El Tribunal Supremo de los EEUU, en el ojo del huracán

Trump ha decidido, con el cuerpo de Ginsburg aún caliente, que va a proponer de forma inmediata un candidato (probablemente una candidata) para reemplazarla. Este mismo sábado, ha dicho

Foto: Un ramo de flores, depositado a las puertas del Tribunal Supremo de EEUU en memoria de la jueza Ruth Bader Ginsburg. (Reuters)
Un ramo de flores, depositado a las puertas del Tribunal Supremo de EEUU en memoria de la jueza Ruth Bader Ginsburg. (Reuters)

Una muerte nunca es oportuna, y menos aún desde el punto de vista del fallecido, pero hay que reconocer que la de la jueza del Tribunal Supremo de los Estados Unidos Ruth Bader Ginsburg no ha podido caer en peor momento, cuando apenas faltan seis semanas para unas elecciones en las que se enfrentan dos maneras diferentes de hacer las cosas, o al menos una de hacerlas y otra de deshacerlas. Porque Donald Trump ha decidido, con el cuerpo de Ginsburg aún caliente, que va a proponer de forma inmediata un candidato (o más probablemente una candidata) para reemplazarla. Este mismo sábado, según ha dicho.

Y eso ha colocado al Tribunal Supremo en el corazón del debate político, porque la decisión ha caído como una bomba en un país profundamente polarizado y que ahora va a estarlo aún más, lo que favorece la estrategia del actual inquilino de la Casa Blanca, que va detrás en los sondeos y que con este escándalo distancia el debate de los asuntos que más pueden perjudicarle, como son su pésima gestión de la pandemia del covid-19, en un momento en el que el país alcanza los 200.000 muertos, y su no mejor gestión de los incidentes raciales que han seguido a la muerte de George Floyd por brutalidad policial en mayo, y que no han amainado desde entonces, ante la pasividad de un presidente que ha actuado más como pirómano que como bombero para tratar de presentarse luego como defensor de “la ley y el orden” que antes ha contribuido a subvertir.

Pero al margen de las formas, algo que a Trump nunca le ha importado lo más mínimo, y de cambiar los términos del debate para llevarlos a un terreno más propicio, la decisión presidencial de proponer un sustituto sin esperar a que la ciudadanía se pronuncie en las elecciones choca con la postura que el Partido Republicano mantuvo hace tan solo cuatro años, cuando se opuso a considerar al candidato Merrick Garland —que proponía el presidente Barack Obama para sustituir al fallecido Antonin Scalia— en similares circunstancias de proximidad electoral. Y Obama se tuvo que aguantar porque el Partido Demócrata no controlaba el Senado, igual que ocurre ahora.

La realidad es que Trump tiene la sartén por el mango, porque tiene una mayoría de 53 senadores sobre 100 y la mantiene a pesar de la defección en este asunto de las senadoras Collins, de Maine, y Mukorski, de Alaska. El propio Mitt Romney (Massachusetts), con tendencia al desmarque, ha cerrado filas con Trump en este caso, porque el resto del partido está unido y porque sabe que aunque su desmarque hubiera podido llevar a un empate a 50 votos, este se hubiera deshecho con el voto de calidad del vicepresidente Pence. La situación aún puede cambiar, pero en el momento de escribir estas líneas, se diría que la suerte está echada.

Los jueces son vitalicios (algo en permanente discusión) y Trump puede asegurar así una mayoría conservadora durante muchos años

El que el Tribunal Supremo, compuesto por nueve jueces, vaya a pasar ahora de una mayoría conservadora de cinco a cuatro a otra de seis a tres tiene mucha importancia, porque los jueces son vitalicios (algo en permanente discusión) y Trump puede asegurar así una mayoría conservadora durante muchos años, lo que puede acabar siendo su herencia más duradera, con mucha trascendencia en cuestiones relacionadas con el aborto, los temas medioambientales, los derechos de los homosexuales, la libertad religiosa, o los mismos derechos civiles de las minorías. No son asuntos baladíes, porque en los Estados Unidos la Constitución es del año 1787 y se mantiene joven gracias a las enmiendas que la adaptan permanentemente y a los fallos del Tribunal Supremo, que interpretan su literalidad a la luz del cambio de los tiempos.

Así, aunque la Constitución reserva a los estados los poderes no específicamente conferidos a la Federación, la historia norteamericana desde la X Enmienda es la de la progresiva ampliación de los poderes federales a costa de los estatales con hitos en la guerra de Secesión, el New Deal de Franklin Delano Roosevelt y la misma reforma sanitaria de Obama, que Trump no deja de querer desmontar. El último gran éxito de Broadway, el musical 'Hamilton', explica de manera muy atractiva los comienzos de este proceso. De la misma forma, mientras la Constitución no había prohibido la esclavitud, esta fue proscrita por la XIV Enmienda.

Y luego llegan los jueces del Tribunal Supremo y también interpretan la Constitución siguiendo la máxima del juez Thurgood Marshall, el primer juez negro de la Historia, que en una sentencia sobre la pena de muerte habló de “parámetros evolutivos de la decencia”. Y son precisamente estos parámetros los que permiten que una Constitución que tiene más de 200 años pueda seguir siendo joven hoy gracias a sentencias que en el ámbito de la libertad de expresión, protegida por la Primera Enmienda, permiten la quema de la bandera de las barras y estrellas (Texas versus Johnson, de 1989) o el mismo discurso del odio con matices (Snyder versus Phelps, de 2011), o que en el ámbito de los derechos civiles permiten el aborto (Roe versus Wade, de 1978), prohíben la segregación escolar (Board of Education versus Topeka, de 1954) o permiten los matrimonios mixtos (Lovin versus Virginia, de 1967) y el matrimonio entre personas del mismo sexo (Obergefell versus Hodges, de 2014). En 2017, el Tribunal Supremo afirmó que un Gobierno no puede oponerse a registrar nombres ofensivos en un caso planteado por un grupo de origen asiático por la utilización del vocablo 'slants' (ojos rasgados), aunque luego la presión social pueda obligar a hacerlo, como acaba de ocurrir con el nombre del equipo de fútbol de Washington, los Redskins (pieles rojas).

Por eso es que hay mucho en juego cuando se reemplace a la jueza Ginsburg, porque es bueno que el Tribunal Supremo mantenga un cierto equilibrio entre jueces conservadores y progresistas y no se escore en exceso hacia ninguno de los dos lados... Que es exactamente lo que ahora podría suceder, y que podría llevar a unos demócratas exasperados a proponer aumentar su número a 13 si ganan las elecciones del 3 de noviembre. Porque el extremismo es siempre malo, venga de donde venga, y porque el Tribunal Supremo tiene un papel muy importante en la vida de la nación americana.

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