Franco y el valle del horror

No cabe mejor lugar que Cuelgamuros para definir la megalomanía, obscenidad y sordidez del franquismo. Un búnker de ultratumba propicio a la histeria, la nostalgia y las psicofonías

Foto: Vista general del Valle de los Caídos. (Reuters)
Vista general del Valle de los Caídos. (Reuters)

Va a quedarse desangelado Cuelgamuros sin la momia del caudillo, pero la exhumación nocturna resuelve la contradicción que suponía la incorporación de Franco a la categoría de los caídos. Porque murió en la cama de viejo. Y porque el Valle más bien parecía un monumento hiperbólico consagrado a la necrofilia del régimen.

Puede que la evacuación libere el lugar de las peores vibraciones y de las sesiones de espiritismo cara al sol. El cadáver de Franco corroía el sarcasmo de la reconciliación. Y redundaba en el fetichismo del siniestro escenario. Franco no merecía un espacio de idolatría megalómano. La devoción al tirano representaba una anomalía para dicha de los peregrinos de camisa azul y desdicha de la memoria, aunque el Valle de los Caídos no es o era el Mausoleo de Halicarnaso ni el Panteón de Bonaparte, sino el reflejo de una época siniestra, un parque temático de la sordidez, un descomunal monumento al feísmo, a la horterada, a la opulencia del granito funerario.

Sepultura de Francisco Franco en el interior de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de Los Caídos. (EFE)
Sepultura de Francisco Franco en el interior de la Basílica de la Santa Cruz del Valle de Los Caídos. (EFE)

Impresiona visitarlo, porque se adquiere perfecta noción del trasnochado nacional-catolicismo. Y porque el proyecto se resiente de la parodia de una arquitectura imperial. La gran cruz que domina el engendro parece que va a precipitarse justicieramente sobre los propios fieles. Y el túnel oscuro que conduce al altar mayor del templo describe un viaje no al interior de la montaña, sino a las cañerías mismas de una dictadura ordinaria, procaz. Las esculturas que custodian el itinerario hacia la tumba pretenden revestirse de santidad, pero intimidan al visitante como si fueran los trols de una caverna arcaica donde se alojan las corrupciones del generalísimo.

Impresiona visitarlo porque se adquiere perfecta noción del trasnochado nacional-catolicismo

Es la razón por la que podría haberse dejado a Franco donde estaba. No para adorarlo, ni para aromatizar la pestilencia predominante con crisantemos, sino para identificar la idiosincrasia estética y política del régimen, la caricatura dolorosa de un 'imperio' donde siempre se ponía el sol. Tan cerca está el monasterio de El Escorial —y la tumba de Felipe II— que la propia vecindad de Cuelgamuros sobrentendía un obsceno delirio de grandeza. Es interesante visitar el Valle porque la abyección arquitectónica hiere la naturaleza y la corrompe, aunque las intenciones idólatras fueran otras. Se buscaba una coartada providencial, un anfiteatro excepcional a cielo abierto cuya megalomanía describiera la grandeza de España a la sombra de una cruz que parece una espada oxidada por la vergüenza.

No es un monumento a la reconciliación, sino un grotesco ejercicio de propaganda. La única paz que identifica el Valle es la paz de los sepulcros. Y el único motivo honesto para visitarlo no consiste o consistía en comulgar en la misa del mediodía ni en hacer tiempo para comer unas chuletillas —cordero de Dios—, sino en participar con asombro de un ejercicio de memoria. Cuelgamuros describe el franquismo en su crueldad y en su vulgaridad. Interpela al mal gusto y a la anestesia del incienso. No son las razones por las que se erigió semejante mamotreto de piedra, pero la conciencia del pasado, de la historia, justificaba la oportunidad de una excursión diferenciada de la necrofilia. Un museo de los horrores. Un búnker de ultratumba propicio a la histeria, la nostalgia y las psicofonías.

Vista de el Valle de los Caídos. (Reuters)
Vista de el Valle de los Caídos. (Reuters)

La exhumación nocturna, pudorosamente clandestina, resuelve la contradicción histórica que suponía reunir en el mismo altar a Franco y a José Antonio —fusilado durante la Guerra Civil—, pero también demuestra que Pedro Sánchez quería reanimar al caudillo, resucitarlo de las tinieblas. Y convertirlo en un temerario recurso electoral. Hubiera funcionado mejor en las elecciones de abril que en las inmediatas de noviembre. Porque no se celebran el día 20, sino el 10; porque Franco no está 'presente' en la gran mayoría de los votantes, y porque el discurso primaveral contra la ultraderecha tricornia y trifálica se ha consumido asombrosamente en beneficio del ardor patriótico.

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