El 'abascalazo' consagra a Sánchez

El líder de Vox degrada el Parlamento a un juego siniestro que favorece a Sánchez, alivia a Casado, perjudica a Felipe VI y coloca la clase política a espaldas de la psicosis sanitaria

Foto: El líder de Vox, Santiago Abascal, durante su intervención en la moción de censura. (EFE)
El líder de Vox, Santiago Abascal, durante su intervención en la moción de censura. (EFE)

La delicada credibilidad de las instituciones se ha deteriorado con el ultraje de Santiago Abascal en el Parlamento, no ya desprovisto de sus obligaciones dialécticas —parlamentar— sino degradando el Congreso a una instrumentalización que amenaza las obligaciones elementales hacia la democracia representativa.

Quienes creemos en ella y quienes la preferimos a las democracias populistas-plebiscitarias, también tenemos motivos para sentirnos profanados. ¿A quiénes representan realmente los partidos y los líderes que han saboteado este martes el templo de la Cámara Baja?

Abascal ha convertido la bala de plata de una moción de censura en una 'mascletá' folclórica. Y ha recuperado sus pulsiones antisistema desde el privilegio que le otorga el propio sistema. Ningún lugar mejor para hacerlo que el corazón de la democracia. Los leones no estaban fuera. Estaban dentro masticando la charlatanería.

Abascal ha manipulado el Parlamento. Lo ha utilizado. Tanto le ha servido la tribuna para atribuir al Gobierno un comportamiento "criminal y mafioso" como para inocular las versiones conspiranoicas del coronavirus, hasta al extremo de acreditar la pandemia en los términos de una "fabricación china". Estaba poseído Abascal por Trump. Y entregado a las supersticiones que caracterizan y caricaturizan la verborrea mesiánica, incluidos los eslóganes aislacionistas, los guiños supremacistas, los alardes de 'macherío' y los lemas antieuropeos. Si Abascal es la alternativa, larga vida a Sánchez.

De acuerdo. La mascarada castrense-patriotera de este miércoles y de este jueves es perfectamente legal y legítima, pero se resiente de una obscena dramaturgia oportunista y populista a la que se han adherido los líderes interpelados, independientemente de la gravedad de la psicosis sanitaria.

Porque el problema es el contexto y la inoportunidad. La corrupción del Parlamento a un callejón de insultos y crispación sorprende a la nación descoyuntada y expuesta incluso a la posibilidad de un toque de queda. Impresiona el término y el concepto, más todavía cuando la implantación de la medida podría requerir la generalización y la regresión del estado de alarma.

Esta mascarada castrense-patriotera es perfectamente legal y legítima, pero se resiente de una obscena dramaturgia oportunista y populista

Es la perspectiva desde la que, puestos a urgir, urgiría una tregua, un esfuerzo de consenso, un ejemplo de civismo político destinado a la tranquilidad de la ciudadanía. A cambio, la extemporaneidad de la moción —y las acrobacias de piromanía que la acompañan— suscribe un ejercicio desquiciado de exabruptos y de irresponsabilidad. Abascal quiere ser presidente, pero aparece sin programa. Parecía un tertuliano desaforado. Daban ganas de pagar la última y marcharse del bar.

No cabía tarima más confortable a la victoria tranquila de Sánchez. Se supone que era el destinatario de la iniciativa inquisitorial, la víctima de esta parodia destituyente, pero el extremismo de Abascal le ha proporcionado la ocasión de personarse como un pastor mormón y un casco azul. "Un patriota no desprecia a la mitad de los españoles", le dijo PS antes de incurrir en la tradicional cita de Machado. Y de sorprenderle con los pasajes de la última encíclica del papa Francisco en nombre de la fraternidad y de la tolerancia.

EFE.
EFE.

Debe ser la primera vez que un presidente socialista apela a la autoridad vaticana. Y que la utiliza para excomulgar a la extrema derecha, aunque Jorge Mario Bergoglio es un pontífice tan atípico e inusual que su imagen podría presidir el despacho de Pablo Iglesias.

No cabe expresión más elocuente del fracaso de Abascal ni peor favor que se le pueda hacer a la monarquía. Cada vez que la defiende el líder ultraderechista, tiembla el cetro de la princesa Leonor, por mucho que las posiciones hiperbólicas del macho alfa beneficien la timidez de Casado.

Debe ser la primera vez que un presidente socialista apela a la autoridad vaticana. Y que la utiliza para tratar de excomulgar a la extrema derecha

El discurso de Abascal fue un desperdicio de munición. Habiendo, como hay, tantos motivos para 'censurar' a Sánchez —el autoritarismo, el ataque a la separación de poderes, la ruina económica, la negligencia de la gestión sanitaria...—, el líder de Vox se ha entretenido en los despojos ideológicos y en las posiciones oscurantistas. Parecía un discurso castrista en la duración y franquista en las evocaciones del 'antes vivíamos mejor'.

Nada más sencillo para Casado que distanciarse de un discurso estrictamente inasumible, errático, disparatado. El objetivo formal de Abascal consistía en evacuar a Sánchez y convertirse en presidente. Y el objetivo político radicaba en desafiar la derechita cobarde de los populares. Debe constar, por tanto, la medida de su fracaso. Y deben añadirse las facilidades que le ha dado a Pablo Casado. No hay posible abstención. No es no.

Nótense la paradoja y el uso perverso o degradante del Parlamento. La mayoría de la investidura sale reforzada, cuando no canonizada, gracias al enemigo común de la extrema derecha. Y la derecha sale dividida a cuenta de la pugna del liderazgo. Abascal ha organizado un 'abascalazo'.

Sale perdiendo el Parlamento como espacio sagrado de representación. Y sale maltratada la sensibilidad de los españoles. Ahora que sobreviene la segunda ola del coronavirus con toda la ferocidad y angustia, resulta que los bomberos han decidido llenar las mangueras de gasolina. Hagan juego, señorías.

No es no
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