Muerte de un maestro
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Rubén Amón

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Muerte de un maestro

El Largo nos inició en la literatura a los alumnos de Escolapios de Pozuelo, pero es el paradigma universal del profesor que marca una vida

Foto: Foto: iStock.
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No está de más ponerle un nombre y un apellido a uno de los difuntos que se amontonan en la frigidez de las encuestas. Y quien dice un nombre dice un apodo, pues quiero escribir el obituario de El Largo, sobrenombre de un profesor de literatura que tuvimos en los Escolapios de Pozuelo y que pertenece a la estirpe de quienes son capaces de cambiarte la vida.

Me he dado cuenta años después. Y he ido siendo consciente del mérito que suponía despertar las vocaciones literarias entre aquellos alumnos adolescentes, sobre todo porque prevalecía la afición a los diarios deportivos y a las revistas clandestinas exuberantes (siempre se dijo en los mentideros que a los pucheros se le echaba bromuro).

Foto: El profesor del colegio Trueba de Bilbao Iñaki Zulueta, con algunos elementos que utiliza para los vídeos humorísticos para animar a los alumnos del centro. (EC)

El Largo era el apodo de Enrique Tejedor. La crueldad estudiantil justificaría que fuera un profesor menudo y cabizbajo, pero El Largo destacaba por su aspecto imponente y carismático. Parecía un militar. Y conseguía entre los alumnos la disciplina correspondiente, pero vino a saberse que sus movimientos mecánicos eran la secuela de un accidente de tráfico.

Un profesor severo. Un hombre de fe con titubeos existenciales. Un señor justo. Y un tipo más sensible de cuanto estaba dispuesto a aceptar. Escaseaban tanto las bromas en su repertorio que se celebraban con desproporcionada euforia, aunque la mayor contribución de El Largo fue la de enseñarnos a 'aprehender' el 'Quijote', no ya como paradigma de la literatura intemporal, sino como camino de iniciación al humanismo. El Largo nos hizo disfrutar de la literatura. Y nos concedió el tratamiento de adultos, aunque distáramos mucho de serlo y no lo hayamos logrado todavía.

Seguro que han muerto muchos profesores estos días. Y que han fallecido tantos maestros en la acepción plena del sustantivo (como diría El Largo)

Seguro que han muerto muchos profesores estos días. Y que han fallecido tantos maestros en la acepción plena del sustantivo (como diría El Largo). Me permito representarlos con el nombre y el apellido de Enrique Tejedor. Que tanto era nuestro profesor de literatura en Segundo de BUP como simboliza la figura del enseñante que nos ha marcado a todos.

Su camino fue el del aplomo, la inteligencia y la autoridad. No porque ejerciera esta última despóticamente, sino porque supo ganársela en la tarima. Premiando cuando debía, castigando a tiempo. Y logrando que sus clases de metaliteratura se observaran con atención y silencio.

Creo que es el estado de ánimo más idóneo para leer la carta que él mismo escribió cuando llegó el momento de jubilarse, hace ahora diez años. No deberían retirarse nunca los sabios. Puestos a hacerlo, no se me ocurre mejor testimonio que el que sucede a estas líneas y que me ha hecho llegar mi compañero José María:

Su camino fue el del aplomo, la inteligencia y la autoridad. No porque ejerciera esta última despóticamente, sino porque supo ganársela

"En diferentes ocasiones, me ha tocado despedir a los alumnos de Segundo de Bachillerato. Hoy me toca, aunque muy a mi pesar —pero esa sería otra historia— despedirme a mí mismo de mí mismo y de vosotros.

Termina mañana mi vida laboral, la mayor parte de ella vivida en este colegio, entre vosotros, y, con ella, termina mucho, mucho más; pero esa también sería otra historia.

Siempre he creído que toda jornada —y eso a fin de cuentas es la vida— más allá de cualesquiera otros sentimientos, puede y debe cerrarse y encerrarse en dos palabras: gracias y perdón.

Por ello:

Gracias a quienes, sin conocerme casi, me habéis querido.

Gracias a quienes me habéis querido a pesar de conocerme.

Gracias a quienes, amablemente, me habéis dejado creer que me queríais.

Perdón por casi todo.

Y, por encima de todo, sed felices, sed honestos, sed sinceros y recordad que el colegio no existe. El colegio sois cada uno de vosotros y solo será lo que vosotros seáis.

Y, si alguna vez me recordáis, habladle bien de mí a Dios, a ver si así…

Un fuerte abrazo".

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