Vox: de la marginalidad al contrapoder

El partido dirigido por Santiago Abascal exhibe músculo parlamentario y político deteriorando el hábitat democrático y comprometiendo al Partido Popular de Pablo Casado

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal, celebrando los resultados de las elecciones del pasado domingo. (Reuters)
El líder de Vox, Santiago Abascal, celebrando los resultados de las elecciones del pasado domingo. (Reuters)
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Se le han quedado cortos a Santiago Abascal los Cien Mil Hijos de San Luis. El mesías de Vox custodia desde la peana sus 3,6 millones de votantes, militantes y paramilitantes, neologismo que alude al híbrido del afiliado castrense cuya filantropía exuda el lema “A por ellos, oé, a por ellos, oé”.

Abascal ha convertido la muchedumbre electoral en el aval para intoxicar la convivencia y encubrir sus decisiones. Lo dijo claramente en la euforia del día después: quien lo insulte a él, está insultando a 3,6 millones de españoles. Queda expuesta, pues, una identificación, una mistificación, entre el condotiero y la grey, a su vez ilustrativa de un movimiento político-social que consolida la superstición del electorado hacia las referencias providencialistas.

El vicepresidente Pablo Iglesias, homologado en Moncloa por el cinismo de Sánchez, fue el mesías de la extrema izquierda como Abascal lo es ahora de la extrema derecha. Se resiente de la polarización la salud de la propia democracia española. No por discutir la legitimidad de las urnas, sino por los vaivenes cesaristas que transitan de la utopía a la distopía.

Distópica es la España preautonómica y precomunitaria que postula Abascal con su armadura de cruzado. Una regresión cavernaria que abomina del mundo global y cosmopolita en beneficio de una patria imposible y anacrónica. Acostumbra a decirse estos días que no puede haber en España 3,6 millones de ultraderechistas, pero ni el cabreo ni la indignación elude la responsabilidad de quienes se han adherido a un partido oscurantista e inequívoco en sus propuestas. No ya por la xenofobia, la eurofobia, el antifeminismo y el antiliberalismo de antaño, sino porque la propuesta de ilegalizar partidos y la mordaza a la prensa jalonan las novedades de un proyecto confesional y supremacista que se abastece irresponsablemente de las psicosis.

Vox: de la marginalidad al contrapoder

Más que una parodia de Trump y un reflejo de la ultraderecha excluyente que amenaza Europa -de Polonia a Italia-, el eslogan de “España para los españoles” representa la paradoja de neutralizar el soberanismo catalán desde el nacionalismo rojigualda. Abascal opone una religión a la otra. Rebate la Constitución en títulos y artículos capitales. Excita el patriotismo de la pureza y de la identidad. Estigmatiza al extranjero, al “otro”. Propone la erección de muros y de fronteras. Cultiva los instintos y las emociones con el griterío del estadio: a por ellos, a por ellos.

No hubiera conseguido Abascal semejante victoria -52 diputados- sin los disturbios de Barcelona, sin la complicidad de los votantes y sin la colaboración de los rivales. Pedro Sánchez es el ejemplo más claro porque la convocatoria electoral exacerbó la aversión al sistema y porque hizo del monstruo de la ultraderecha el mejor argumento movilizador... de la ultraderecha.

El antisanchismo ha dado vuelo a Vox como lo han hecho las operaciones de blanqueo en que han incurrido PP y Cs. Lo demuestran los pactos de gobierno implícitos, la imagen escandalosa de Colón, la 'omertà' que Rivera y Casado expusieron en el debate televisivo y la propuesta de ilegalización de partidos que se tramó obscenamente en la Asamblea de Madrid.

Abascal se ha “normalizado” sin renunciar a sus mensajes incendiarios e inconstitucionales. Y ha introducido una mutación en Vox que homologa su partido con la ultraderecha continental. Ya no es una agrupación pintoresca que aglutina gremios desclasificados -cazadores, machotes, carnívoros, taurinos- y folclore patriotero, sino un proyecto retrógrado que pretende resolver problemas reales -la desigualdad, la angustia obrera, la inmigración, el desempleo- con soluciones viscerales y utópicas. De hecho, la gran ventaja de Abascal consiste en que se halla exento de gobernar. Su margen de crecimiento se lo va a proporcionar el desgaste y la negligencia de los adversarios.

Y se lo va a garantizar su posición en el teatro de la antipolítica y del bloqueo, sobre todo porque el umbral de los 50 diputados permite a Vox presentar recursos de inconstitucionalidad para neutralizar las leyes que se aprueben en las Cortes y hasta en los parlamentos autonómicos. Reviste interés este último matiz porque Abascal puede condicionar los pactos de gobierno vigentes. Y porque amenaza seriamente la hegemonía del PP de Pablo Casado en el liderazgo de la oposición, no digamos cuando Abascal convierta el pacto de Sánchez e Iglesias en el mejor argumento recurrente para exteriorizar el megáfono. El Parlamento será para el líder de Vox el mejor teatro de operaciones.

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