Qué contaremos a nuestros nietos del covid: "Trabajamos como mulas y vimos Netflix"
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Héctor G. Barnés

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Qué contaremos a nuestros nietos del covid: "Trabajamos como mulas y vimos Netflix"

Nuestro rol ha sido el de no hacer nada y nuestro recuerdo, estar en casa, esperando que todo pase. Muy poca épica para un suceso que ha cambiado la historia

placeholder Foto: Mi imagen de la pandemia. (EFE)
Mi imagen de la pandemia. (EFE)

Cuando todo esto empezó, se repetía obsesivamente la idea de que la imposibilidad de acceder a las UCI o a los tanatorios en los que se acumulaban los ataúdes no estaba generando imágenes de la pandemia. En ocasiones, este legítimo reproche tenía su maledicencia política. Si no había imágenes, es porque el Gobierno nos las estaba ocultando. Tanto es así, que Vox tuvo la 'ideaca' de difundir un fotomontaje de la Gran Vía llena de ataúdes que, visto con la perspectiva del tiempo, ha quedado como un monumento al 'kitsch', como la canción de Delfín Quishpe sobre las Torres Gemelas.

Al final, Vox consiguió aquello que suele conseguir muchas veces, que es lo mismo que El Nota le recriminaba a Walter al final de 'El gran Lebowski' cuando el viento esparcía las cenizas de Donny en sus caras: convertir todo en una parodia. Como ya no era posible ir más allá, los debates sobre las imágenes de la pandemia quedaron a un lado y nos pusimos a cosas más productivas, como vigilar si el vecino se ponía bien la mascarilla. Pero ahora que todo acaba, o se ralentiza, o a saber, me he vuelto a preguntar cómo recordaremos esta época.

¿Qué hacías mientras el mundo atravesaba una de sus grandes crisis? "Currar un poco"

Ahora mismo tengo claro que si mis hipotéticos nietos me preguntasen algún día qué estaba haciendo en la pandemia, les respondería que trabajar y ver Netflix. (Es una manera de hablar, ya saben que Netflix es a la tele lo que Cleenex a los pañuelos). Me veo delante de un ordenador, en una casa, en otra casa, en casa de mis padres, en la oficina, en casa de mis suegros, mirando por la ventana y viendo la calle vacía, o sucia por los detritos de Filomena. Desde luego, nada épico. ¿Qué hacías mientras el mundo afrontaba una de sus mayores crisis, que dejó millones de muertos y lo sacudió social y económicamente? Pues nada, aquí, currando un poco, la frase que hemos repetido hasta la saciedad.

Si tuviese que elegir una única imagen de la pandemia, sería la fotografía que abre este texto. Es, con diferencia, la que más veces he visto ilustrando artículos de prensa. "Una mujer realiza teletrabajo en su casa este lunes, el primer día laboral de aplicación del decreto de alarma, que supone entre otras medidas la reducción de la movilidad, lo que disminuye de nuevo notablemente el tráfico y la circulación de personas", es el pie de la fotografía de Enric Fontcuberta. La fecha, el lunes 16 de marzo, el primer día de confinamiento. Esta chica ya es como de la familia.

Foto: Foto: Reuters. Opinión

No es una imagen espectacular, sino un simple plano general de una persona trabajando en su casa, con un ficus en primer término. Es la imagen de lo cotidiano que, precisamente, nos ha impedido generar imágenes. La de una casa, un ordenador, y la mirada perdida en la pantalla (y si se tiene la mirada perdida en la pantalla, no puedes mirar a otro sitio). La mediocridad conceptual de la imagen, que prácticamente podría ser intercambiable con cualquier otra o bien podría formar parte de una campaña institucional de fomento del teletrabajo, es la que define nuestra era. ¿Qué hicimos en la pandemia? Esto, hija, esto.

Por supuesto, esos recuerdos serán muy diferentes entre sanitarios, médicos y enfermeras, y no cambiaría mi suerte por la suya. Seguramente tampoco para los así llamados "trabajadores esenciales", esos que tuvieron que esperar a última hora de un domingo para saber si lo eran o no. Esta diferencia muestra también que las imágenes que se han dado de la pandemia, los relatos, han sido (como casi siempre) de clase media-alta, de profesionales del conocimiento, de aquellos que tenían la posibilidad de teletrabajar. Es decir, imágenes como la que estoy dibujando yo aquí.

Sangre, sudor y lágrimas

La sensación que se le ha quedado a la gente, más allá de la trágica primera ola, es la de que esta tragedia que formará parte de los libros de historia paradójicamente ha acentuado nuestra cotidianidad. Cuando pensamos en los momentos en los que cambia la historia, nos imaginamos armados y listos para salir hacia el frente de la Primera Guerra Mundial como al final del 'Demian' de Herman Hesse. Uno de los adelantos de la modernidad es que ya no hace falta sacrificar tu vida en un acto heroico para cambiar la historia, basta con quedarte calentito en casa e intentar sobrevivir.

Nuestro papel ha sido el de no hacer nada. No es precisamente épico

Se puede objetar que, en realidad, la mayor parte de crisis mundiales siempre les pillaron a todos en casa. Durante milenios, las imágenes que se producían de los grandes acontecimientos históricos eran cuadros, esculturas, arquitectura o las imágenes evocadas por las narraciones escritas. No es que hubiese precisamente mucha gente que sobreviviese a la batalla de las Termópilas. Pero el tiempo proporciona jerarquía y descarta la intrahistoria, lo efímero, que en realidad es la auténtica experiencia para millones de personas.

Esta sensación dice mucho de nuestra relación con el trabajo. El papel de los trabajadores (y, en concreto, de las trabajadoras) durante la Segunda Guerra Mundial en países como la bombardeada Inglaterra se ha reivindicado una y otra vez. El ministro de Trabajo Ernest Bevin hizo un gran esfuerzo para que la retaguardia también aportase su grano de arena al esfuerzo bélico, aprobando medidas como la imposibilidad de despedir a trabajadores esenciales sin permiso del Ministerio o eximir a algunos de incorporarse a filas, porque eran más útiles en sus puestos. Más de siete millones de mujeres y un tercio de la población total terminaron movilizados en el esfuerzo bélico.

Decía al principio de la pandemia Juan Andrés, el director de Operaciones Técnicas y Calidad de Moderna, que esta "es una de las pocas crisis en las que cada persona tiene una labor". No sé si el tiempo le ha ido quitando la razón. Efectivamente, todos hemos tenido nuestro rol a la hora de limitar la expansión del virus, pero la sensación que ha ido agudizándose a medida que pasaba el tiempo es que poco podíamos hacer ante la evolución de la pandemia. Bueno, es que lo que teníamos que hacer era no hacer nada. No tiene mucha épica.

Una de las quejas más habituales que he escuchado es la distancia que había entre la dramática situación que se estaba viviendo y la aparente banalidad del trabajo realizado. ¿Qué hacías mientras la gente se moría? Nada, seguir adelante con un trabajo que en la mayor parte de casos se percibe como inútil, cuando no directamente contraproducente. Es de nuevo los 'bullshit jobs' de David Graeber, esos empleos que nos deprimen porque son absurdos y vacíos de significado y utilidad, aún más en una pandemia. Quizá la clase de trabajo que podría estar desempeñando la chica de la foto.

Si no hemos parado ni en mitad de una pandemia, no pararemos jamás

No de extrañar, por lo tanto, que como muestra un informe publicado esta misma semana por CCOO en colaboración con la Universidad Autónoma de Barcelona, los currantes estén mal. Más de la mitad de los trabajadores (52,7%) reconoce tener peor salud general que antes de la pandemia, un cuarto reconoce que toma tranquilizantes y un 15% ha comenzado a tomar analgésicos opioides en los últimos meses. No dudo que la gente que no trabaja no esté igual o peor, pero algunas de las pistas (aumento de la carga de trabajo, incapacidad de influir en las decisiones) apuntan en una dirección muy concreta.

La alternativa tampoco es idealizar eso de meterte en una fábrica para producir munición que liquide a esos malditos nazis, pero entiendo el anhelo ante esa experiencia compartida, colectiva y solidaria en la no se trabajaba para el beneficio privado sino para el futuro de la sociedad. La incapacidad de encontrar una continuidad entre aquello a lo que dedicamos horas y horas de nuestro día y un efecto en el gran acontecimiento de la era moderna ha hecho que muchos se replanteen su relación con el trabajo. Ahora que esta semana se ha hablado mucho de la "pausa", de la posibilidad de parar a propósito de Simone Biles, es oportuno recordar que la mayoría de la gente no ha parado, no puede parar, no parará nunca. Pase lo que pase, caiga quien caiga. Si ni en una pandemia nos hemos detenido, no nos detendremos jamás.

Cuando todo esto empezó, se repetía obsesivamente la idea de que la imposibilidad de acceder a las UCI o a los tanatorios en los que se acumulaban los ataúdes no estaba generando imágenes de la pandemia. En ocasiones, este legítimo reproche tenía su maledicencia política. Si no había imágenes, es porque el Gobierno nos las estaba ocultando. Tanto es así, que Vox tuvo la 'ideaca' de difundir un fotomontaje de la Gran Vía llena de ataúdes que, visto con la perspectiva del tiempo, ha quedado como un monumento al 'kitsch', como la canción de Delfín Quishpe sobre las Torres Gemelas.

Pandemia Simone Biles