El síndrome del progresista, José Sacristán y el Rey

El fracaso de la izquierda lo explicó José Sacristán ante Carmen Calvo y el propio Iglesias al apelar de forma patética a la mediación del Felipe VI para conseguir una imposible coalición

Foto: Foto: Reuters.
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El actor José Sacristán tropezó el martes pasado en la calle -¡qué foto!- con la vicepresidenta Carmen Calvo y le instó a que el PSOE y Unidas Podemos se pusieran de acuerdo. El protagonista del exitoso monólogo de Miguel Delibes ('Mujer de rojo sobre fondo gris') aludió a la tradicional inquina entre socialistas y comunistas. Y así, quizás sin quererlo, Sacristán daba la clave de por qué socialistas y morados no han logrado un acuerdo para gobernar sea en coalición (algo que puede descartarse por completo), sea en cooperación (todavía posible). Y es que la respuesta, al menos en parte, está en la política comparada y en la historia mediata e inmediata de España.

Las coaliciones de gobierno son más difíciles entre partidos ideológicamente cercanos que pescan en caladeros electorales contiguos. En el inicio de la democracia española el PSOE y el PCE se desconocieron olímpicamente pese a la legitimidad de los de Carrillo en la oposición antifranquista. Luego, los socialistas abarcaron toda la izquierda como lo hizo el PP de Aznar con la derecha a partir de 1990. Hubo un tiempo, el de Julio Anguita como coordinador general de Izquierda Unida (antes fue secretario general del PCE), en el que los neocomunistas obtuvieron (1996) más del 10% de los votos y superaron los 20 escaños. Fueron aquellos años en los que Felipe González sufrió la famosa “pinza” del PP y de IU.

Las coaliciones de gobierno son más difíciles entre partidos ideológicamente cercanos que pescan en caladeros electorales contiguos

Las izquierdas en España siempre se han llevado mal. Entiéndase por “siempre” buena parte del siglo pasado y las casi dos décadas del actual. Es celebérrimo el rosario de improperios que escribió Manuel Azaña contra sus afines que tanto le importunaban: “Política tabernaria, incompetente, de “amigoches”, de codicia, de botín, sin ninguna idea alta”. Y ya en los últimos tiempos de la contienda civil, el que fuera presidente de la II República afirmó: “La guerra está perdida, pero si por un milagro la ganáramos, en el primer barco que saliera de España tendríamos que salir los republicanos, si nos dejaban”.

Los historiadores contemporáneos españoles deberían salir a la palestra pública para contar, más todavía, cómo desde muy antaño las izquierdas en España se han relacionado a la greña, mientras que las derechas en sentido amplio han sido más pragmáticas o menos dogmáticas. Recordemos la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), la Unión de Centro Democrático (UCD) y el PP refundado tras Alianza Popular que absorbió a las familias huérfanas del suarismo y a múltiples partidos regionales, a más de acoger con gran discreción a la derecha dura, dejando que Blas Piñar liderase los restos del naufragio extremista.

Desde muy antaño las izquierdas en España se han relacionado a la greña, mientras que las derechas han sido más pragmáticas o menos dogmáticas

Cuando emergió Podemos lo hizo con un propósito predador: sobrepasar y sustituir al PSOE que, tras la gestión de Rodríguez Zapatero durante la gran recesión, se encontraba en las horas más bajas de su historia reciente, con registros electorales sin precedentes y con un desnorte del que participaban todas las socialdemocracias en Europa. Pablo Iglesias entonces fue un líder inclemente con los socialistas e, incluso cuando tuvo la oportunidad de permitir que Sánchez fuese presidente del Gobierno en marzo de 2016, le negó el apoyo de manera distinta pero no opuesta a como lo hizo el pasado 25 de julio. En un ejercicio tan patético como excéntrico, ayer el responsable de Podemos pidió desde La Sexta la mediación del Rey para la consecución de un Ejecutivo de coalición. ¡Qué impotencia política!

El síndrome del progresista se caracteriza por el desconocimiento de estos antecedentes, o por su olvido, la ignorancia de la política comparada en la que una coalición gobernante de izquierdas es casi una rareza y por la inercia del relato según el cual el voto del 28-A a los dos partidos –al de Sánchez y al de Iglesias- fue para que cogobernasen. Esta versión no la autorizan los hechos, ni los discursos, ni la campaña electoral, ni el contenido de los debates que se celebraron. La sugiere, eso sí, el acuerdo-puzle del 1 de junio de 2018 para que prosperase la moción de censura contra Mariano Rajoy, presentada por Pedro Sánchez.

En las dos investiduras a las que se ha presentado Pedro Sánchez en calidad de líder socialista, Iglesias le ha negado el voto

Pero ¿cuál era la motivación de aquel consenso?, ¿hacer presidente al secretario general del PSOE o echar al líder del PP? Según la Constitución la moción de censura (artículo 113) es un mecanismo para depurar la responsabilidad política del Gobierno. No es una investidura (artículo 99 de la CE). Pues bien: en las dos a las que se ha presentado Sánchez en calidad de líder socialista, Iglesias le ha negado el voto.

Pero como el clamor continúa y sigue la afectación sobreactuada de la izquierda por el “fracaso” en el entendimiento entre el PSOE y UP, Pablo Iglesias tiene una segunda oportunidad, vigente hasta el martes, cuando concluyen las consultas del Rey, que consistiría en aceptar un acuerdo de programa con el PSOE renunciando a la coalición que no aceptó el pasado 25 de julio y dejando al margen de la ecuación progresista a Felipe VI (“Cosas veredes, amigo Sancho”).

Carmen Calvo pudo explicarle a José Sacristán que debía pedirle a Iglesias que aceptase la alternativa de la cooperación demostrando que son más importantes las políticas que los cargos. Y es que este desencuentro de las izquierdas puede verse desde la perspectiva del PSOE o de la de UP. Aunque hay una diferencia: los socialistas ganaron las elecciones con 123 escaños (tenían 84) y UP pasó de 71 a 42, sin sumar mayoría absoluta.

Por no hablar de los descrismados resultados electorales de los morados el pasado 26 de mayo. Así, parece que el relato de Moncloa y Ferraz no es arbitrario respecto del papel que ofrecen jugar ahora a Unidas Podemos, después de su altivo desprecio el 25 de julio a una excelente fórmula de cogobierno. Hay que saber pechar con las consecuencias de los propios errores sin pedir árnica republicana al Rey.

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