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Plácido Domingo, madrileño universal
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Rubén Amón

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Plácido Domingo, madrileño universal

El regreso triunfal del barítono al Teatro Real, después de tres años de castigo, redunda en una relación intensa y emotiva con la ciudad donde nació

Foto: El tenor Plácido Domingo durante su actuación en Madrid. (EFE/Teatro Real)
El tenor Plácido Domingo durante su actuación en Madrid. (EFE/Teatro Real)
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Los antiguos revisteros aludían a Plácido Domingo como el tenor de la calle Ibiza. Era una fórmula periodística clásica para definirlo de otra manera. Y una referencia inequívoca a la calle y a la ciudad donde nació el maestro. Cerquita del Retiro. Y en Madrid, Madrid, Madrid, como dice el chotis de Agustín Lara que tantas veces ha interpretado el cantante.

Lara era mexicano y nunca estuvo en Madrid —ni en Granada, pese a haberla inmortalizado en la canción homónima—, del mismo modo que Domingo fue en cierto sentido más mexicano que madrileño. Nacer, nació en la calle Ibiza, pero la itinerancia de la compañía de zarzuela de sus padres lo condujo de niño —y de adolescente— a echar raíces en el Distrito Federal.

Foto: Plácido Domingo, durante su actuación en el Teatro Real. (EFE)

La impronta de los orígenes no ha dejado de acompañarle. Madrileño. Madridista. Y artífice de proezas insólitas en la villa y corte. Por ejemplo, cuando reunió a 200.000 personas en aquel recital de la Ciudad Universitaria. Llegaron a proponerle presentarle a la alcaldía con las siglas de Alianza Popular. Y Nacho Cano compuso a su medida el nuevo himno merengón. Que sigue escuchándose en el Bernabéu, discrepando del proceso parajudicial o justiciero que se le ha organizado al coloso.

De hecho, el recital de este domingo en el Teatro Real adquirió los síntomas de un acto de resarcimiento. Nadie va a recompensar a Domingo del tormento ni de la degradación a la que ha sido expuesto. Se le ha condenado a la muerte civil. Se le ha proscrito. Y se le ha descrito de manera infame como un depredador sexual. No ha podido defenderse en los tribunales porque ni siquiera ha mediado un proceso. Y no ha dispuesto de los recursos elementales para contrarrestar la ofensiva mediática ni el boicot político.

Tres años después de…, Plácido Domingo volvía al Teatro Real por la puerta de servicio, urge recordarlo. Tenía que haber cantado estos días unas cuantas funciones de 'Nabucco' (Verdi), pero el veto ejemplarizante del Ministerio de Cultura explica que se le haya buscado acomodo en la alternativa del festival alternativo que organizaba el sello Universal.

O sea, que Domingo estaba y no estaba a la vez en el Real. El teatro era el teatro, pero desprovisto de cualquier referencia institucional. Una maniobra infantil y vengativa que no contradice la euforia con que fue aclamado. Y no solo por el veredicto del “jurado popular” ni por la desconcertante salud de Domingo a los 81 años, sino por los méritos artísticos. Y porque el maestro conserva intactos su carisma, su instinto musical, su timbre seductor.

Se ha reencontrado Domingo con su ciudad y con su teatro. O con uno de que sus teatros, pues no se concibe la relación del artista y la villa sin el talismán de la Zarzuela. Allí debutó como tenor deslumbrante —'La Gioconda' (1970)— y pudo exponer su afinidad a los compositores de mayor resonancia sentimental. Por eso quiso acordarse este domingo en el Real de Moreno Torroba ('Maravilla') y de Penella ('El gato montés'), evocados ambos en las propinas del espectáculo. Y convertidos en aliados de un regreso que redundaba en la paradoja del madrileño… universal.

El tenor de la calle Ibiza, decían los revisteros. Pero Domingo ha mutado a barítono. Y más que madrileño, como el torero Marcial, es una figura planetaria. De otro modo no habría tenido un cameo en los Simpsons, como antaño tuvo un personaje de los teleñecos llamado Plácido Flamingo.

De ahí provinieron las reservas de los puristas. Yo mismo, entre ellos, hasta que me convertí en partidario por razones muy particulares. Tendría 19 años cuando supe de su presencia en Madrid. Y descubrí que se alojaba en el hotel Rex. Y le dejé recado para que llamara a mi casa. Porque lo quería entrevistar. Añadiendo que podía llamarme a cualquier hora.

No advertí de la osadía a mi madre. Lo digo porque el maestro telefoneó a mi casa a media noche.

Soy Plácido Domingo, dijo

Y yo Pavarotti, mi madre respondió, aunque luego se percató del embarazo de la situación, como yo me percaté de que no existía, ahí estaba la prueba, estrategia comercial en el fenómeno de Domingo, sino un hombre espontáneo, cálido, generoso, trabajador, madridista, vaya por Dios, que estuvo a punto de perder la voz cuando rebuscaba a sus familiares entre los escombros del terremoto de México de 1985.

Entre la capital azteca y la española, 81 años ha cumplido Domingo con ese aspecto de patriarca, esa curiosidad del niño que se crió en una compañía de zarzuela y ese eslogan a medida que le ha permitido terminar los trabajos de Hércules: “Si descanso, me oxido”. Pues no descanse, maestro. ¿Por qué?

Los antiguos revisteros aludían a Plácido Domingo como el tenor de la calle Ibiza. Era una fórmula periodística clásica para definirlo de otra manera. Y una referencia inequívoca a la calle y a la ciudad donde nació el maestro. Cerquita del Retiro. Y en Madrid, Madrid, Madrid, como dice el chotis de Agustín Lara que tantas veces ha interpretado el cantante.

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