La crítica decisión de Iglesias y los síntomas de recesión

Solo hace falta que el líder de Podemos manifieste que se aviene a negociar un pacto programático y que renuncia a una coalición por responsabilidad ante la crisis en ciernes

Foto: Pablo Iglesias, en el fallido debate de investidura de Pedro Sánchez. (EFE)
Pablo Iglesias, en el fallido debate de investidura de Pedro Sánchez. (EFE)

El diagnóstico, en todo caso negativo, de la situación económica en los países occidentales lo van a proporcionar los líderes del G-7 que se reúnen los próximos días 24 a 26 de agosto en la localidad vasco-francesa de Biarritz. Sánchez acudirá a la cumbre el día 25 invitado por el presidente Macron. Los augurios son pésimos. El cuarto trimestre de este año puede ser el que prologue, no ya una crisis económica, sino una auténtica recesión.

Según los analistas financieros, la mayor rentabilidad de los bonos USA a dos años respecto de la que se obtiene con los emitidos a 10 años preanuncia, como en 2005, una seria contracción económica. Sobre todo si ese dato se acompaña con otros negativos como el decrecimiento del PIB de la eurozona (-0,2%) y de Alemania (-0,1%) en el segundo trimestre, la disminución de la producción industrial y la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Sin olvidar que el 31 de octubre, Reino Unido sale de la Unión Europea con o sin acuerdo.

La coyuntura se agrava en España por la incertidumbre política. Llegaríamos a ese inquietante cuarto trimestre sin Gobierno o, eventualmente, con un Ejecutivo sostenido precariamente en un acuerdo programático entre el PSOE y Unidas Podemos, con la colaboración, que de producirse será pasiva, de los independentistas catalanes, cuyo calendario de hitos contribuirá a la desestabilización: la Diada (11 de septiembre), el congreso de ERC (15 de septiembre), la conferencia del PDeCAT (20 de septiembre) y su posible escisión tras la reunión en Poblet de varios de sus exdirigentes (21 de septiembre), el segundo aniversario del referéndum ilegal de autodeterminación (1 de octubre) y la publicación de la sentencia del Supremo sobre los 12 prolíderes del 'procés' (antes del 16 de octubre).

Cabe también la hipótesis muy verosímil de que el empeoramiento económico nos alcance en la preparación de nuevas elecciones generales el 10 de noviembre si antes del 23 de septiembre no se produce la investidura de Pedro Sánchez (ahora ni siquiera candidato oficial), que pasaría en todo caso por la aceptación de Pablo Iglesias de un Ejecutivo de 'cooperación', es decir, por el apoyo de sus 42 escaños al secretario general del PSOE a cambio de un acuerdo programático o de mera investidura. Nada apunta, sin embargo, a un entendimiento entre socialistas y morados. Al contrario, parece cotizar al alza la continuación del disenso.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.

¿Cómo podría pasar Unidas Podemos de reclamar un Gobierno de coalición todavía más ambicioso que el que le ofreció Pedro Sánchez el pasado 25 de julio a otro de simple colaboración sin proyectar una imagen de fracaso absoluto de su estrategia? La pirueta de Iglesias no sería fácil en ningún caso, pero sí posible si el líder populista y los dirigentes más duros de su organización manejan dos argumentos bien entendibles por la opinión pública: el primero, que unos nuevos comicios no solucionarían el actual bloqueo (a sabiendas de que sí podrían hacerlo) y, el segundo, que la previsible recesión económica ha alterado el 'statu quo' y les exige un comportamiento de máxima responsabilidad. El tercero de los argumentos quedaría sin verbalizar: unas nuevas elecciones mermarían en mucho los resultados que Unidas Podemos obtuvo el pasado 28 de abril.

Las malas previsiones económicas constituirán también un prontuario argumental adicional para apuntalar los propósitos de Gobierno 'a la portuguesa' que esgrime Pedro Sánchez. Todas las reticencias del presidente en funciones para incorporar a los populistas al Consejo de Ministros se ven ahora reforzadas e incrementadas ante las desasosegantes expectativas socioeconómicas que justificarían más aún un Ejecutivo socialista que trabaje en políticas homogéneas con los demás de la Unión Europea y ante los que una organización como UP resultaría una rareza. De tal manera que si Pablo Iglesias no rectifica su traído y llevado relato y no aprovecha las agarraderas que le ofrece la coyuntura, vamos indefectiblemente a elecciones en el peor contexto económico y político posible.

La demora negociadora entre el PSOE y Unidas Podemos se debe tanto a una estrategia de aplazamiento de los socialistas para presionar a Iglesias y los suyos como a una real y muy profunda desconfianza entre Sánchez e Iglesias que el presidente en funciones explicitó sin ambages el pasado día 7 en los jardines del Palacio de Marivent. Es posible que los ocho días de descanso estival de unos y otros y la concurrencia de acontecimientos preocupantes, unos previstos y otros no, tengan capacidad para alterar ese estado de ánimo incompatible con cualquier tipo de pacto. Pero, sea así o no lo sea, la decisión crítica corresponde al dirigente morado y debe adoptarla de forma inmediata.

Es incívico que una parte importante de los intereses del país siga suspendida en la incertidumbre hasta el borde mismo del 23 de septiembre. Si vamos a elecciones o hay posibilidad de un Gobierno de 'cooperación', tendría que ser una incógnita que se despejase en días y no ya en semanas, como parece va a suceder. Todos los datos para tomar la decisión están a la vista. Solo hace falta que el secretario general de Podemos manifieste que se aviene a negociar un pacto programático y que renuncia a una coalición de gobierno. Y si no lo hace, elecciones el 10 de noviembre, cuando la tormenta económica ya se haya desatado y la política (en Cataluña) se encuentre en su apogeo.

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