El crupier Sánchez y la ruleta... rusa

Esta semana comienza la gran mascarada de las reuniones y consultas, pero el presidente ya tiene decidido su pacto con Iglesias y Junqueras

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Pedro Sánchez
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El pacto de Sánchez, Iglesias y Junqueras está cerrado, pero el presidente del Gobierno necesita enmascararlo en un ejercicio de cinismo estratégico y de hipocresía litúrgica. Se trata de masajear a la opinión pública. Y de anestesiarla con la mascarada de las reuniones estériles, hasta el extremo de terminar denunciando —lo veremos— la intransigencia del PP y de Ciudadanos.

Tendremos información transparente e impecable de estos desencuentros que se avecinan, pero no sabemos ni sabremos los pormenores de los acuerdos que se han urdido en la prisión de Lledoners. Sánchez los custodia entre el hermetismo y la opacidad. Porque son indigeribles. Y porque espantarían la reunión de cortesía que ha organizado con naranjas y populares.

Se dirige Sánchez a Casado y a Arrimadas no para reclamar su abstención o su apoyo, sino para restregarles su compromiso con ERC y UP

Se dirige Sánchez a Casado y a Arrimadas esta semana no para reclamar su abstención o su apoyo, sino para restregarles el compromiso siniestro que ya ha adquirido con ERC y Unidas Podemos. El presidente del Gobierno es el crupier del casino que juega a la vez en dos mesas. Una es la partida de verdad, la que va a mantenerlo en la Moncloa. La otra partida está amañada. No solo porque Sánchez va a forzar el desencuentro explícito de PP y Cs, sino porque aspira a utilizar el farol constitucionalista para resolver las últimas dudas de Esquerra Republicana.

Es verdad que Junqueras se ha descolgado con un calendario y unas exigencias hiperbólicas —mesa de negociación bilateral, autodeterminación—, pero la sobreactuación del 'pater' del soberanismo tanto aspira a tranquilizar a los votantes ortodoxos como redunda en la teatralidad de la pantomima. No cabe mejor submarino que el camarada Iglesias en Moncloa para la fecundidad de la causa indepe. Ni cabe peor expectativa que una repetición electoral de la que podría salir beneficiada la derecha. Otra cuestión es que Junqueras y Sánchez necesiten fingir un desencuentro táctico. Y que el presidente del Gobierno haya organizado una semana de contactos políticos como si cupieran en su cabeza otras alternativas verosímiles.

Ya lo dice Sam 'Ace' Rothstein en el enjambre de mesas y ruletas que se amontonan en 'Casino'. "Se trata de hacerlos jugar el mayor tiempo posible. Cuanto más juegan, más pierden. Y, al final, nos quedamos todo. Esa es la verdad sobre Las Vegas. Somos los únicos que ganamos". El juego es descriptivo de una farsa cuya obscena tramoya difícilmente puede ocultarse. Ni siquiera apelando a la reputación moral de la izquierda; insistiendo en el mensaje de las "políticas sociales"; o tratando de inculcarnos que ERC, más allá de las expectativas soberanistas y de la guillotina borbónica, aloja la solución del problema catalán.

Sería Esquerra Republicana la fuerza moderada (¡!) con la que debe encontrarse una escapatoria al "conflicto" territorial y conceptual. Un aliado implícito en los salones de Madrid. Y un socio explícito en Cataluña bajo la fórmula instrumental del tripartito (ERC, PSC, comunes).

Los negociadores del PSOE, José Luis Abalos (d), Adriana Lastra (2d) y Salvador Illa (3d), y de ERC, Marta Vilalta (i), Gabriel Rufián (2i) y Josep Maria Jové (3i). (EFE)
Los negociadores del PSOE, José Luis Abalos (d), Adriana Lastra (2d) y Salvador Illa (3d), y de ERC, Marta Vilalta (i), Gabriel Rufián (2i) y Josep Maria Jové (3i). (EFE)

Impresionan el descaro y temeridad con que Sánchez planifica su coronación en la Moncloa. Los recelos que hace unas semanas le impedían cogerle el teléfono Torra han engendrado un nuevo episodio de amnesia. Es la razón por la que el 'president' le va a cobrar el despecho. No ya con el requisito preliminar de la autodeterminación, sino renegando de convertirse en un líder autonómico cualquiera. Torra ha destapado el obsceno truco de Sánchez. No tenía intención el líder socialista de recibir a los presidentes regionales, pero la iniciativa colectiva, el jaleo de la muchedumbre, aspiraba a disimular el mano a mano privilegiado con el colega catalán.

Sucede lo mismo con el teatrillo de la ronda de los partidos. El PSOE se reunirá con todos a iniciativa de Adriana Lastra, no porque se haya replanteado el cordón sanitario que antaño satanizaba a Vox, sino porque la condescendencia hacia la ultraderecha habilita un pretexto formidable para entrevistarse apaciblemente con Bildu. Los socialistas han blanqueado a la formación abertzale en Navarra. La han convocado a la aprobación de los Presupuestos.

Torra ha destapado el truco de Sánchez. No tenía intención de recibir a los presidentes regionales

Es la perspectiva —y la premeditación estratégica— desde la que resulta inconcebible la posibilidad de concitar la adhesión de Cs y del PP, aunque desconcierta al mismo tiempo la comodidad con que los populares transigen con la temeridad sanchista y la facilidad con que han declinado la propuesta constitucionalista de Inés Arrimadas. Pablo Casado debería tomársela en serio, explorarla hasta donde sea posible, pero la subordina entre sus prioridades tácticas porque no quiere concederle a Abascal el liderazgo de la oposición. Y porque sí espera una legislatura breve y tormentosa que le devuelva las opciones de postularse a la Moncloa. Tanto vale para Casado otro pasaje lapidario de Sam 'Ace' Rothstein. "Hay tres formas de hacer las cosas. La correcta, la incorrecta y la mía". Hagan juego, señores. Con la ruleta. Y con la ruleta rusa.

No es no
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