Una temporada fascinante, una legislatura letal

Talavante, Aguado, Roca Rey y José Tomás acaparan el interés de un ejercicio taurino que se enfrenta al acoso y derribo con que el nuevo Gobierno amenaza la tauromaquia

Foto: El diestro Alejandro Talavante da un pase con la muleta durante la última corrida de la Feria del Pilar. (EFE)
El diestro Alejandro Talavante da un pase con la muleta durante la última corrida de la Feria del Pilar. (EFE)
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Solo faltaba José Tomás. Y resulta que el torero madrileño se anuncia dos mañanas en Nîmes —31 de mayo y 20 de septiembre— como acontecimiento idólatra de una temporada que se promete fascinante. Porque reaparece Alejandro Talavante; porque regresa Roca Rey a los ruedos españoles; porque Pablo Aguado está llamado a reanimar las 'apariciones' de 2019; porque Ureña tiene que defender el título de triunfador del año pasado, y porque las figuras —Morante, Juli, Manzanares, Castella, Perera, Ponce— no van a regalar sus galones.

Tampoco va a ponerlo fácil Antonio Ferrera. Suyo es el mérito de haber indultado el primer toro del año, este fin de semana en Olivenza. Un ejemplar de Garcigrande cuya calidad y bravura demuestran que la divisa salmantina se ha instalado en cabeza de las grandes ganaderías contemporáneas. Podría añadirse 'comerciales', pero la connotación peyorativa es un prejuicio torista que ha sido sistemáticamente cuestionado por la regularidad y casta de Juan Pedro Domecq, Victoriano del Río, Núñez del Cuvillo, Alcurrucén, Jandilla y Santiago Domecq, la gran sorpresa del pasado ejercicio y la versión más afinada del encaste Parladé.

Se amontonan, por tanto, las razones para la euforia, aunque también proliferan los argumentos para la incertidumbre. El motivo accidental es el impacto que puedan tener el coronavirus y las ferias expuestas a la suspensión. El motivo estructural consiste en la hostilidad de la legislatura que acaba de inaugurarse. Es verdad que la vicepresidenta Ribera aseguró en una entrevista a Carlos Alsina en Onda Cero que no habría iniciativas contra los toros ni contra la caza, pero la presión de Unidas Podemos y el antitaurinismo explícito del presidente Sánchez sobrentienden una faena de acoso y derribo, no necesariamente con referéndums y prohibiciones, pero sí con restricciones económicas y medidas reglamentarias. Ninguna se antoja tan elocuente como prohibir la entrada a los menores de edad. Ya se aplica en algunas comunidades tan poco taurinas como Baleares, pero el paternalismo de Pablo Iglesias pretende generalizar la idea de que la tauromaquia corrompe a los niños y adolescentes. Protejámoslos.

La paradoja de fondo es cuanto menos curiosa: un espada puede tomar la alternativa con 16 años. Y torear incluso novilladas picadas con menos edad. Lo que no puede hacer es subirse al tendido. Quizá termine sucediendo que Iglesias establezca el límite de 18 años para doctorarse, aunque el aspecto más inquietante del horizonte consiste en el desarrollo de la ley de bienestar animal. Y de las consecuencias que puede adquirir en la normativa más prosaica de transporte de ganado, de permisos administrativos, de políticas de subvenciones, de presiones fiscales. Lo decía Napoleón: no me interesan las leyes, me interesan los reglamentos.

José Tomás, en una corrida benéfica, en la Monumental Plaza México, en Ciudad de México, en 2017. (EFE)
José Tomás, en una corrida benéfica, en la Monumental Plaza México, en Ciudad de México, en 2017. (EFE)

No cabe mayor contraste entre la vitalidad del escalafón y la hostilidad del territorio en que se desenvuelve la tauromaquia. Se ha producido un relevo generacional cuyos efectos han despertado vocaciones entre los espectadores más jóvenes. La temporada de 2019 fue, probablemente, la mejor del siglo XXI. Puede que nunca se haya lidiado un toro tan exigente y bravo como el contemporáneo. Y puede que no hayamos visto torear nunca a nadie tan despacio como a Pablo Aguado. Proliferan los toreros de calidad, Diego Urdiales entre ellos. Y se ha convertido Roca Rey en la figura carismática y mesiánica que necesitaba la Fiesta.

Son los Presupuestos con que comienza el ejercicio de 2020. La tensión política de 2019 convirtió la tauromaquia en munición electoralista. Vox vampirizó la veta identitaria, españolaza, del mismo modo que el PSOE y Cs prefirieron inhibirse. No parece sostenible concluir que los toros sean de derechas o de izquierdas, pero sí convendría evocar el testimonio de la vicepresidenta Calvo, cuando decía que los toros son la vanguardia y la modernidad.

Resolver el malentendido forma parte de los grandes desafíos megalómanos que tiene delante de sí el toreo, pero no es sencillo conseguirlo en una sociedad escéptica y de sensibilidad animalista-urbanita. La tauromaquia arriesga aislarse. Huye de ella la publicidad. Y se ha consolidado un apagón mediático. Los toros son el segundo espectáculo de masas, pero se han instalado en una suerte de semiclandestinidad, tanto por la hostilidad exterior como por la pulsión autodestructiva. Quizá su camino de supervivencia radique precisamente en la vocación contracultural y hasta contestataria, pero a la precaria salud de la Fiesta —y a la viabilidad económica del espectáculo— no le conviene el antagonismo de la Administración y del Gobierno.

No es no