Vox no alcanza el objetivo del 20% y disimula una decepción política que le obliga a desbloquear los gobiernos del PP en Extremadura, Aragón y Castilla y León
No ha comparecido en Castilla y León el éxtasis militar que Santiago Abascal venía ensayando ante el espejo. Se nos había anunciado una liturgia de conquista, una marea verde destinada a certificar, por fin, el vasallaje de un Partido Popular extenuado. El 20% no era un simple guarismo, sino un fetiche, una frontera mística que le concedía a Vox la oportunidad de convertirse en el dueño del palacio. Pero las urnas, que en estas tierras tienen una sobriedad de granito y una paciencia de siglos, han decidido que la gran marcha sobre Valladolid se quede en un discreto recuento de daños.
Vox buscaba una consagración yel electorado le ha devuelto una cura de humildad. No puede hablarse de una derrota, pero sí de un contratiempo que relativiza el triunfalismo y que desdibuja la inercia de un partido sin estructura ni soluciones, menos aún cuando los recursos de la inmigración y de la okupación, tan al uso en el populismo doctrinal, no figuraban entre las angustias de los votantes "locales". Y sí lo hace la despoblación.
El umbral simbólico queda fuera de alcance y con él se diluye la atmósfera de intimidación que debía envolver la jornada. Vox no se debilita porque ha ganado un escaño. Simplemente deja de parecer imparable. Ha crecido menos que el PP cuando era el momento de demostrar lo contrario, sin olvidar que la ultraderecha de Alvise (SALF) le sustrajo las últimas opciones de pavonearse en el 20%.
Podrá objetarse que fue en Castilla y León donde Vox había adquirido su umbral de madurez. Y que ya se había disparado hace cuatro años. La evidencia no contradice la sensación de contrariedad que arrojan los comicios dominicales. Estaba en juego la opción de colocarse en las posiciones de los partidos ultras europeos. Y de conseguir que pudieran acercarse a la orilla de Abascal muchos votantes antisanchistas que no se consideran a sí mismos ultraderechistas y que jalonaban el gran salto cualitativo.
Esa distancia entre retórica y realidad ha podido pesar más de lo previsto. Castilla y León posee un perfil demográfico muy particular. La población envejecida imprime a la política un tono más sobrio, menos proclive al entusiasmo ideológico y más atento a los problemas de gestión. El voto joven, que en otras comunidades aporta buena parte del impulso electoral de Vox, adquiere "aquí" un peso de menor relevancia. El resultado refleja esa textura social. La campaña del partido hablaba un idioma de confrontación permanente que no siempre encuentra eco en una sociedad acostumbrada a un ritmo político distinto.
Vox ha atravesado meses de fuerte ruido interno. Salidas de dirigentes, tensiones orgánicas, depuraciones que han ido reduciendo la pluralidad de voces dentro de la formación. Durante un tiempo, ese estilo de mando pudo interpretarse como una demostración de cohesión y de autoritarismo. Con el paso de los meses comienza a percibirse como empobrecimiento estructural. Un partido que se presenta como alternativa de gobierno necesita algo más que consignas y obediencia.
Borja NegreteGráficos: Unidad de DatosGráficos: EC Diseño
El pulso mantenido con el Partido Popular en Extremadura y Aragón forma parte del mismo cuadro contraproducente. La estrategia de bloqueo permitió a Abascal subrayar su autonomía frente al PP y reforzar su identidad política. El gesto tenía lógica interna. Su efecto electoral resulta más discutible. El votante conservador acepta la presión cuando percibe que sirve para mejorar una negociación. La misma actitud produce incomodidad cuando transmite la sensación de que el conflicto se convierte en un objetivo en sí mismo. La política de portazos refuerza la identidad del partido. No siempre amplía su espacio electoral. Por esa misma razón, Abascal está obligado ahora a desdecirse de sus posiciones de bloqueo.
Y quizá a reconsiderar el vasallaje a Donald Trump, no ya por el delirio de mistificarse con un tirano que maltrata a su antojo el derecho internacional y la soberanía de las naciones, sino porque la primera consecuencia de semejante adhesión a la guerra ha repercutido en el precio del combustible, en la factura de los tractores, en el encarecimiento de los productos agroalimentarios.
Ha sido Carlos Pollán un mal candidato. Por la decepción de haber malogrado las expectativas de Abascal; y porque el problema de no haber alcanzado el 20% representa una decepción para... Pedro Sánchez. Se le empieza a caer el teatrillo del pánico ultraderechista. Y se demuestra también que el lema de "No a la guerra" ha pesado en las elecciones lo mismo que un estornudo.
No ha comparecido en Castilla y León el éxtasis militar que Santiago Abascal venía ensayando ante el espejo. Se nos había anunciado una liturgia de conquista, una marea verde destinada a certificar, por fin, el vasallaje de un Partido Popular extenuado. El 20% no era un simple guarismo, sino un fetiche, una frontera mística que le concedía a Vox la oportunidad de convertirse en el dueño del palacio. Pero las urnas, que en estas tierras tienen una sobriedad de granito y una paciencia de siglos, han decidido que la gran marcha sobre Valladolid se quede en un discreto recuento de daños.