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Isabel II, cuanto más lejos… más cerca
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Rubén Amón

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Isabel II, cuanto más lejos… más cerca

Isabel II fue consciente de que la liturgia, el boato y la solemnidad definían una concepción de la monarquía sobrenatural que cohesionaba la nación y cuya distancia explica paradójicamente la devoción religiosa de los súbditos

Foto: La reina Isabel II en la Casa de los Lores del Parlamento. (EFE)
La reina Isabel II en la Casa de los Lores del Parlamento. (EFE)
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Puede que no sepamos nunca a qué hora y por qué razones murió Isabel II en la residencia de Balmoral. No lo digo por abrir espacio a las conspiraciones ni a las teorías delirantes, sino porque el misterio forma parte de los atributos de la Corona británica. Y del aura litúrgica que definió el reinado de la monarca británica en siete décadas de “supremo” ejercicio.

Isabel II no era una ciudadana cualquiera, sino la depositaria de un linaje cuya excepcionalidad también responde a las obligaciones rituales y al propósito de la solemnidad. Ahora que acaban de cumplirse 25 años de la muerte de Lady Di, quizá proceda recordar los reproches que se le hicieron a su majestad por su reacción inconmovible en los funerales.

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No es que Isabel II no quisiera llorar. No podía hacerlo. Se lo impedían la serenidad, el pudor, el escrúpulo… y la diferencia. La sensiblería y el sentimentalismo nos abruman en la sociedad del exhibicionismo lagrimero, pero Isabel II recorría una órbita distinta. Neutral hasta en los sentimientos y provista de unos rasgos sobrenaturales que explicaban la ingravidez, la longevidad y la devoción religiosa con que la observaban los británicos.

placeholder Flores en el Palacio de Buckingham. (Reuters/Toby Melville)
Flores en el Palacio de Buckingham. (Reuters/Toby Melville)

Tiene sentido evocar aquella jornada en que la entonces nonagenaria jefa de Estado visitaba el trono de 'Juego de tronos' sin darse por aludida respecto a la provisionalidad del sitial de hierro mismo, aunque su estirpe no fuera la de los Lannister. De la ficción a la realidad, la reina de Inglaterra perseveraba por completo ajena a la epidemia dimisionaria de las coronas europeas. Inglaterra no es exactamente Europa. Ni Isabel II era una reina cualquiera. De hecho, su forma de aferrarse a la Corona se relaciona con la concepción divina de la monarquía, siendo, como era, jefa de la Iglesia anglicana y desempeñándose como una figura extraterrenal, desde la liturgia y desde el convencimiento. Pensamos que la campechanía acerca la monarquía al pueblo. Y es un error que confirmaba el caso de Isabel II con la envoltura de su capa. Mayor era su boato, su fortuna, su noción teatral, su “diferencia”, más la querían sus súbditos. Y más cerca la sentían.

Ni Inglaterra es exactamente Europa ni Isabel II era una reina cualquiera. Se aferraba a la Corona en una concepción divina

No abdicaba Isabel II porque los reyes británicos no abdican. Hubo uno, es verdad, su tío, Eduardo VIII, que lo hizo en una crisis de amor pasional, pero la excepción es una manera de perseverar en la regla de la dedicación vitalicia, con más razón cuando la dimensión imperial de la Corona trasciende esta o aquella coyuntura política. Isabel II era la jefa de la Commonwealth. La reina de Papúa Nueva Guinea y de Belice, de las Islas Solomon y de Jamaica. Y de Barbuda y Antigua, y de los paraísos fiscales conocidos.

No abdicaba Isabel II por la ausencia de un heredero idóneo. El príncipe Carlos se desempeñaba como un disidente político. Carece del sentido de la neutralidad. Tanto llamaba a Putin Hitler como convertía la cría de los esturiones en una prioridad de Estado. Puestos a abdicar, Isabel II abdicaría en su nieto, siempre y cuando su hijo abdicara antes de ser rey.

Foto:  El rey Carlos III junto a su madre, la reina Isabel II, durante el Festival de Flores de Chelsey. (Getty/Tim Graham)

Que todavía es posible. Me refiero a que en Gran Bretaña no hay debate sobre los pormenores constitucionales porque no hay Constitución. Prevalecen la tradición y la jurisprudencia. Y permanece como principio fundacional la noción sagrada de que los reyes no abdican, como no lo hacían los papas hasta que la debilidad de Benedicto XVI puso en aprietos la perseverancia de Isabel II en su proporción metafísica.

No abdicaba Isabel II por la ausencia de un heredero idóneo. El príncipe Carlos se desempeñaba como un disidente político

Se puede ser monárquico por convicciones políticas, no es mi caso. Se puede ser monárquico por razones estéticas. Sí es mi caso. Y lo es el de tantos británicos que observaban en la monarquía no un ejercicio de absolutismo, sino un vínculo de identificación y de cohesión. Tanto se ha trivializado la política y tanto se ha desorbitado el sentimentalismo, que Isabel II, la Roca —así la denominó la 'premier' Liz Tuss—, representaba el contrapeso a la frivolidad, la evanescencia, las modas efímeras y los republicanos regicidas que adoran… la guillotina.

Puede que no sepamos nunca a qué hora y por qué razones murió Isabel II en la residencia de Balmoral. No lo digo por abrir espacio a las conspiraciones ni a las teorías delirantes, sino porque el misterio forma parte de los atributos de la Corona británica. Y del aura litúrgica que definió el reinado de la monarca británica en siete décadas de “supremo” ejercicio.

Isabel II