Manos arriba, Latrocinio Nacional

Se llama Lotería Nacional, pero la fiesta de los bombos y los niños es una gran estafa blanqueada e institucionalizada con que el Estado fomenta la ludopatía

Foto: Funcionarios del Organismo Nacional de Loterías y Apuesta del Estado (ONLAE) preparan el inicio del sorteo extraordinario de Lotería de Navidad. (EFE)
Funcionarios del Organismo Nacional de Loterías y Apuesta del Estado (ONLAE) preparan el inicio del sorteo extraordinario de Lotería de Navidad. (EFE)
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Tendría sentido el escrúpulo con que el Estado alerta contra la ludopatía y la proliferación de casas de apuestas -on line y físicas- si no fuera porque el Estado mismo induce y estimula la frivolidad y la patología del juego encubriéndose en las voces atipladas de unos angelotes uniformados. Los niños de San Ildefonso escenifican la gran manipulación. No premeditadamente (ellos), pero la ternura de sus mantras y la aparente fecundidad de los premios sobrentienden una pureza y una ingenuidad en flagrante contradicción con la estafa del sorteo.

Llegamos a creernos que la lotería toca de verdad. Y pensamos que cuando el gordo cae en Valladolid o en Almería le ha caído a la población entera, una suerte de maná providencial que fertiliza tierras baldías y convierte los hogares deprimidos en una película de Frank Capra.

No debería el Estado crear falsas ilusiones, valerse de la cabalística de la lotería para cultivar la superstición y disimular el énfasis recaudatorio

Es una indecencia que el Estado tutele y hasta detente la categoría de las Loterías y Apuestas. No ya por la connotación monopolística, sino porque el sorteo de este domingo y las otras fórmulas de azar institucionales fomentan con avidez la enfermedad de juego. Se trata de una patología social que la fechoría del “gordo” encubre en una festividad indecorosa.

No debería el Estado crear falsas ilusiones, valerse de la cabalística de la lotería para cultivar la superstición y disimular el énfasis recaudatorio. Tan voraz es el propio Estado que le cobra la timba dos veces a los jugadores. Primero, con el precio del boleto. Y, en segundo lugar, con el 20% de impuestos que sustrae a los premios superiores a los 20.000 euros.

La sociedad ha transigido con el Latrocinio Nacional porque el Estado ha logrado blanquear la lotería. La expectación del anuncio, la promesa del paraíso y la entusiasta cobertura mediática predisponen una coreografía benefactora que edulcora la sordidez de la estafa. La lotería no se define ni justifica en la euforia de los ganadores, sino en el engaño de los perdedores.

La lotería es un cuento de Navidad, un placebo que nos hipnotiza en el movimiento circular del bombo, la hormigonera de los sueños

Tranquilidad. No aspira un servidor a convertirse en un pastor mormón que abjura del juego y de los placeres mundanos. Aquí el problema no consiste en la libertad individual para acudir al bingo, sino en la responsabilidad cenital y hasta genital del Estado. No solo porque se abstrae de su obligación de combatir la ludopatía, sino porque la ejerce entre los contribuyentes. Y lo hace contraindicando la calificación del juego como un problema de salud pública.

La lotería es un cuento de Navidad, un ejercicio de ficción, un placebo que nos hipnotiza en el movimiento circular del bombo, la hormigonera de los sueños. Y una decepción anual cuyo principal remedio consiste en apostarlo todo a la lotería del niño. Otra vez, una criatura distrae el señuelo del gran fraude. Y se ofrece como solución a los números rojos de las fiestas.

No es verdad que la lotería caiga repartida. Sí es cierto que España es un país de puteros y de ludópatas. Y que el Estado ha percibido la evidencia sociológica para convertir a los niños de San Ildefonso en las sirenas que prometen los sueños imposibles. Ya sucedía en 'Bienvenido Mr. Marshall', una fila de vecinos crédulos que soñaban con un tractor y una máquina de coser, ignorando que el convoy de los yanquis iba a pasar de largo. Al Estado y sus crupiers de uniforme escolar le sucede con la lotería lo mismo que a los casinos. Siempre gana la banca.

No es no
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