Los chacales mordieron a su puto amo, Rufián

El escarmiento de los ultras es el castigo ejemplar a quien los instigó en la subversión y el antisistema

Foto: Gafriel Rufián, expulsado de las protestas de Barcelona. (Reuters)
Gafriel Rufián, expulsado de las protestas de Barcelona. (Reuters)

No creo que Gabriel Rufián merezca solidaridad alguna por el escarmiento que le han propinado públicamente las fieras que él mismo había amaestrado. Se han liberado del amo. Le han mordido los tobillos. Y han terminado reprochándole haber levantado la bandera blanca cuando nadie más que él había blandido la estelada como instrumento de insumisión al Estado y como submarino de las ideas incendiarias en el Congreso.

Rufián reniega de la gasolina, pero había sido hasta la noche del sábado uno de los grandes agitadores del mito de la soberanía por todos los atajos. No ha hecho otra cosa que frivolizar con el franquismo contemporáneo y socavar la credibilidad del sistema. Ha atacado a los jueces, a los políticos. Ha instalado entre los cachorros del soberanismo el mensaje de la insumisión.

Y ahora que la subversión aparece sin complejos ni sonrisas, resulta que Rufián improvisa un papel de pacificador cuya inverosimilitud se la restriegan los chacales al grito de 'botifler'. Los amamantó Gabriel. Fue Rufián el activista conceptual. Tenía una camiseta para cada desorden verbal. Rajoy era un carcelero. Borrell, una vergüenza. Y Rivera, un fascista.

Nunca terminó de creerse uno su mutación de humorista nocturno a hombre de Estado. Ni requiere mucha memoria evocar su faceta de monologuista en el hemiciclo. Cuando rapeaba y derrapaba. Cuando se vestía con indumentaria de 'show', más allá del cubata invisible. Y cuando prodigaba en el escaño sus mejores gags provisto de 'atrezzo': aquella impresora, aquellas esposas. Rufián, como diría Guardiola, era el puto amo.

Sobrevino una mutación. Estilizó su figura. Esmeró la barba. Se despojaba, en apariencia, de los clichés del antisistema. Porque se vive bien en el sistema

Luego sobrevino una extraña mutación. Se vestía con más decoro. Había estilizado su figura. Esmeraba la barba. Y se había ido despojando, solo en apariencia, de los clichés del antisistema. Porque se vive muy bien en el sistema. Y porque el sistema termina normalizando o domesticando a las furias que aspiraban a derrocarlo.

Ahí está el chalé de Iglesias, precioso en otoño. Y la trivialización de Abascal en el gallinero. El Parlamento ha engullido a los iconoclastas y a los rebeldes, más allá del cinismo con que unos y otros celebran las suculentas mensualidades. Parecía que había cambiado Rufián. Y no solo porque se vive muy bien en Madrid de diputado. También porque se había retirado Tardà. Que era su contrafigura seria. No podían ser iguales los dos portavoces. De modo que uno ejercía de actor triste y el otro lo hacía de actor alegre, a semejanza de las máscaras del teatro griego.

Rufián, con una camiseta de Harry Potter.
Rufián, con una camiseta de Harry Potter.

Desempeñaba ahora Rufián una suerte de portavocía híbrida, cuando no esquizofrénica, pero se diría que alcanzó a poseerlo un abrumador celo institucional. Quería pactos. No quería elecciones. Había llegado a defender la estabilidad de la nación. Incluso parecía haber frenado el furor independentista. Porque por encima de todas las causas prevalecía la bandera de la izquierda. Lloraba Rufián más que un hincha del Atleti.

No, no había que fiarse de Rufián. Tanta mesura, tanta responsabilidad, se malograron cuando el pasado lunes dijo que la sentencia del 'procés' no era un veredicto sino una venganza. Y aprovechó para pedir el voto. Para vengar en las urnas el martirio de Oriol Junqueras. Pareció la reacción demasiado tibia a muchos colegas de ERC, una premonición elocuente de cuanto le sucedió anteanoche en Barcelona. A Rufián querían desollarlo sus propios cuervos.

Y no es que el líder de Esquerra se haya moderado. Su discurso no ha hecho sino radicalizarse. Claro que hubiera preferido chantajear al Gobierno de Sánchez. Y claro que hubiera querido a Podemos en el Ejecutivo como pasadizo hacia el referéndum de autodeterminación, pero las tácticas parlamentarias nunca han disuadido el objetivo de la tierra prometida, aunque antes haya que quemarla.

La amenaza para el domador de leones es que las criaturas terminen devorándote después de haberlas enseñado a saltar por el círculo de fuego

No podía ser gratuita la amistad con el compadre Otegi ni la condescendencia con el terrorismo etarra. Rufián es un actor determinante en la estrategia de la desconexión. La amenaza para el domador de leones es que las criaturas terminen devorándote después de haberlas enseñado a saltar por el círculo de fuego.

Rufián es quien era, el instigador de la subversión, pero la ferocidad de sus esbirros tanto define el proceso de degeneración y de implosión del soberanismo como aspira a vestirlo con el disfraz de moderado. Esa camiseta le queda muy grande.

No es no
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