La precampaña bizca y nerviosa de Pedro Sánchez

El Gobierno y su presidente deben ser más rocosos, más sólidos, dejar de bizquear y obligarse a transmitir seguridad y calma, en vez del nerviosismo que están experimentando

Foto: El líder del PSOE, Pedro Sánchez, en un acto del partido en Palma de Mallorca. (EFE)
El líder del PSOE, Pedro Sánchez, en un acto del partido en Palma de Mallorca. (EFE)

¿Cómo es posible que el presidente en funciones, a solo unos días del 10-N, haya declinado asistir al XXII Congreso anual del Instituto de la Empresa Familiar, que acaba de celebrarse en Murcia con la presencia del Rey?

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Para comprender la importancia de este evento, basten estas cifras: el 90% de las empresas en España es familiar; el conjunto de todas ellas genera el 70% del empleo privado en nuestro país y aporta casi el 60% del PIB. Perder la oportunidad de dirigirse a sus responsables en la actual tesitura con un discurso sobre los activos y lastres de nuestra economía, sobre nuestras certezas e incertidumbres en torno al inmediato futuro y ofrecer un mosaico de las políticas que un Gobierno del PSOE ofrecería al empresariado y al país, demuestra una bizquera valorativa preocupante tanto de Pedro Sánchez como de los que le asesoran, más aún cuando la clase empresarial no sale en absoluto malparada en el último y ajado sondeo elaborado por el CIS.

Esta incomprensible ausencia del presidente en funciones, cubierta en parte por las incansables Nadia Calviño y María Jesús Montero, es un síntoma categórico —o sea, no anecdótico— de la desorientación del secretario general del PSOE en esta fase crítica, previa a la campaña electoral que comienza en las próximas horas. Guarda una cierta relación con la torpe presencia de Sánchez el pasado día 21 en Barcelona. Tres horas para visitar a los heridos, escoltado en demasía con armas largas (y visibles) y sin pasar a saludar, y fotografiarse, con los mandos de la Jefatura Superior de Policía de la Ciudad Condal en Vía Laietana, acosada de continuo por los vándalos del independentismo violento, es un omisión clamorosa. No se acude a la capital de Cataluña en las actuales circunstancias de manera fugaz, casi de incógnito, sin significar a la opinión pública de manera gestualmente inequívoca que los que están pencando con la situación allí son la Policía Nacional y los Mossos d'Esquadra, que merecen también un reconocimiento específico en la medida en que el Gobierno de Torra los cuestiona con hostilidad obscena.

El vaivén programático del PSOE, retirando primero la plurinacionalidad de España y el federalismo como alternativa a la descentralización autonómica, para incorporar ambos asuntos después y a demanda expresa del Partido de los Socialistas Catalanes (PSC), merece una consideración poco complaciente sobre la solvencia de los propósitos del secretario general socialista, que parecía decidido a abandonar la volatilidad táctica que le ha venido distinguiendo especialmente en este asunto.

Pedro Sánchez, en un acto del PSOE. (EFE)
Pedro Sánchez, en un acto del PSOE. (EFE)

Antes, la optimización electoralista de la ambigua exhumación de Franco (¿fue una suerte de acto de Estado o un mero traslado de restos mortales?) ofreciendo un alucinante y alucinógeno espectáculo necrófilo, resultó una demasía que Pedro Sánchez remató con una innecesaria declaración institucional televisada (una más), una entrevista de corte electoralista que le puede costar una sanción de la Junta Electoral y con un acto de desagravio a las Trece Rosas en la tapia del cementerio de la Almudena en el que fueron fusiladas, poniendo en valor así las declaraciones infamantes del secretario general de Vox, Ortega Smith.

La precampaña bizca y nerviosa de Pedro Sánchez

Con estos errores de bulto —de presencia, de ausencia, de programa y de oportunidad—, Sánchez bizquea y, además, se muestra nervioso porque peregrina de un medio a otro en programas de máxima audiencia informativa llegando a saturar con una narrativa circular que no aporta nada nuevo. Pareciera que en el PSOE y en el Gobierno no hubiese otro actor relevante que el propio presidente en funciones, y aquellos que le asisten en el discurso preelectoral sean meros subalternos que, quizá con un exceso de verbosidad (como en el caso de Carmen Calvo), hacen planteamientos de difícil manejo, como ese de adelantarse a lo que diga la Justicia belga sobre la orden de detención y entrega del hombre de Waterloo, advirtiendo de que si no es extraditado, el Gobierno tomaría “medidas” y “no lo entendería”. Mejor sería dejar que llegue la resolución belga y actuar en consecuencia si es negativa: Tribunal de Justicia de Luxemburgo y reclamación de revisión de la Decisión Marco de 2002 del Consejo de la UE sobre la cooperación judicial entre sus Estados miembros.

El Gobierno merece todo el apoyo en su estrategia en Cataluña, porque erosionar su gestión allí es favorecer la banalización de los más elementales principios de la democracia que cuestionan las autoridades (autonómicas) separatistas de aquella comunidad. Pero no favorecen a este propósito de respaldo al Ejecutivo algunas indecisiones y, sobre todo, la reiteración del desafío insurreccional que ya se extiende de la presidencia de la Generalitat al Parlamento, cuaja en las entidades sociales que propugnan la secesión y llega ahora a las universidades. Se suspendió el clásico Barça-Madrid en un ejercicio de prudencia (¿o de impotencia?) y en estos momentos está en el alero la presencia del Rey el lunes para entregar en Barcelona los premios Princesa de Girona.

El Gobierno y su presidente deben ser más rocosos, más sólidos, más terminantes, dejar de bizquear y obligarse a transmitir seguridad y calma en vez del nerviosismo que tan perceptiblemente experimentan. Sosiego. Y mucho más si el Consejo de Ministros, como es de suponer, se cree a pies juntillas que el 10-N confirmará las grandes tendencias del Centro de Investigaciones Sociológicas. ¿O tampoco el presidente y los ministros se creen el barómetro de marras?

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