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El Rey y su futuro, el mensaje más difícil

El discurso del próximo día 24 de Su Majestad el Rey será una prueba de fuego para Don Juan Carlos, que no puede obviar todo cuanto le rodea

El periodista y profesor Manuel Ventero Velasco recogió en 2010 (Editorial La Ley) todos los discursos del 24 de diciembre de Don Juan Carlos en un muy útil volumen titulado Mensajes de Navidad de S.M el Rey. Su relectura permite afirmar que el Jefe del Estado ha sabido referirse cada año al acontecimiento más inquietante o de mayor preocupación, fuera del ámbito político o del económico. El Rey se hace elaborar su mensaje navideño por personal de su Casa y lo supervisa a fondo. Dice siempre lo que quiere decir y, aunque lo comunica al Gobierno –que en algunas ocasiones ha hecho sugerencias de menor porte—, se trata de una relación que Don Juan Carlos quiere que sea directa con la opinión pública española.

Habitualmente lo ha conseguido, cosechando altas audiencias aunque progresivamente declinantes (de once a siete millones, con repuntes cuando la actualidad nacional era más acuciante). Sus espectadores y oyentes navideños comienzan a envejecer y se sitúan en la cincuentena, mientras los jóvenes parecen pasar del mensaje, aunque no lo hicieron en 2011 cuando, en referencia a su yerno, Iñaki Urdangarin, sostuvo que la “justicia es igual para todos” y que “las conductas censurables deben ser censuradas”.

En años anteriores, el Rey siempre encontró el elemento nuclear de preocupación nacional: en 2000, la tragedia del Prestige; en 2003, el compromiso matrimonial del Príncipe de Asturias; en 2004, los atentados del 11 de marzo de ese año; en 2005 se refirió a los treinta años de su reinado; en 2006 apeló al consenso cuando entre el PP y el PSOE se cruzaba una pelea encarnizada; en los años 2008, 2009 y 2010, el Rey ahondó en las consecuencias de la crisis económica; en 2011 pechó con el problema de su yerno y el pasado año reivindicó la “política con mayúsculas” dado el contexto de grave alteración económica y política en la que se encontraba el país, pero eludió reiterar palabra alguna sobre su petición de disculpas del 18 de abril anterior tras su desafortunado viaje a Botsuana, su caída, la intervención quirúrgica posterior y su difícil recuperación. No fue acertada la entrevista el 4 de enero de este año de Jesús Hermida al jefe del Estado con motivo de su setenta y cinco cumpleaños. Don Juan Carlos apareció muy signado físicamente por el tratamiento farmacológico que exigía su dolencia de artrosis de cadera, y tanto las preguntas como las respuestas parecieron de cartón-piedra.

La cuestión es que el próximo martes, a las nueve de la noche, el Rey debe hablarnos –si no quiere eludir la inquietud nacional– no sólo del problema gravísimo de Cataluña (él simboliza como jefe del Estado la unidad y permanencia del Estado, según la Constitución), sino también de su disponibilidad para seguir ostentando la más alta magistratura y sus capacidades físicas para cumplir con las obligaciones que conlleva. España no está en condiciones de desconocer qué piensa el Rey de su función, demediada seriamente desde abril de 2012, y con una perspectiva de recuperación a meses vista.

Don Juan Carlos ha de ser consciente de que su ausencia ha procurado situaciones inéditas: la presentación a tropel de cartas credenciales por dieciséis embajadores en la Zarzuela; una Fiesta Nacional (el 12 de octubre) perfectamente olvidable tanto por el desfile militar disminuido y cutre como por la recepción posterior, deslavazada, o una fracasada cumbre iberoamericana en Panamá en la que el heredero de la Corona, sin estatuto adecuado, acudió de “oyente” y no participó en los debates de los jefes de Estado y de Gobierno que asistieron (la mitad de los que estaban convocados).

El Rey deberá referirse a otros problemas, siempre y cuando también se refiera a él mismo, justo cuando estamos en los prolegómenos de una decisión judicial que pudiera ser adversa para la infanta Cristina, su hija menor. Don Juan Carlos, además de comunicarnos con convicción si está y seguirá estando –pero no mermado, sino en plenitud, como se le necesita— habrá de volver a enviar alguna señal sobre el imperio de la ley y el futuro de la Corona que como sabe él y sus colaboradores no es ya una institución pacíficamente aceptada por los ciudadanos. Es más: muchos la discuten de manera abierta; otros creen llegado el momento del relevo en la jefatura del Estado y muchos otros se aferran a su carismática figura que ha dado a España (y España le ha dado a él) cuanto podía.

El del día 24 será, por esas razones –contextualizadas en una resistente crisis económica que ha creado desigualdades lacerantes en la sociedad española, con miles y miles de ciudadanos en el umbral, y por debajo, de la pobreza– el mensaje más difícil del Rey desde 1975. Más aún de lo que ya lo fueron los dos precedentes. De sus palabras depende en buena medida el estado ambiental que rodeará a su persona y a la institución que encarna en el futuro inmediato. Defraudará si elude el problema; hará lo mismo si lo edulcora, y reverdecerá viejos laureles si encuentra el punto de conexión que, guiado por su instinto, el Rey casi siempre ha encontrado para hacerse entender por los españoles. Que tenga suerte. 

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