Una homilía vacía y estéril

Las generalidades de Felipe VI responden a la obligada asepsia, pero contradicen la emergencia institucional y la amenaza del pacto sanchista

Foto: El rey Felipe VI. (Ilustración: Raúl Arias)
El rey Felipe VI. (Ilustración: Raúl Arias)

El mensaje del Rey nunca trasciende sin la validación de la Moncloa. Reviste importancia el matiz porque las obligaciones de Felipe VI no consisten en decir lo que quiere, sino en decir lo que puede. Es una manera de prevenir la injerencia del jefe del Estado, pero también de limitar su influencia en una situación de emergencia institucional como la que ha decidido precipitar Pedro Sánchez en beneficio de su propia investidura.

Se explica así la homilía de incienso constitucional que ofició Felipe VI en su mensaje a los hogares españoles. Tanto hubiera valido el discurso para clausurar una entrega de premios o para inaugurar un aula universitaria. Se le puede agradecer la mesura, el empaque, el énfasis patriarcal, pero esta costumbre de los sermones navideños se debilita en su propina inanidad.

Se le puede agradecer la mesura, el énfasis patriarcal, pero esta costumbre de los sermones navideños se debilita en su propina inanidad

La enjundia del mensaje hay que buscarla con ayuda de espeléologos. Se requiere mucha lectura entre líneas y demasiada exégesis para encontrar una reprimenda a los saboteadores de la Constitución. Previene Felipe VI de los extremismos. Defiende de oficio nuestras reglas de convivencia, pero la vacuidad de la prédica tanto evita alusiones concretas a los artífices del chantaje como excluye cualquier referencia a la siniestra complicidad de Pedro Sánchez. La novedad de la crisis catalana no consiste en la urgencia con que los soberanistas reclaman la autodeterminación, sino en la temeridad con que el presidente del Gobierno se ha incorporado a la conspiración amparado en la empatía de Iglesias. No ya relativizando el comportamiento delictivo de Torra y la interlocución carcelaria de Junqueras, sino debilitando las instituciones y doblegándolas con irresponsabilidad al imperativo de la investidura.

Una homilía vacía y estéril

El último ejemplo es la contorsión de la Abogacía del Estado. Sánchez induce un dictamen de la sentencia del TJUE cuyas conclusiones satisfagan el soborno de Esquerra Republicana. Es un ejercicio de humillación y de sumisión que añade un nuevo brochazo al 'Manual de supervivencia' y que contradice el escrúpulo político que Felipe VI reclamaba en su estéril discurso.

El equilibrismo del Rey es obligatorio. La asepsia de sus palabras obedece a la honestidad del arbitraje, pero carece de sentido hablar diez minutos para no decir nada, más todavía cuando Pedro Sánchez está urdiendo un Gobierno cuyos aliados explícitos (Unidas Podemos) y cómplices implícitos (ERC) reniegan de la Constitución que el propio monarca defendía.

Nos tutea el Rey porque así lo establece la liturgia. Nos proporciona un mensaje de autoestima y de orgullo patriótico. Se sensibiliza con el desempleo de los jóvenes y con las urgencias ecologistas, pero la importancia de la homilía se encuentra en todo aquello que no ha podido decir o que está obligado a callar. Es verdad que el retrato de Leonor implica un mensaje subliminal respecto al porvenir de la Corona, pero Sánchez ha decidido embarcarse en la legislatura con una tripulación de corsarios regicidas.

No es no
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