Temerario e insensato manejo de la imagen del Rey y de su agenda

Ya sabemos que la futura ley de Transparencia -cuyo anteproyecto se conoció ayer- no proyectará sus preceptos sobre la Casa del Rey ya que, según la

Ya sabemos que la futura ley de Transparencia -cuyo anteproyecto se conoció ayer- no proyectará sus preceptos sobre la Casa del Rey ya que, según la vicepresidenta del Gobierno, “no forma parte de la Administración”. O sea, pertenece al limbo jurídico-administrativo. El argumento es discutible tanto política como técnicamente y ampara un espacio de opacidad que la Jefatura del Estado parecía desear diluir hasta hace muy poco tiempo. Se pierde así una oportunidad para normalizar la estructura de la Casa del Rey, cuyo jefe tiene categoría de ministro y su secretario general de secretario de Estado y que se nutre de los Presupuestos Generales del Estado. Subrayo este asunto porque como escribió François Fénelon en su novela política ‘Aventuras de Telémaco’, una acibarada crítica a Luis XIV, “un rey está perdido si no rechaza la adulación y si no prefiere a los que le dicen audazmente la verdad”. Y la verdad es que apartar la Casa del Rey de la luminosidad de la transparencia es un grave error.

Sin embargo, no es ni el único ni el más notorio de los que se han producido en los últimos días y que conciernen a Don Juan Carlos. Alguien -¿el nuevo y tenido por competente director de Comunicación de la Zarzuela?- tomó la pasada semana la insensata decisión de ocultar la celebración el martes día 20 de un almuerzo de trabajo de Don Juan Carlos con los gestores más importantes de España agrupados en el Consejo Empresarial para la Competitividad como si tal acto fuese de carácter privado. No quedó ahí el despropósito. El domingo día 25, la fotografía del Jefe del Estado con todos los empresarios reunidos apareció publicada a cinco columnas en la primera página de El País y de El Mundo. En ningún otro medio. En las primeras horas de la jornada electoral en Andalucía y Asturias alguien debió reparar en la pésima praxis política e informativa de jugar con el Rey a operaciones de imagen y al arriesgadísimo planteamiento de privatizar su agenda. Por eso, la Casa del Rey distribuyó la imagen a través de la agencia EFE en torno a mediodía. Naturalmente, todos los medios preteridos, pasaron de esa información de recuelo mientras sus responsables -directores y editores- no salían de su perplejidad.

¿En qué cabeza cabe que una reunión de la envergadura de la mantenida por el Rey con los empresarios más importantes del país se privatice, primero, y se embargue durante cuatro días, después, para ofrecer la exclusiva a dos medios un domingo de máxima difusión, por importantes que sean?

En los muchos años de mili periodística que ya acarreo -y en los que la atención a la Corona ha sido permanente- jamás he contemplado una actuación tan torpe y perjudicial para la Casa del Rey y, en la medida en que Don Juan Carlos conociese el asunto, también para él. ¿En qué cabeza cabe que una reunión de la envergadura de la mantenida por el Rey con los empresarios más importantes del país (eran todos los que estaban, pero no estaban todos los que eran) se privatice, primero, y se embargue durante cuatro días, después, para ofrecer la exclusiva a dos medios un domingo de máxima difusión, por importantes que sean?, ¿cómo es posible que un acto de tal significación, celebrado a instancias del Jefe del Estado, se hurte a la agencia pública de noticias, a Radio Nacional de España, a Televisión Española y a todos -absolutamente todos- los demás medios de comunicación?, ¿qué aportaba a la imagen de la Corona aparecer en dos medios impresos y confundir, desconcertar, ningunear y enfadar a todos los demás?, ¿qué pensarán periódicos como ABC o La Vanguardia, El Correo o La Voz de Galicia, impecablemente respetuosos, como tantos otros, con el Rey y con la institución que encarna?, ¿qué pensarán los lectores de El Confidencial (cientos de miles) acerca de su derecho a conocer este evento en este diario?

La estratagema ha sido todavía más temeraria al involucrar en ella a los interlocutores del Jefe del Estado, empresarios y financieros cuyos departamentos de comunicación jamás manejarían así un acto de esas características. Porque no estamos ante un hecho noticioso que haya protagonizado un agente privado (puede filtrarlo a quien quiera y como quiera), ni tampoco ante una actividad de una mera autoridad pública. Se trata de un evento en torno al Jefe del Estado que es patrimonio común, institución de todos, transversal, que no ha de mostrar ni filias ni fobias sino un sentido absoluta y totalmente integrador. Más todavía cuando el Rey convoca ese almuerzo con el CEC para lanzar a nuestra clase dirigente empresarial un mensaje de solidaridad y cohesión. La Corona no es una compañía mercantil: es el vértice institucional del Estado.

Lamentaría terriblemente haberme confundido en el artículo que publiqué en este diario el pasado día 8 de febrero (“El Rey y Spottorno pegan un volantazo estratégico”) en el que valoraba, y había razones para hacerlo, muy positivamente la incorporación de Javier Ayuso como responsable de relaciones con los medios de la Casa del Rey. Pero si lo que se ha tratado de hacer ha sido privatizar la agenda de Don Juan Carlos y dosificar selectivamente la información sobre su actividad institucional -es decir, como Jefe del Estado-, no tengo inconveniente en rectificar mi opinión. Y -aunque importe bien poco- lo haré si este episodio penoso se desliza por el calendario sin que medie una explicación convincente y, en su caso, una disculpa a los medios arbitrariamente preteridos, cuyos lectores, oyentes, espectadores y usuarios son de igual condición ciudadana -es decir, plena- a aquellos de los medios que obtuvieron el favor de la Casa del Rey y a los que nada cabe objetar desde ningún punto de vista, ni el deontológico, ni el estrictamente profesional. Compartieron una jugosísima exclusiva a cuenta del Rey que ningún director con dos dedos de frente rechazaría. El error -y de qué tamaño- ha estado al otro lado de la mesa sobre todo si hace fortuna el despropósito de que la imagen del Rey y de la Corona debe someterse a los estándares de la comunicación habitual como si el Jefe del Estado requiriese de marketing y no de incrementar su reputación y la de la Institución.

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