alivio mental.

Dejar de mirar el propio ombligo para hacer algo útil para los demás

A solas con tu vocación

El teletrabajo ha llevado a muchas personas a enfrentarse a una cruel realidad: lo que les gustaba del trabajo no era el trabajo, sino todo lo relacionado con su lado social. Es decir, compartir experiencias con los compañeros, enfadarse con ellos, contarse las penas y todas esas cosas que convierten a los humanos en humanos. Quedarse a solas con su vocación es inaguantable para muchas personas. La generación que podía soñar con lo que quería ser porque podía ser cualquier cosa se ha terminado dando cuenta de que ese entusiasmo solo juega en contra suya y de sus condiciones materiales.

Que trabajar sea útil

El gran hallazgo, coinciden los nuevos opositores, quizá se encuentre en haberse dado cuenta del egoísmo inherente a la meritocracia. En otras palabras, perseguir incansablemente tu sueño (es decir, un trabajo-de-lo-tuyo) no es útil para uno mismo ni, mucho menos, para la sociedad. Al final de los largos circunloquios en los que cada cual intenta justificar por qué va a convertirse en un opositor siempre asoma el del 'servicio público', no siempre con demasiada convicción. Pero lo que sí parece claro es que incluso el puesto administrativo más gris resulta más eficiente socialmente que deslomarse en un empleo sin más sentido que el beneficio privado.

Ahí está el gran cambio que ha operado en el último año, el de la solidaridad a flor de piel: dejar de pensar en uno mismo, en la realización personal, los sueldos, los incentivos y el reconocimiento, y pensar un poco en los demás, devolver al trabajo el cariz comunitario y de servicio que tuvo no hace tanto tiempo y que fue devorado por el egoísmo de la vocación privada y la autorrealización.

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