Si crees que los jóvenes viven mal, espera a que sean viejos: cuidado con lo generacional
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Héctor G. Barnés

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Si crees que los jóvenes viven mal, espera a que sean viejos: cuidado con lo generacional

Las discusiones tienden a centrarse en las diferencias generacionales obviando que forman parte de un conjunto de desigualdades crecientes. Dentro de poco, todos seremos jóvenes precarios

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Foto: Reuters.

Hay dos maneras de dejar de ser un joven parado. La primera, la más complicada y que no recomiendo, es encontrar trabajo. La segunda, mucho más sencilla, aunque requiere de cierta paciencia, es dejar de ser joven y convertirse en parado a secas. Es fácil, solo hay que dejar pasar el tiempo. Así, uno abandona ese despiadado 40% de paro juvenil para engrosar el más amable porcentaje del 16% de paro total. Que es una burrada igual, pero suena mucho menos espectacular.

He pasado el suficiente tiempo escribiendo sobre la precariedad juvenil como para dejar de ser precario y dejar de ser joven. Ello me ha conducido a la sospecha de que en realidad no escribía de una cualidad consustancial a un rango de edad que se cura con el paso del tiempo, sino de un síntoma más de una enfermedad que puede aquejar a casi cualquier persona, solo que tienes más papeletas si eres joven (o mujer o inmigrante, etc.).

La visión generacional es reduccionista en un contexto de creciente desigualdad

No es solo que los jóvenes vivan mal, tarden cada vez más en poder acceder a una vivienda o en independizarse, es que tienen la fea tendencia a hacerse mayores y a arrastrar ese hándicap a lo largo de su vida. Lo que quiero decir es que tal vez la visión generacional resulta reduccionista, un conflicto donde no lo hay, cuando en realidad de lo que deberíamos hablar es de un aumento de las desigualdades, o de un empeoramiento de las condiciones de vida. Lo sospecho, repito, porque soy lo suficientemente viejo como para haber dejado de ser joven y darme cuenta de que, con el paso del tiempo, los problemas no se solucionan automáticamente, sino que provocan distorsiones a veces evidentes, a veces difícilmente cuantificables, que van desde tener que volver a casa de tus padres con casi 40 porque te has quedado sin trabajo (y sin ahorros) a no aguantar más de un año en un piso tras cumplir los 35.

Crisis siempre ha habido, pero tal vez no con esa permanente monotonía austera de la última década que, como toda crisis que dura tanto, deja de serlo para convertirse en algo estructural. La clave se encuentra en que, como comentaba recientemente el informe España 2050 (muy citado para reírse de la letra pequeña y obviar las tesis principales), entre 1999 y 2015, la riqueza media de los mayores de 65 años se ha más que doblado respecto a la riqueza media de las personas con 35 años. Una brecha habitual en economías avanzadas, señalan, por razones lógicas (cuanto más mayor eres, más tiempo has tenido para acumular capital), "pero que en España se ha acelerado hasta alcanzar a países muy desiguales como EEUU". En muchos casos, este aumento de riqueza se ha producido a través de la especulación inmobiliaria, clave en un país donde el acceso a la vivienda es cada vez más difícil y el precio se ha disparado en las últimas décadas.

Foto: Dos jóvenes usan tapabocas dentro de su casa, durante la cuarentena por el coronavirus. EFE

El problema de esta clase de desigualdad no se encuentra en que los jóvenes tengan que retrasar determinados ritos de paso (independizarse, alcanzar estabilidad económica y vital, tener hijos o decidir no tenerlos), lo cual es relativamente tolerable si la esperanza de vida aumenta, sino en que esas generaciones no van a adquirir mágicamente un 'boom' de renta por el hecho de hacerse mayores (salvo vía herencia, de ahí el importante peso que tiene en la imaginación colectiva española) y nunca llegarán a alcanzar el nivel de vida de los adultos actuales. Entre otras cosas, porque son víctimas de un proceso de concentración de riqueza a partir de la crisis de 2008, cuando "el incremento del desempleo y del empleo a tiempo parcial, y la caída de los ingresos laborales provocaron un intenso empeoramiento de la desigualdad de la renta, y echaron por tierra buena parte del progreso alcanzado en las décadas anteriores".

Como añade el informe, "hoy, nuestro país presenta una movilidad social intergeneracional baja y mal distribuida, que afecta sobre todo a las comunidades autónomas menos ricas y a los jóvenes que provienen de los hogares más pobres". La oxidación del ascensor social (especialmente para los hombres, señala, probablemente porque las mujeres entraron más tarde en la universidad) es una cuestión a atajar. Y no es solo una cuestión de edad, sino que afecta al niño que será joven, al joven que será adulto, al adulto que será anciano y al anciano del futuro que habrá sido el joven del presente. Convertirlo en una batalla generacional pierde de vista cuestiones como la desventaja educativa, que pasa de padres a hijos en España con demasiada frecuencia.

Los jóvenes de 60 años

A lo mejor, lo que está ocurriendo es que todos nos estamos haciendo repentinamente jóvenes, hasta que no quede un solo viejo en España. No es una mala teoría: a fuerza de seguir viviendo a los 30 (o a los 40, o a los 50) como se hacía a los 20, es posible que en España hayamos encontrado el secreto de la eterna juventud. Hay gente que lleva hablando de los jóvenes desde hace 15 años como si fuesen siempre los mismos, como si el joven que fue al 15-M no fuese ya un treintañero que peina sus primeras canas. Si la precariedad es una condición consustancial a la juventud, ¿por qué no va a ser joven un contratado temporal de 40?

Si uno de 31 hace 'balconing' es joven, pero si tiene que sacarse el abono, no

Conviene mirar los datos: aunque la tasa de paro juvenil esté en el 40%, y la general en el 16%, el número de ocupados entre 2011 y 2019 ha descendido especialmente entre los que tienen 30 y 34 (un 23,8%), pero también significativamente entre aquellos de 35 a 39 (9,4%). Los jóvenes de ayer son los maduros parados de hoy. En otras palabras, ya no son solo los jóvenes, esa entelequia que por convención el INE sitúa en su límite a los 24 años como si viviésemos en el siglo XX, sino los que lo siguen siendo a los 39. No es una ruptura, es una herencia. Un dato: yo me tuve que deshacer del bonobús joven a los 21 años. Hoy, uno puede aguantar con él hasta los 26 años. Muy significativo.

Porque ¿qué es ser joven? La pista me la da un titular: "Un joven británico de 31 años, crítico tras saltar desde un tercer piso a una terraza en Marbella". Entiendo que si uno de 31 hace 'balconing' es joven, pero si tiene que sacarse el abono, no. Lo que está claro es que la juventud de se alarga: la emancipación se produce, de media, a los 32, y el primer hijo se tiene a los 31. Claro que también uno se muere más tarde, mucho más tarde, tanto que cuando nos demos cuenta, aguantaremos jóvenes hasta los 90. Así es fácil cumplir el sueño dorado de la inmortalidad pop.

Foto: Una pancarta del 15-M en una manifestación en Valencia. (EFE)

Otro titular revelador de esta semana es el que ha publicado 'El Correo' sobre el triste fallecimiento en un accidente de tráfico de un vasco de 26 años: "Estaba empezando a vivir, le acababan de hacer fijo". Involuntariamente, quizá condensa mejor que ningún otro el manido debate de si la juventud vive mejor o peor que sus padres: no hay vida hasta que uno no es indefinido.

Entonces, ¿qué es lo que ha ocurrido antes? ¿Qué ocurre con la aristocracia rentista que no pega un palo en su vida? Quizá esos puedan permitirse vivir siempre jóvenes, desde que nacieron, no como el asalariado que necesita una relación contractual segura para nacer por fin. En un momento en el que los ritos tradicionales han desaparecido o hayan sido retrasados por cuestiones materiales o culturales, qué revelador es que el gran paso a la edad adulta se dé cuando uno obtiene su primer contrato indefinido. (Que según un trabajo de hace unos años realizado por Florentino Felgueroso, José Ignacio García-Pérez y Marcel Jansen para Funcas era de media unos 96 meses desde el primer contrato, es decir, la friolera de casi ocho años)

Habría que celebrar una fiesta cuando se consigue el primer contrato indefinido

Ay, la centralidad del trabajo, que nos da y quita identidades. El empleo (es decir, la supervivencia económica) se ha convertido en la vara de medir de todo, también de nuestras vidas. Así que termino con una propuesta: ya que la gente no puede casarse ni tener hijos ni hacer la confirmación, cuando obtenga su primer contrato indefinido, la empresa se verá en la obligación de celebrar una fiesta de madurez con todos sus compañeros, amigos y familiares, en las que se le hará entrega de una nómina y de su diploma de adulto. Otras posibilidades son al firmar la hipoteca o comprarse el monovolumen. Bienvenido a la vida de verdad: hoy has vuelto a nacer, ya no eres joven, has ganado la batalla generacional.

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