A Pedro Sánchez le aburre el Parlamento

El presidente aspira a quitarse de encima uno de los pocos sistemas de control que sirven de escrutinio al estado de alarma y se trabaja el amor de Cs

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso. (EFE)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante la sesión de control al Ejecutivo en el Congreso. (EFE)

Pedro Sánchez bien podría recuperar el calendario napoleónico. O sea, sustituir los meses convencionales por los que se consolidaron al paso de la Revolución. Estaríamos ahora terminando el mes pradial camino del floreal, cuyo comienzo, el 20 de mayo, describiría a su vez la prórroga mensual del estado de alarma. Y permitiría a nuestro césar sustraerse al control del Congreso.

No le gusta a Sánchez acudir al Parlamento ni mirarse en el espejo de la verdad. Y no porque sean del todo ciertos los reproches que le arrojan los adversarios —el lanzamiento de muerto es el deporte nacional de la política española— sino porque le incomoda exponerse a la precariedad aritmética y política, hasta el extremo de que Ciudadanos se ha convertido en lazarillo famélico para caminar en la oscuridad mientras enloquecen de celos Iglesias y Rufián.

A Sánchez no le gusta el Parlamento porque recela de los espacios de control y de contrapeso. El estado de alarma le ha revestido de poder y de resabios napoleónicos, de tal manera que la moratoria de un mes del estado de alarma le permitiría distanciarse de la propia fragilidad, aunque sea correspondiendo a las exigencias de Ciudadanos. Inés Arrimadas es el Cirineo que recoge a Sánchez del suelo. Y que apuntala su viacrucis para estupefacción, ya decimos, de Pablo y de Gabriel, cuya influencia en la mayoría dista mucho de la que habían imaginado cuando iban a engendrarse las siete Españas que anunciaba Iceta al compás de la música de Gloria Gaynor.

Se aburre Pedro Sánchez en el Parlamento. Evita la mirada de sus adversarios. Elude el cuerpo a cuerpo, no digamos cuando Abascal amenaza con la manifestación motorizada del 23-M. Vox es un partido desubicado y extravagante, pero es muy interesante que la única iniciativa que han propuesto consista en el bocinazo y el monóxido de carbono. La 'dialéctica' del ruido, el cainismo del conductor cabreado. El atasco mental. 'Mujer tenías que ser'. 'Pon los intermitentes, cabrón'. Abascal siempre ha hablado con el claxon, pero ni siquiera Sánchez se tapa los oídos. Permanece ensimismado en su asiento, pensando para sí 'a ver cuándo termina esta mierda'. Y urdiendo números y concesiones para quitarse de encima el rugido de los leones que custodian la puerta principal de las instalaciones parlamentarias. "Qué coñazo", dijeron Aznar y Rajoy, para desquitarse de las obligaciones institucionales. A uno le aburrió su propio discurso en el Parlamento Europeo. Y al otro le pareció insufrible el desfile de las fuerzas armadas.

Pensará Casado que no hay presidente que resista a la caída del PIB de 10 puntos ni a un paro del 20%. Y dirá que no hay alternativa más viable que la suya

Bien podría Sánchez imitar a Felipe González. Ausentarse como lo hacía el patriarca del PSOE. No mencionaremos con demasiada crueldad las diferencias entre ambos, pero sí diremos que el Parlamento es ahora más relevante que nunca, precisamente por la excepcionalidad del estado de alarma y porque la suspensión democrática que vivimos y toleramos —la parálisis de la Justicia, la suspensión de derechos— exige precisamente la plenitud de la democracia representativa y la lucidez de los parlamentarios opositores.

No parece el caso de Pablo Casado. Ha proclamado que se le ha agotado la paciencia. Y ha garantizado un 'no es no' para la votación de la semana que viene. Podría entenderse la iniciativa, si no fuera porque el líder del PP ni siquiera va a esperar a los pormenores de la propuesta de Sánchez.

Ni le interesan ni le importan. Ya ha creado su propio Gobierno en la sombra. Y ya se observa a sí mismo como anfitrión de la Moncloa. No solo confiando en la derrota de la votación de la prórroga sino relamiéndose del zarpazo económico que se avecina. Pensará Casado que no hay presidente que resista a una caída del PIB de 10 puntos ni a un desempleo del 20%. Y se dirá Casado a sí mismo que no hay otra alternativa más viable que la suya, convocando incluso las recetas económicas que sacaron España de la crisis y que convierten al PP en instrumento de resurrección. Casado espera su momento, su mes. Y debe gustarle termidor, evocando el trance de la revolución que destronó a los jacobinos en beneficio de los conservadores, aunque semejantes pretensiones subestiman la mayor cualidad de Pedro Sánchez, o sea, el instinto de supervivencia y la naturalidad con que ha transitado de ERC a Podemos mientras a Iglesias, como diría Luis Aragonés, se le ha puesto esa cara de tonto con que las vacas miran el desplazamiento de los trenes.

No es no
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