Tu infancia fue cutre, pero eras feliz: ahora todo es prémium, hasta la cerveza mala
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Héctor G. Barnés

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Tu infancia fue cutre, pero eras feliz: ahora todo es prémium, hasta la cerveza mala

Lo cutre es un estado mental y una vajilla de Duralex. Cutre es, como dice Alberto Olmos, "la empresa que fundaste, la infancia que viviste o la abuela que te cuidaba"

Foto: "Basta que el del segundo piso y el del quinto cierren su balcón y el del cuarto ponga todas las bicicletas para que el edificio resulte visualmente inasumible". (Pret Foto/CC)
"Basta que el del segundo piso y el del quinto cierren su balcón y el del cuarto ponga todas las bicicletas para que el edificio resulte visualmente inasumible". (Pret Foto/CC)

Llevo días pensando qué es el 'summum' de lo cutre, qué sencillo signo puede condensar la densidad semiótica, performativa y simbólica de lo cutre. Creo que he dado con él, gracias a Alberto Olmos. El 'summum' de lo cutre es ese cartel que lleva décadas adornando una peluquería de Móstoles: “Unixes”. Siempre me pregunté si todo el extrarradio está lleno de letreros de “Unixes” ingeniados por un disléxico cartelista que los produjo en serie o si se trataba de un mal día en la oficina. Sea como fuere, ahí me cortaba el pelo. Lo cutre es fuerte en mí.

Cuando quedo con Olmos, suelo hacerlo en sitios más o menos cutres; nos diferenciamos en muchas cosas, pero esa nos une. No cutres a propósito, sino cutres como resultado de la estadística: a este lado de la M-30, las posibilidades de caer en lo cutre se disparan exponencialmente. Cuando cruzas la barrera del casco urbano y llegas al barrio, las aceras son más estrechas, los carteles tienen más erratas y los bares de viejos lo son sin distancia irónica. Porque un bar de viejos en Carabanchel sirve para dar de beber a los ancianos y un bar de viejos en Pirámides sirve de abrevadero para modernos.

Cuando digo que algo es cutre, quiero decir que me siento en casa

A Olmos lo conocerán por ser el poli malo de El Confidencial (¿soy yo acaso el poli bueno?) y va a pasar a los anales de la historia por haber publicado una obra definitiva sobre lo cutre, ‘Vidas baratas. Elogio de lo cutre’. Fíjense si es cutre que es definitiva a pesar de tener 200 páginas y leerse en dos patadas. El ensayo me ha hecho pensar mucho acerca de lo cutre, pero también sobre la historia de nuestro país, las expectativas propias y ajenas y cómo dar la espalda a lo cutre ha terminado generando una crisis de identidad. Ya no somos cutres, pero tampoco estamos mejor.

Lo cutre es un estado mental y una vajilla de Duralex. Cutre es, como dice Olmos, “la empresa que fundaste, la infancia que viviste o la abuela que te cuidaba”. A mí me pasa mucho que, cuando estoy en un barrio de las afueras de Madrid, o de Valencia, o en algún lugar recóndito de España, de repente digo que me recuerda a Móstoles. Hay algunos rasgos característicos. Cierto urbanismo de toldo verde y portal de mármol falso descascarillado, grafitis de Ron’s Crew y bareto 'jebi' en las esquinas. Cuando digo que me recuerda a Móstoles, quiero decir dos cosas: que es cutre y que me siento en casa. Es un elogio.

placeholder 'Muy del siglo XXI'. (Vera Ferrón/CC)
'Muy del siglo XXI'. (Vera Ferrón/CC)

Lo cutre es una cualidad de los años 60 y 70, lo cutre es un estado mental que se ha condensado en ciertas actitudes y costumbres, pero también en lugares y épocas. Otros países son menos cutres porque no tuvieron ese acelerón social y económico, fueron creciendo poco a poco. Lo cutre es la mentalidad del desarrollismo, cuando uno ya tenía el suficiente dinero como para no ser pobre, pero no el suficiente para ser rico. Lo cutre, en el fondo, es una de las manifestaciones de la clase media, ese gran invento del franquismo, como supuestamente le dijo el propio dictador al diplomático estadounidense Vernon Walters.

Lo cutre fue el marco mental en el que muchos nos criamos. No digo que mi familia fuese particularmente cutre, sino que todo en esa época lo era, resultaba difícil abstraerse de ello. Los edificios, la forma en que se promocionaban esos edificios, la televisión, la costumbre de comer paella los domingos y cocido los viernes, las películas del destape primero y luego del desnudo imprescindible de la era Pilar Miró, los viajes en carretera a la playa que de repente parecen haberse convertido en la experiencia generacional por antonomasia.

Ser prémium es una manera cutre de distinguirse del resto, de ser clase media

Poco a poco, lo cutre ha ido dando paso a lo prémium. Hoy, todo es prémium. Comprobé hace no demasiado que todas las latas de cerveza, incluidas las marcas blancas de los supermercados, se autodenominan prémium en sus etiquetas. Haga la prueba. Si encuentra una cerveza no ‘prémium’ o ‘especial’, le invito a una. Como el menú especial, que es el viejo menú con filete de ternera, pero más caro. Ser prémium no significa nada, es una manera cutre de distinguirse del resto, de no ser clase baja sino clase media. Una forma cutre de no ser cutre. La España pos-1992 es prémium, no cutre. Aspiracional, advenediza y frustrada.

Me dan un poco de lástima los jóvenes que no han vivido de verdad lo cutre. Para ellos, lo cutre es una experiencia más que solo puede obtenerse visitando la feria de un pueblo o viendo alguna película supuestamente cutre (cintas como ‘Sharknado’ son películas no cutres hechas para aparentar que son cutres, de igual manera que los bares de Lavapiés intentan imitar lo cutre sin serlo). Ahora lo cutre es irónico, y es válido meterse con ello. Porque ahora hay mucha solemnidad con lo rural, con la vida de nuestros abuelos, y mucha chanza con los barrios de nuestros padres, porque nadie le ha dado aún un relato en verso.

La resistencia cutre

Observaba recientemente el crítico de cine Josu Eguren que en España la mayoría de la gente vive en barrios, pero los barrios nunca salen en las películas. Ya solo hay dramas de centro de ciudad y ‘thrillers’ en la España vaciada, pero los barrios se quedaron en la época de ‘El bola’ y Fernando León de Aranoa, un cine social que hace décadas que no gusta ni a los críticos. No hay muchos barrios porque lo que hemos querido los españoles en las últimas tres décadas ha sido, ante todo, alzarnos por encima de lo cutre y ser prémium.

placeholder 'Barrio' de Fernando León de Aranoa.
'Barrio' de Fernando León de Aranoa.

Porque el barrio es una de las manifestaciones más excelsas de lo cutre, como bien lo describe Olmos con sagaz mirada antropológica: “Los españoles reconocemos enseguida el barrio-barrio, aunque no sepamos decir muy bien por qué, salvo porque nos parece cutre y no hay catedrales, ni semáforos paritarios, ni mendigos, y todas las calles diría uno que son la misma calle, con el nombre de un concejal llamado Pérez, Jiménez o Rodríguez”. El barrio es básicamente donde nadie te espera, donde el camarero te atiende y no te “recibe”, donde no se bebe sangría y donde no sabes dónde mirar porque no hay dónde mirar.

Quizá los barrios no se representan porque no hay nada que contar de ellos, salvo que seas Juan Cavestany. Otra cosa muy cutre, nos cuenta Olmos, son las segundas residencias (recordemos aquí su triunfal visita a Lo Pagán, germen de este libro). Tiene sentido, porque irse a la playa, al litoral valenciano, es como volver a ser niño otra vez, volver a los 70 o a los 80, viajar en el tiempo. El verano es particularmente cutre, porque el calor, la arena, los pantalones cortos y los botellines son incompatibles con la eficiencia y la ética calvinista del trabajo, como bien saben en el norte de Europa.

Foto: Granizados de limón. Opinión

Los PIGS del sur de Europa somos cutres porque lo cutre lo es por acumulación. Marie Kondo y el 'feng shui', por ejemplo, son la némesis de lo cutre. Lo cutre es un poco posmoderno (o como se imaginan los posmodernos lo posmoderno), porque une lo antediluviano, lo desfasado y la última moda (que mañana no lo será). Lo cutre es aquello que observaba el Ángel de la Historia de Walter Benjamin: “Donde nosotros percibimos una cadena de acontecimientos, él ve una catástrofe única que amonta ruina sobre ruina y la tira a sus pies”.

Solo hace falta que pase el tiempo suficiente para que algo sea cutre, parece ser. Es el opuesto a la modernidad líquida de Zygmunt Bauman, donde todo caduca antes de llegar al estado atemporal de lo cutre. Por eso mismo, lo cutre tiene un potencial político que el libro no pasa por alto. Le puede servir a derechones nostálgicos y a anticapitalistas anticonsumismo, sospecha uno mientras lee el libro, hasta que el propio Olmos lo explicita al final, cuando dice que lo cutre es “ecologista sin militancia, anticapitalista sin hipocresía”.

A lo mejor la próxima pelea política consiste en apropiarse lo cutre

Lo cutre le viene bien a la derecha y a la izquierda. Por un lado está la sensación de haber avanzado demasiado rápido en el afán civilizatorio y habernos dado cuenta de que hemos dejado cosas (cutres y tradicionales) atrás, que hay que volver al pueblo a reencontrarnos con lo que perdimos y desconfiar de las superficies romas del iPhone, el Erasmus y la modernidad. Por otro, el rechazo al imperio neoliberal que nos obliga a consumir productos y personas y a renunciar a nuestra personalidad para encajar en la guerra de la competitividad global.

A lo mejor encontramos a nuestros políticos intentando apropiarse lo cutre. A lo mejor ya ocurrió en las elecciones madrileñas, cuando el cocido, alimento cutre por antonomasia, se convirtió en terreno simbólico en disputa. O cuando C. Tangana publicó su disco, signo de que lo cutre también es gentrificable. De lo que tengo poca duda es de que, si hay algo que pueda unir a cantidades absurdas de españoles, es lo cutre, que puede convertirse en la nueva nostalgia. Yo, personalmente, me identifico más con lo cutre que con anhelar la vida de mis abuelos o con una patria que no sé ni dónde empieza ni acaba.

(En realidad, este es un artículo escrito para que compren el libro de Olmos. Eso sí es ser cutre)

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